Escribir es incendiar el idioma para que nazca el silencio
A veces siento que el lenguaje nació de una chispa y no de la garganta. Que antes del primer pensamiento hubo un relámpago, una combustión en la materia del alma, y de esa incandescencia emergió el sonido. Por eso escribir es regresar a esa primera llama, incendiar el idioma para que el fuego diga lo que la palabra ya no puede sostener. Porque el lenguaje, al igual que la carne, se pudre. No escribo para decir. Escribo para quemar las estructuras invisibles que sostienen el mundo. Escribo porque el silencio necesita un incendio que lo despierte.
Cada frase es un fósforo encendido en la boca. Cada palabra deja un olor a humo en la mente. Hay algo sagrado en ver cómo se consumen: el pensamiento se vuelve llama, el verbo se hace respiración, el sentido se disuelve en aire caliente. En ese punto exacto donde la palabra arde, el significado se desprende y cae como ceniza. No importa lo que digo, sino lo que se quema mientras lo digo.
He sentido que el verdadero texto no nace del pensamiento sino del incendio de la conciencia. Escribir es prenderle fuego al orden, reducir la gramática a una coreografía de humo. El lenguaje se derrite, y entre sus restos aparece algo más puro: la vibración. No el verbo que representa, sino la energía que respira. El lenguaje, al arder, recuerda que fue antes que el hombre: una forma de conciencia cósmica que se encendió y se expandió. Escribir es reactivar ese estallido inicial, como si el universo, a través de mí, repitiera su propio Big Bang.
Yo no escribo: soy escrito por el fuego. En ciertos momentos siento que el texto me habita como una enfermedad luminosa. El cuerpo arde en el idioma, las manos tiemblan, el tiempo se pliega, y en ese vértigo no hay yo, no hay autor: solo una vibración que me atraviesa y me usa como vehículo. Quizás escribir sea eso: dejar que lo desconocido hable a través de uno, sin interferir, sin corregir, sin temer que lo que salga sea ruina o revelación. Lo indecible necesita un cuerpo para arder.
Cada palabra es una ofrenda. Cada frase, una invocación. Y sin embargo, cuando la llama se apaga, lo único que queda es silencio. Pero ese silencio no es vacío: es plenitud. Es una materia viva que respira debajo de la superficie, una presencia que solo se revela cuando todo ruido se ha extinguido. El silencio no borra la palabra: la completa. Es el reverso ardiente del verbo.
A veces pienso que escribir es traicionar al pensamiento para obedecer al fuego. Las ideas quieren ser precisas, pero el fuego no razona: se expande. Y en esa expansión destruye toda frontera. Escribir es arder en la frontera entre lo que se comprende y lo que quema. El pensamiento se derrite, el yo se disuelve, y solo queda la danza de las brasas. ¿Quién escribe entonces? ¿Quién dicta desde la oscuridad del fuego? Tal vez sea el silencio mismo, buscando una forma de pronunciarse.
Hay una pureza brutal en la combustión del lenguaje. Cuando una palabra se quema, revela su esqueleto sonoro, su esencia vibrante. Cada letra es un fragmento de la respiración cósmica. En el fondo, el lenguaje no comunica: vibra. El silencio es su frecuencia más alta. Por eso la escritura es un acto de alquimia: transformar el ruido en resonancia, la sombra en luz, el caos en silencio. Y sin embargo, ese silencio nunca es definitivo. Arde sin arder. Habla sin sonido. Respira sin cuerpo.
He descubierto que escribir no es construir sentido, sino dejarlo colapsar. Toda palabra es una ruina que aún conserva calor. La escritura es un ritual sin templo, una plegaria sin dios, un gesto que se repite aunque ya nadie crea. El fuego no necesita fe: solo oxígeno. Y el oxígeno del lenguaje es el deseo de existir aunque duela, aunque todo se derrumbe. El fuego no busca consuelo: busca transformación.
A veces me hablo a mí mismo dentro del texto. Me digo: “Tú no escribes, tú te consumes.” Y me respondo desde el otro lado: “Pero ¿quién arde cuando el verbo se extingue?” Esa pregunta me atraviesa cada vez que escribo. Tal vez escribir sea dialogar con la parte de uno que ya no está viva, pero aún no ha aprendido a callar. Cada palabra es un epitafio del yo. Y en ese epitafio hay un eco del universo, un rumor de lo eterno.
He sentido que cuando el lenguaje alcanza su punto de incandescencia, el mundo se detiene. No hay afuera ni adentro. Solo respiración. Solo la presencia de algo que no tiene nombre. El silencio entonces no es un final: es una apertura. Es la primera nota de una música que nadie escucha, pero que todo sostiene. Es el pulso invisible que mantiene encendida la existencia.
No hay salvación en la escritura. Solo transmutación. La palabra no redime: transforma. Y al transformarse, destruye lo que éramos. Por eso escribir es un acto de fe sin religión: el fuego no promete nada, solo devora. Pero en su devoración hay belleza. En su violencia hay claridad. En su pérdida, una forma de nacimiento.
A veces imagino que el universo entero es un poema que intenta borrarse. Que cada estrella es una palabra en combustión. Que nosotros, los que escribimos, no hacemos más que continuar esa tarea cósmica: borrar con fuego lo que alguna vez fue sonido. El silencio, entonces, no es lo opuesto al lenguaje, sino su destino. Todo verbo nace para ser ceniza.
Yo escribo para desaparecer, para que el idioma se disuelva y me libere. Escribo para que el pensamiento arda hasta convertirse en respiración pura. Y cuando la última palabra se apaga, cuando ya no queda más que la luz tenue de lo indecible, el silencio se posa sobre mí. No dice nada. Solo respira. Y en esa respiración, el mundo vuelve a empezar.