Morir es sencillo: lo difícil es sobrevivir a cada amanecer sin romperse
Morir es sencillo: basta con cerrar los párpados y entregarse a la lógica vegetal de la nada, dejar que el cuerpo imite a la piedra y que la respiración se apague como una vela acosada por la humedad. Lo arduo es sobrevivir al amanecer, cuando la luz entra como una navaja en la habitación y rompe la ilusión de descanso. El cuerpo despierta con una herida que no viene de afuera sino de adentro, una grieta en el lugar más íntimo donde debería existir un refugio, pero solo habita un animal jadeante que no sabe si abrir los ojos será su última traición. La claridad no trae paz: solo revela con crueldad lo que la noche ocultaba, el desorden de las cosas como una guerra perdida, el polvo acumulado en las grietas, el rostro que la memoria prefería borrar.
Cada amanecer es un juicio secreto. El sol no ilumina: interroga. Pregunta qué has hecho con la derrota acumulada en tu respiración, con las promesas que se oxidaron en la saliva, con la fe que ayer parecía un refugio y hoy es apenas un eco. Y uno, como un acusado sin defensa, levanta el cuerpo con la torpeza de quien no cree en la inocencia, arrastrando el peso de los sueños incompletos que todavía vibran en la nuca, como si no hubieran terminado de morir en la frontera de la madrugada. El café humea sobre la mesa como un conjuro inútil, apenas un placebo contra la avalancha de horas que se abre como un abismo bajo los pies.
No se trata de vivir: se trata de sobrevivir al estallido cotidiano del tiempo, a esa explosión microscópica que ocurre cuando el sol atraviesa la ventana y obliga a recomenzar desde cero. Cada amanecer es un Big Bang íntimo, un universo que se reinicia sin pedir permiso, arrastrándote a un origen que no pediste y del cual, sin embargo, eres rehén. Y entonces la conciencia se fragmenta, colapsa como un espejo multiplicado en infinitas versiones de uno mismo que no saben cuál es la verdadera, cuál resistirá hasta la noche sin quebrarse. No hay continuidad, solo un simulacro de continuidad: lo que despierta no es el mismo que anoche se abandonó al sueño, sino otro, un impostor que carga los recuerdos del anterior como si fueran restos arqueológicos encontrados en un desierto sin nombre.
Sobrevivir al amanecer exige aprender a habitar la fractura. No negarla, no taparla con rituales de optimismo prefabricado, sino sostenerla como se sostiene un vaso roto sin que termine de deshacerse en las manos. El mundo entero despierta con esa grieta: las paredes respiran humedad, los pájaros chillan como alarmas, el cielo se estira en su claridad forzada, y hasta el aire parece hecho de fragmentos cortantes. No se trata de vencer al día, porque el día nunca se vence: se sobrevive a su ataque con la elegancia precaria de un equilibrista que atraviesa un hilo invisible sobre el vacío.
La vida, en el amanecer, es apenas una interrupción de la nada. Se abre la puerta y el ruido de la calle entra como un coro desafinado, recordando que el mundo insiste en repetirse a pesar de los cuerpos que ayer cayeron y no despertarán. Hay una ironía cruel en ese espectáculo: mientras tantos mueren, uno sobrevive, y esa supervivencia no se experimenta como triunfo sino como un accidente grotesco, una comedia oscura donde el premio es continuar respirando entre ruinas invisibles.
Hay algo en esa repetición que duele pero también convoca: cada amanecer es un llamado al exilio perpetuo, una invitación a rehacerse desde las cenizas de lo que no se logró. Se sobrevive no porque haya esperanza, sino porque no hay alternativa. El cuerpo obedece, la conciencia se ajusta, y el día comienza a girar como una maquinaria indiferente donde uno es apenas un engranaje oxidado. Lo difícil no es morir, lo difícil es aceptar que esta maquinaria te usa, que te sigue girando incluso cuando quisieras romperte de una vez por todas, dejar de girar, dejar de ser.
Sobrevivir a cada amanecer sin romperse es una disciplina secreta, un arte sin escuela. Consiste en aprender a perderse en el vacío y regresar con una sonrisa torcida, en imitar la serenidad del agua que se quiebra al caer pero sigue fluyendo, en entender que la fractura no es un accidente sino la forma más sincera de la existencia. No se trata de salir ileso: se trata de amar la herida, de convertirla en respiración, de aceptar que el sol no ilumina sino quema, y que ese fuego, aunque parezca un enemigo, es lo único que todavía nos mantiene despiertos.