Etéreo
El aire no pesa, pero aplasta. No tiene forma, pero se derrama sobre el cuerpo como un manto de cenizas ardientes. Lo etéreo no se define: se precipita, se filtra, se clava en los pulmones como una luz que no ilumina nada, apenas se inyecta, apenas corre. Habito en esa presión invisible que me quiebra desde adentro, respiro en su espesor, me hundo en un silencio que arde más que el grito. El mundo se sostiene en su humo secreto. No lo vemos, pero nos sostiene como un ahorcado que cuelga de un hilo invisible.
Lo etéreo es el deseo de la materia por perderse en su propia disolución. Es la vibración de la piedra que sueña con hacerse polvo, la sangre que quiere estallar en música antes de coagularse. Ni tierra ni cielo: intermedio perpetuo, tránsito, fuga. Una grieta suspendida en el aire, un pájaro que olvidó sus alas y se quedó flotando en la mitad del universo. Yo lo siento en la piel como un roce eléctrico, como un amante que nunca llega a tocarme y sin embargo me incendia los nervios. Lo etéreo no pertenece a nadie: apenas se deja intuir en el filo de un parpadeo, en la resonancia de un sonido que nunca termina de nacer.
Intentaron encerrarlo en definiciones, pero se deshizo en partículas. Le pusieron nombres y esos nombres se apagaron como fósforos mojados. El papel no lo retiene: lo perfora, lo atraviesa, lo incendia. No hay diccionario capaz de sostener su respiración. Lo etéreo se esconde en la fisura entre dos palabras, se fuga en el eco de una frase inacabada, se revela en la pausa que separa un silencio de otro silencio. Es el veneno secreto del lenguaje: cuanto más lo nombro, más me traiciona.
Lo etéreo habita en los sueños: ciudades que levitan, corredores infinitos, espejos que nunca devuelven la misma imagen. Es un teatro sin actores donde las sombras interpretan el papel de lo real. En la oscuridad, todo flota: los cuerpos pierden gravedad, las leyes se derrumban, el tiempo se rompe como una cuerda en tensión. He caminado en esas calles de humo, he tocado puertas que daban a ninguna parte, he visto rostros que se evaporaban en cuanto los miraba de frente. Lo etéreo es la sustancia de ese vértigo: lo que se multiplica detrás de los párpados y nos gobierna desde la penumbra.
En la música lo etéreo se hace carne. Un acorde suspendido, una vibración que no acaba, un saxofón desangrándose en un sótano mientras la bruma espesa dibuja formas animales en el aire. Es en el silencio donde golpea más fuerte: la pausa entre dos notas abre túneles donde caemos sin regreso. El ritmo no se toca, pero atraviesa la médula como una aguja de fuego. Lo etéreo es el pulso del Bebop cuando improvisa en la frontera de la locura, cuando todo parece derrumbarse y florece en la misma caída.
Lo he sentido en la respiración de los muertos: un cuerpo que se apaga no deja vacío, deja vibración. Ese temblor sin carne es lo etéreo. No se mide, no se pesa, no se atrapa: se siente en el instante en que la carne se rinde y algo permanece flotando en la atmósfera, como una cicatriz luminosa que no pertenece a nadie. Allí comienza el viaje verdadero: cuando lo que éramos se quiebra y lo que nunca fuimos empieza a respirar.
Lo etéreo es tránsito. Entre lo visible y lo invisible, entre lo que fue y lo que nunca será. El universo respira en clave etérea: estrellas que mueren dejando un rastro de polvo que seguirá viajando siglos después, constelaciones que dibujan cicatrices luminosas sobre la piel negra del cielo. La galaxia no es más que el eco visible de un incendio ya apagado. Somos polvo suspendido, fragmentos de un fuego que nunca supimos encender.
Lo etéreo también habla en lenguajes arcaicos: humo ritual que asciende desde la tierra, cánticos que atraviesan el cuerpo hasta desgarrarlo, animales que anuncian su presencia en la penumbra. Lo etéreo se bebe, se inhala, se deja entrar como veneno sagrado. Arde en la lengua, quema en la sangre, devora los huesos. No es comprensión: es trance. No es pensamiento: es visión. He escuchado sus pasos en medio del bosque, he sentido cómo la montaña respiraba sobre mí, cómo el río arrastraba palabras invisibles hacia mares que no existen en ningún mapa. Lo etéreo es lo que se invoca cuando no queda nada que decir, apenas fuego, apenas danza.
El lenguaje intenta capturarlo. Escribe, borra, reescribe, y en cada trazo se abre otra grieta. Lo etéreo rompe las palabras, las vuelve ceniza antes de que puedan pronunciarse. Es la escritura interrumpida, el libro que nunca termina, la página que se borra al ser leída. Hablar de lo etéreo es escribir humo con fuego sobre un cristal empañado: apenas dejas la marca, ya se ha desvanecido. Pero seguimos intentando, seguimos invocando, porque ese fracaso es la única forma de respirarlo.
Lo etéreo no se clausura. Se abre como herida, se extiende como rumor, se disuelve como un resplandor que nadie alcanza a mirar completo. Es polvo de estrellas flotando en la sangre. Es el aire que arde en la garganta. Es la nota interminable que vibra aun después de que la música se apaga.
Respira. Respira. Respira. Lo etéreo entra, lo etéreo sale, lo etéreo me atraviesa. Todavía arde. Todavía respira. Todavía se fuga. Todavía.