No confío en la esperanza: siempre llega tarde y nunca sabe la dirección


No confío en la esperanza: siempre llega tarde, como esos visitantes inoportunos que aparecen cuando ya las luces se apagaron y la fiesta terminó en vasos sucios, como un mensajero que trae cartas de un muerto y se disculpa por la demora, como un reloj que se empeña en marcar la hora de un tiempo inexistente. La esperanza se presenta con sus gestos ceremoniales, ofreciendo consuelos que nadie pidió, y mientras tanto la herida ya se cerró en silencio o se convirtió en gangrena. Nunca sabe la dirección: gira sobre sí misma, se extravía en pasillos donde el eco se multiplica y no reconoce ninguna voz. La esperanza es un tren sin estaciones, un mapa sin coordenadas, un perro que olfatea un rastro que nunca existió.

He aprendido a desconfiar de esa mendiga luminosa que todos veneran como si fuese una santa laica, porque detrás de su rostro maquillado se esconde la mueca del fracaso. Siempre promete horizontes y sólo entrega pasillos interminables; ofrece alivio y prolonga la fiebre; inventa destinos para que los hombres se extravíen en viajes sin llegada. El que espera ya está condenado: se sienta en salas de espera donde jamás anuncian la hora de embarque, revisa relojes detenidos en aeropuertos fantasmas, sueña con puertas que sólo conducen a otras puertas. No hay salida: la esperanza administra el laberinto y vende entradas para un espectáculo que nunca empieza.

En su demora se despliega la mentira más eficiente: el espejismo de que algo vendrá, de que lo que arde hoy será rescatado mañana por un milagro. Pero el mañana es un solar en ruinas, un puente a medio construir que se desploma bajo los pies antes de dar el primer paso, un teatro donde las luces nunca se encienden y los actores repiten su mutismo como si fuese un guion secreto. El futuro no existe, se pudre antes de nacer, se disuelve como la saliva en la boca de un ahogado. Lo único real es este presente agrietado, este instante que quema con la certeza de lo irreversible.

La esperanza es la gran estafadora: ofrece agua en desiertos de espejos, ofrece puertas en muros que no tienen bisagras, ofrece cielos en casas sin techos. Quien confía en ella camina en círculos, se alimenta de humo, colecciona postales de paisajes que nunca visitará. Yo la he visto: se disfraza de madre piadosa, de voz serena que invita a resistir, pero en verdad es un carcelero sin rostro que prolonga la condena, un verdugo amable que promete libertad en un mañana que jamás amanecerá.

Prefiero entonces la claridad brutal de la intemperie, el filo desnudo de la caída, la certeza de que no hay salvavidas ni rescates. Allí donde la esperanza no alcanza, se abre un vacío feroz pero verdadero: un desierto que no miente, una lucidez que quema pero al menos no engaña. Porque en ese vacío se disuelve el teatro de las promesas, y queda el cuerpo solo, sin consuelo, respirando la oscuridad como quien respira fuego. Y en ese incendio sin futuro se despliega una libertad cruda, insoportable, pero cierta.

Imagino a la esperanza como una brújula enloquecida que nunca encuentra el norte, que gira hasta desgastarse, mareada por su propio desorden. O como un animal herido que tropieza con sus patas torpes y no llega nunca al refugio. O como un niño que juega a las escondidas en una casa que cambia de habitaciones cada noche, condenado a no encontrar jamás a nadie. Su dirección es siempre otra, su destino siempre ajeno.

El presente, en cambio, arde con la violencia de un incendio sin testigos, y es allí donde me arrojo: sin mapa, sin profecía, sin salvación. No confío en la esperanza: su sombra me sigue como un perro flaco, pero yo camino hacia el vacío con los ojos abiertos, prefiero perderme en pasillos sin salida que esperar el portón que nunca se abre. Y si todo esto termina en nada, al menos será una nada verdadera, no la pantomima luminosa de un futuro inventado.