Expulsados del útero
No hubo cuna, no hubo origen, no hubo piedad: hubo grieta. Una grieta que reventó como un ojo sangrando oscuridad. De allí fuimos arrojados, no nacidos, no esperados, sino eyectados como basura cósmica hacia un escenario que jamás pidió testigos. No recuerdo suavidad, recuerdo violencia: placenta rota como un vidrio estallando bajo martillos de luz, cordones devorados por relojes con dientes de mercurio, insectos lamiendo el líquido amniótico que se pudría en las esquinas del universo. Gritos enloquecidos de máquinas aún sin nombre recibieron nuestra llegada. Desde entonces respiramos con la nostalgia de un vientre inexistente, como quien intenta volver a una caverna que nunca estuvo, como quien busca la tibieza en un sol que se derrite en veneno.
La vida entera es un exilio. No del cuerpo de la madre, sino de la matriz invisible que nos contenía antes de que el ruido invadiera el silencio. Fuimos desterrados del único lugar que jamás nos exigió ser alguien. Caímos en la trampa de las formas, en el pozo de los nombres, en la dictadura de la sangre. El corte nos separó de lo indecible y desde entonces coleccionamos escombros: ciudades levantadas sobre huesos, religiones incubadas en la podredumbre, sistemas que se alimentan de cadáveres. Los dioses no fueron padres: fueron cicatrices; las guerras, liturgias del vacío; las palabras, vendas sobre una hemorragia interminable. Todo lo que tocamos es ruina celebrada como patria, y en esa ruina aprendimos a cantar como si la llaga fuera catedral.
El universo fue nuestro hermano expulsado. También él tuvo placenta: fuego, magma, estallido. Una explosión sin testigos escupió estrellas como fetos metálicos sumergidos en formol estelar. Las galaxias flotan como restos de un aborto cósmico en el líquido oscuro de la nada. El polvo habla todavía de aquel vientre irreparable: cada estrella es un recordatorio de la matriz que jamás regresará. Somos lo mismo: partículas arrancadas, cuerpos que reproducen la violencia primordial en cada respiración, ondas que colapsan en hueso, luz que se quiebra en saliva. Vagamos con la ilusión ridícula de un destino, pero lo único cierto es la expansión infinita, el parto interminable de un universo que jamás termina de escupir su vómito.
También fuimos desheredados de la tierra. La tribu era un útero, la selva una placenta verde, el río una leche interminable. Pero nos arrancaron de la raíz, nos vendieron el progreso como amuleto y lo tragamos como si fuera pan. El bosque se quemó para erigir templos de acero, el agua se pudrió en botellas de plástico, la tribu se volvió espectro. Caminamos sobre asfalto ardiente como fetos arrojados a hornos industriales. Las ciudades son matrices podridas donde la multitud germina como bacterias en frascos de laboratorio. No hay tribu que nos nombre, no hay placenta que nos sostenga: solo un mercado hambriento que devora todo lo que produce. Y aún así, bailamos dentro de su máquina, como si fuéramos engranajes felices, como si la rueda no nos triturara.
El útero místico también nos expulsó. Hubo un centro, quizá, un silencio que contenía todas las formas, pero fuimos arrojados hacia un abismo donde la luz es espejismo y el yo, una sombra de humo. Nos creímos alguien, nos narramos como historia, pero no somos nada más que máscaras expulsadas de un útero invisible. No hay regreso: la expulsión es la condición. Buscamos matrices en cada esquina: amores que prometen retorno, sustancias que fabrican vientres de vidrio, músicas que laten como cordones artificiales, delirios que simulan placenta. Cavamos túneles, pintamos signos, cantamos hasta romper la garganta, solo para sostener la farsa de que el regreso es posible. Pero lo único real es la fuga: la identidad es un eco, la patria, la intemperie.
Y aún así invocamos. Invocamos vientres falsos, matrices inventadas, úteros que jamás existieron. En cada altar, en cada cama, en cada droga, buscamos la tibieza perdida. Pero lo que nos pertenece no es el regreso, sino la expulsión misma. Somos hijos de la interrupción, palabras inconclusas, criaturas arrojadas como errores tipográficos en la página delirante del universo. La vida no es camino ni destino, es fractura, es error, es fuga. Y quizá ahí brilla nuestra única libertad: en danzar sobre las ruinas, en arder en la música del vacío, en beber del vino imposible de una herida que no cicatriza.
Y cuando todo se apague —estrellas, galaxias, lenguajes, ciudades— quizá el útero recupere lo que perdió, no nosotros, no los cuerpos, no los nombres: la nada misma. Esa nada que no expulsa porque nunca contiene, esa nada que es matriz sin forma, vientre sin placenta, vacío sin regreso. Y allí quedaremos, girando, como insectos atrapados en la placenta de vidrio del cosmos, escuchando todavía, en el silencio último, el eco de un útero que nunca existió.