Evaporándonos


Nos evaporamos desde el primer roce, aunque creímos que el amor era cosa sólida, un cuerpo atado a otro cuerpo con saliva y promesas de eternidad, pero ya estábamos disolviéndonos en la combustión silenciosa de la piel que arde demasiado, en el humo que se levanta cuando la ternura se vuelve incendio y la materia renuncia a ser carne para volverse aire. Te vi contra la ventana y la ciudad detrás parecía un acuario en llamas, yo te miraba como se mira un animal sagrado en pleno sacrificio: con miedo y deseo, sabiendo que cada pestañeo tuyo me arrancaba la piel de un siglo entero. Ahí comenzó nuestra desaparición: como dos profetas del fuego construyendo altar con nuestros huesos, creyendo todavía que se podía detener la disolución con un beso más, con una palabra más, con un silencio menos.

Tus manos eran mapa y frontera, pero un mapa falso, brújulas rotas que giraban sin norte porque cada vez que me tocabas el mundo se quedaba sin geografía, y besarte fue arrancarle al universo la piel para usarla de mantel sobre nuestra cama. Yo me recostaba en tu espalda como si apoyara la frente sobre la locomotora de un tren que nunca llegaría a su destino, tu nuca lanzaba humo tibio, tus hombros eran chimeneas exhalando siglos perdidos, y yo respiraba ese vapor como quien inhala el verano después de una tormenta. Nada en nosotros permanecía, todo se derretía en saliva, en sudor, en un líquido invisible que no sabíamos nombrar pero que ya nos pertenecía como condena.

El tiempo se volvió una caricatura cruel: un beso era una infancia entera, una noche se estiraba como veinte siglos y un segundo podía contener todas las muertes. Te hablaba en presente, me respondías en pasado, y nuestra sombra ya caminaba hacia un futuro donde ni siquiera quedaba la estela de lo que habíamos sido. Las frases se rompían antes de salir de la boca: recuerdo haberte dicho algo y que las palabras estallaran en medio del aire, deshechas en partículas, acariciándote apenas la nuca como un eco que nunca fue pronunciado. Éramos relojes fundidos, calendarios incinerados, gramáticas abolidas: lo único firme era el vapor que nos envolvía, esa fuga lenta de todo lo que creíamos nuestro.

Amarte fue mirarle la cara al absurdo y aceptarla como amante también. Construimos templos de humo, altares con cenizas, oraciones que nunca encontraron a quién dirigirse. Descubrimos que en la máxima cercanía vive la máxima distancia, que abrazar es reconocer que el otro se deshace en nuestras manos, que la llama más intensa es la primera en apagarse y aun así, nos arrojamos a ella con la alegría negra de quien sabe que el final es inevitable. Entendí que la evaporación es la única forma de eternidad: no quedarnos en la piedra, ni en el bronce, ni en la carne, sino convertirnos en aire que se cuela en todas las bocas, en niebla que se mete en todas las habitaciones, en respiración ajena que nunca sabrá que fuimos nosotros.

A veces el mundo se quebraba como una copa mal lavada: la lámpara se desbordaba en humo, las paredes se movían como párpados fatigados y nosotros viajábamos en trenes que nunca llegaban, atravesábamos pasillos infinitos, abríamos ventanas que daban a otras ventanas que daban a otras ventanas, hasta que reíamos porque no había salida. Tú decías que éramos un chiste cósmico, y yo pensaba, con absoluta seriedad, que habría que inventar un recipiente para guardarte en estado gaseoso, una lámpara de cocina quizá, o una nube hipotecada al banco. Y mientras lo pensaba tú me besabas, y al besarte todo eso se volvía ridículo, porque el vapor no se guarda, se respira, se pierde, se olvida.

En cada abrazo había un rito secreto, no hacia dioses ni santos sino hacia el vacío. Nos ofrecíamos a esa fuerza ciega que reclama todo y no responde nada. Yo entraba en tu piel como quien se arrastra en un templo derrumbado, buscando un milagro y encontrando apenas ceniza y silencio. Tú cerrabas los ojos y respirabas como quien se funde en lo absoluto, consciente de que el amor no es otra cosa que alquimia de aire, evaporación, química que sube y se dispersa incapaz de regresar a su origen. Hubo noches en que ya no éramos humanos: éramos parte del ciclo del agua, nubes en fuga, esperando caer como lluvia en otro siglo, en otra geografía, sobre otros cuerpos que no sabrán que fueron nuestros.

Y el final nunca llega, porque también se evapora. Todo queda flotando en una suspensión interminable, como humo de cigarrillo que no se resigna a apagarse, como vapor que empaña un vidrio donde aparece tu nombre aunque nadie lo haya escrito. No hay desenlace posible porque amar fue entrar en la lógica de lo inacabado: siempre en fuga, siempre al borde de desaparecer, siempre respirando el mismo aire que alguna vez fuimos. Así seguimos: evaporándonos. Ni tú ni yo. Apenas aire. Apenas nada.