Ritual


El rito no ha muerto. Aunque lo hayan enterrado bajo pantallas, bajo torres de vidrio, bajo templos donde no se ora sino que se consume. El rito respira como animal asfixiado en sótanos de neón. El rito insiste. Lo repito. El rito insiste. Aunque nadie lo nombre, aunque nadie lo invoque, aunque se confunda con la rutina y con el gesto vacío. Yo también me inclino frente a esas pantallas, yo también me prostituyo en altares digitales, yo también traiciono la memoria de los dioses por un clic, y me consumo, y me repito, y me repito.

Las multitudes se congregan en supermercados donde la hostia es un código de barras. La misa se celebra entre carruajes de plástico, y el incienso huele a detergente. Se arrodillan frente al brillo de vitrinas y ofrecen su carne al altar de la mercancía. Nada los salva. Nadie los mira. Y sin embargo celebran, con devoción, con la obediencia ciega de quien ha olvidado qué significaba invocar. El rito no ha muerto. Se ha travestido. Cada transacción es una comunión con la nada, cada tarjeta magnética una plegaria sin misterio.

La imagen se erige como tótem luminoso: pantalla encendida, altar portátil, espejo eléctrico donde el rostro se disuelve en liturgia sin misterio. Cada selfie es hostia profana, cada perfil un templo vacío erigido sobre arena. He presenciado cortejos de imágenes marchando como ejércitos ciegos, espectros clonados hasta el mareo. Lo sagrado ya no asciende: se transmite, se comparte, se archiva, se pudre. La eternidad reducida a un píxel que fulgura un instante antes de desvanecerse. No hay carne ni vino, solo resplandor frío. No hay comunión, solo hambre. Y todos devoran esa ausencia como si fuera pan consagrado.

Pero el cuerpo recuerda. Aunque lo nieguen, aunque lo domestiquen, aunque lo narcoticen. El cuerpo invoca. Se lanza en trance, danza bajo luces que parpadean como relámpagos artificiales, sudor como humo de palo santo, música como tambor primitivo. En las cavernas de acero, la multitud vibra como tribu sin dioses, como animal fractal que se desgarra en el éxtasis. El mantra late en venas como plegaria eléctrica, y cada movimiento es invocación de un misterio que ya no tiene nombre pero que aún arde en los huesos. He bailado hasta olvidar mi nombre, he sentido la geometría secreta de lo sagrado en mis rodillas rotas contra el suelo. 

El laboratorio también es altar. El experimento, plegaria. La bata blanca, hábito monástico. El observador: sacerdote que toca lo invisible. Fórmulas como salmos, ecuaciones como letanías, la partícula como hostia vibrante. Bajo la luz fría de tubos fluorescentes, la ceremonia se repite: observar, medir, esperar, registrar. La ciencia niega el mito, pero cada gesto suyo lo revive. Yo lo sé. He visto la fe escrita en las manos temblorosas que esperan un resultado. He visto la adoración escondida bajo la palabra precisión. He visto el misterio transfigurado en número, en gráfica, en ecuación. Y aún allí, en ese altar racional, el rito late.

Pero la modernidad inventó un rito nuevo: el rito de la interrupción. Nada concluye. Todo abierto. Todo incompleto. Todo abierto como herida. Todo abierto como boca. Todo abierto y nunca. El scroll infinito es rosario moderno: deslizar, deslizar, deslizar, como si en el fondo hubiera revelación, pero nunca llega, nunca llega, nunca llega. Y seguimos, seguimos, seguimos. El rito no salva: interrumpe. La ceremonia ya no busca eternidad, busca actualización. Yo también he quedado atrapado en esa liturgia sin salida, repitiendo gestos con los dedos, invocando conjuros de vidrio y electricidad. Yo también he rezado al dios del presente perpetuo, esperando el milagro de un mensaje que nunca salva.

En las ruinas, en el silencio donde se apaga el ruido eléctrico. En la grieta donde el scroll se detiene y el cuerpo respira sin pedir permiso, aún vibra una chispa. No pertenece a antiguos dioses ni a algoritmos futuros. No pertenece a nadie. Es apenas temblor, respiración, grieta. Un rito sin nombre. Sin altar. Sin palabra. Solo vibración que arde en la piel. Yo lo he sentido, en la madrugada sin pantallas, en el temblor del vacío que se abre como abismo. Allí el rito arde. No se explica. No se promete. Ocurre.

El rito no ha muerto. Lo repito. El rito no ha muerto. Continúa bajo la piel, en el pulso, en el vacío que nos sostiene, en la danza que nadie ordena, en la respiración que nadie enseña, en la oscuridad donde nada se ve pero todo palpita.

Y sigue.