El olvido me lame la piel
El olvido me lame la piel como un lobo que no conozco y que sin embargo me adopta, me muerde y me cura, me roba la memoria y me devuelve la respiración. Lo siento reptar en mis venas como un veneno que no mata sino que despierta, como si cada cosa que pierdo fuese semilla de otra cosa que nace, como si cada rostro borrado tuviera que reaparecer en un sueño con un nombre inventado. No es un hueco, es un pulso, no es ausencia, es exceso: me abre un abismo donde al caer descubro que todavía respiro, todavía soy, todavía me rehago. Siento olvido, y en su dentellada descubro que no hay cadena que pese más que un recuerdo intacto.
Lo veo trabajar en mi carne: borra el olor exacto de la mujer que me amó en una madrugada húmeda, pero deja un perfume sin dueño que me persigue más que su rostro. Disuelve las palabras de un amigo que ya no existe, pero conserva el eco de su risa, ese eco que retumba en las paredes de mis noches. No recordar con precisión es lo único que me permite amar de nuevo, porque si cada detalle quedara intacto, yo sería una piedra cargada de nombres, incapaz de moverme, incapaz de sentir. Olvidar es abrir grietas en mi cuerpo para que la vida se filtre de nuevo. Sin esas grietas me pudriría en el museo de lo inmutable.
El olvido no es falla, es estrategia. Es la inteligencia secreta de lo vivo para resistir lo insoportable. Es la tijera que corta el exceso, es el incendio que limpia el bosque, es la música que improvisa y repite un motivo solo para perderlo en la siguiente nota. Como el saxofón que respira demasiado y estalla en un chillido, así me toca el olvido: me rompe la melodía para regalarme otra, inesperada, inacabada, necesaria. ¿Quién aguantaría recordar cada herida con su filo intacto? ¿Quién soportaría llevar en la lengua cada palabra que alguna vez dijo? La memoria absoluta es la tortura, el olvido es la fuga.
Camino por la ciudad y la escucho olvidar: las paredes que cambian de color, los nombres de las calles que se pudren en el polvo de las placas oxidadas, los parques donde la gente ríe sin saber que antes hubo fusilamientos. Las estatuas también olvidan, se inclinan hacia el suelo como si pesara demasiado el bronce de su memoria. Y yo paso entre ellas con mi propio extravío, con mi biografía rota, con mis fechas tachadas. He visto cómo el poder ordena olvidar lo que incomoda: se borran nombres, se queman archivos, se derriban casas, y sin embargo el humo sigue respirando en algún lugar. El olvido no obedece, se filtra, se esconde en el murmullo, se convierte en rumor, en cicatriz, en grieta.
También lo encuentro en lo que no es humano: la tierra que después del incendio florece con una belleza más cruel, los ríos que olvidan su cauce y abren heridas nuevas en la montaña, el mar que devora ciudades y las regresa convertidas en arrecifes. La galaxia también olvida: miles de soles nacen y mueren sin dejar más memoria que un polvo invisible, una huella de luz que apenas nos roza. Lo que somos pertenece a ese olvido cósmico, a esa danza de desapariciones que sostienen lo que existe. No somos más que un destello en un archivo que se borra solo, una frase interrumpida en un libro que nunca se termina.
En lo más secreto, el olvido no es amnesia: es mística. Lo innombrable solo existe en lo que callamos, lo divino solo respira en lo que se borra antes de decirse. Yo he sentido el olvido como una plegaria que se deshace en la boca, como un fuego que me vacía para dejarme limpio, desnudo, ardiendo en silencio. Hay que olvidar para abrir espacio al misterio, como quien apaga todas las luces para poder ver la oscuridad verdadera. Y en esa oscuridad hay una claridad que no se nombra, un fulgor que solo se recibe si la memoria se rinde.
Por eso lo celebro: porque cada vez que la memoria me abandona, algo nuevo comienza. Porque olvidar no es renunciar, es escribir de nuevo con la tinta que falta. Porque sentir olvido es volver a ser inacabado, y en lo inacabado está mi libertad. No quiero ser estatua ni archivo, quiero ser borrón y trazo, error y recomienzo. Lo que desaparece me salva de mí mismo, me arranca del museo de lo eterno y me arroja al río de lo vivo. Por eso lo digo como una confesión y como una rabia: siento olvido, lo siento como se siente la lluvia en la lengua, como se siente el relámpago en los huesos. Y en esa sensación descubro que nunca he estado más vivo.