Dios fue la primera metáfora: un error gramatical tomado por verdad


A veces pienso que el mundo nació de un malentendido. Que la primera palabra no fue una invocación, sino una equivocación pronunciada con hambre. Tal vez nadie quiso inventar a Dios: fue la lengua, en su fiebre, la que se escapó de sí misma y cayó en el abismo de lo sagrado. Un balbuceo que se creyó verbo. Una vibración que, al sonar, creyó crear. Desde entonces, la humanidad vive dentro de esa sílaba extraviada: una metáfora que se tomó por realidad, un signo que olvidó su origen de viento.

Recuerdo el día en que la palabra me habló. No yo a ella, sino ella a mí. Era de noche y la mente estaba quieta. No era oración, ni revelación: era un zumbido, un temblor de conciencia que respiraba detrás del pensamiento. Sentí que el lenguaje no nacía del hombre, sino que el hombre era el eco de algo que hablaba por él. Comprendí entonces que Dios fue el primer equívoco de la gramática: el sujeto inventado para justificar el verbo. El que hace donde no hay quien haga. La máscara del vacío.

El universo no comenzó con una explosión, sino con una declaración. Una frase sin puntuación, pronunciada en el límite del silencio. Desde entonces, toda palabra es traducción de esa vibración primera. La materia es texto, el tiempo es sintaxis, la conciencia es un lector que se confunde con la página. Lo divino no está en el cielo: está en la conjugación. Cada átomo repite una oración que nunca termina, y cada cuerpo es su metáfora, su error más hermoso.

A veces lo presiento, no en los templos ni en las plegarias, sino en la grieta del lenguaje. En el instante en que una palabra se disuelve y queda desnuda, sin sentido ni forma, sólo energía. A veces ocurre mientras escribo, cuando la mente se apaga y la frase continúa sola, como si viniera de otra respiración. Entonces lo entiendo: no somos quienes hablamos, somos hablados. La voz que creemos nuestra es el eco de un silencio anterior a toda creación.

¿Y si el silencio fuera la forma más exacta de oración? ¿Y si lo divino no habitara en la palabra, sino en la interrupción que la sostiene? Pienso que todo comenzó así: un sonido, luego una pausa, luego el miedo a esa pausa. La conciencia no soportó el abismo y lo llenó con un nombre. Lo llamó “Dios”. Y la nada, agradecida, permaneció muda. Pero el hombre necesitaba instrucciones, así que inventó leyes para justificar su vértigo. Convirtió la poesía en dogma, la metáfora en verdad, la música en sistema.

La fe no es más que un intento de corregir la gramática del universo. Pero el cosmos no obedece: tartamudea. Es un poema escrito con errores deliberados, una sinfonía que se repite para no acabar. Por eso los profetas se confunden con los locos: escuchan el ruido original y creen que es mandato. Pero no hay mandato, sólo resonancia. La eternidad no ordena: improvisa.

El lenguaje, pobre criatura, quiso redimir su error inventando la escritura. Así nacieron los libros sagrados: manuales de gramática para justificar lo inexplicable. Y así seguimos, siglos después, editando el vacío, corrigiendo la respiración del misterio, tratando de darle sentido al balbuceo cósmico que nos pronuncia. No sabemos leer el silencio, así que lo llenamos de letras. No soportamos la nada, así que la vestimos de símbolos.

Yo, en cambio, prefiero escuchar la tartamudez del mundo. Su música rota. El murmullo que ocurre cuando todo calla. Porque en esa fractura se revela la verdad más pura: que no hay Dios, sólo lenguaje intentando recordar su origen. Que no hay cielo, sólo una metáfora mal entendida. Que toda oración es un eco sin respuesta, una onda que busca su fuente.

A veces imagino al primer ser humano mirando la noche, temblando ante su oscuridad inmensa. No entendía nada. La mente era apenas un espejo húmedo. De pronto, pronunció un sonido. Fue miedo, fue asombro, fue ritmo. Nadie lo escuchó, pero el universo lo entendió. Ese sonido, esa sílaba que aún resuena en los huesos del tiempo, fue el nacimiento de la divinidad. No una verdad revelada, sino un error glorioso: el de confundir el eco con la voz.

Desde entonces repetimos esa confusión, generación tras generación, creyendo que hablar nos salva. Pero hablar es caer. Cada palabra nos aleja un poco más del silencio que nos contiene. Y sin embargo, ese exilio es necesario: sin error no habría conciencia, sin metáfora no habría mundo. Quizá el lenguaje sea el pecado original, y escribir, su forma más hermosa de arrepentimiento.

Yo no busco redención, busco ritmo. No rezo: respiro. Cada palabra que escribo es una tentativa de reconciliación con el equívoco. No para corregirlo, sino para amarlo. Porque en ese error vive la poesía, la lucidez, la ternura secreta del universo que se confunde a sí mismo. El misterio no quiere ser comprendido, sólo acompañado.

Y cuando el verbo se calla, cuando la página se queda en blanco y aún vibra, algo sucede: el mundo respira. El lenguaje se repliega hacia su origen, como un océano volviendo a su silencio. No hay Dios esperándonos, sólo la metáfora, paciente, repitiéndose en las sombras.

Tal vez eso somos: una oración inacabada, un pensamiento que duda de su propio sonido, una metáfora que olvidó su origen y, al hacerlo, creó el universo.

Y mientras tanto, seguimos pronunciando el error. Con fe, con miedo, con belleza. Como si el abismo aún necesitara una voz que lo traduzca. Como si el silencio no bastara. Como si todavía creyéramos que nombrar es existir.