La política es la pornografía de los desesperados
La política es un burdel sin ventanas donde los espejos están rotos y la música suena con agujas en el diafragma. No hay placer, apenas la liturgia obscena del poder desnudándose bajo luces enfermas, mostrando su piel cuarteada como un espectáculo que ya nadie cree pero que todos miran. El pueblo entra con la ansiedad de quien busca un cuerpo caliente, un sentido que salve del frío, y lo que encuentra es un striptease cansado, un simulacro de orgasmo que nunca llega, promesas eyaculadas en discursos que se evaporan antes de tocar la piel. Nadie paga con dinero: se entrega la esperanza, la juventud, la fe en un futuro que se disuelve en la saliva de los oradores. Se paga con la ilusión de que el placer es posible, aunque la función siempre termina con la misma impotencia.
El escenario huele a sudor de multitudes, a cloro de hospitales, a maquillaje corrido de máscaras que tiemblan en el rostro de quienes se saben prostituidos por la misma fe que los sostiene. La política no seduce: abre las piernas del poder sin misterio, exhibe la obscenidad como única mercancía. No hay eros, no hay encuentro: solo cuerpos de consignas, genitales de ideologías, semen de propaganda derramado en la cara de una sociedad que aplaude como quien festeja un gemido fingido. Todo es repetición, todo es loop, todo es espectáculo de carne gastada.
El ruido es total. Palabras como balas de fogueo, voces que penetran como cuchillos de aire, frases que pretenden ser fuego y apenas calientan el hielo de la indiferencia. La pornografía de la política consiste en mostrarlo todo, en desnudarse hasta el hueso, en arrasar con el secreto y el silencio. Pero en esa transparencia obscena no hay verdad, apenas la saturación del deseo domesticado, la pérdida del misterio que era lo único que podía sostener el poder. El poder auténtico jamás se muestra: se esconde, se retira, se escapa entre los pliegues invisibles. Lo que se exhibe en la pantalla es solo el fantasma, un holograma erecto que sustituye al cuerpo real.
Y los cuerpos, siempre los cuerpos. Cuerpos marchando bajo la lluvia, cuerpos en las plazas, cuerpos desaparecidos en la tierra, cuerpos que se dejan atravesar por consignas como agujas, cuerpos que creen ser dueños de la orgía cuando apenas son decorado en la coreografía del fracaso. Cuerpos domesticados como animales de feria, entrenados para aplaudir en el instante exacto, para votar como quien gime, para morir como quien paga la cuenta de un espectáculo que no disfrutó. La política no necesita almas: solo carne dócil que se ofrece para que la maquinaria siga eyaculando órdenes en el vacío.
El deseo es la trampa. No el deseo de placer, sino el deseo de sentido. La política se ofrece como amante solícita, como cuerpo disponible, como lengua dispuesta a escuchar las súplicas del pueblo, pero es una prostituta espectral: se abre sin tocar, gime sin sentir, cobra sin entregar. Lo que se consume no es el goce, sino la promesa suspendida de un goce que nunca llega. El ciudadano entra al cuarto oscuro con la esperanza de encontrar un cuerpo vivo, y sale con la impresión de haber penetrado en un holograma. Y aún así regresa, regresa siempre, porque el vacío exige ser llenado aunque sea con humo.
En ese prostíbulo de luces frías, la esperanza se convierte en voyerismo. Nadie participa del acto, todos observan. Nadie toca, todos miran. Nadie goza, todos esperan. La política es la pornografía de los desesperados porque ya no queda nada más que mirar: mirar las piernas abiertas del poder, mirar el espectáculo de las promesas rotas, mirar el gemido repetido hasta el cansancio. Se mira para olvidar el vacío, se mira para convencerse de que el espectáculo existe, se mira porque ya no queda otra cosa.
Pero bajo esa obscenidad se oculta lo innombrable: el verdadero poder jamás se muestra en escena. Mientras las luces iluminan la orgía de signos, en la penumbra se ejecuta la verdadera penetración, silenciosa, invisible, definitiva. Lo que vemos es apenas distracción, performance de superficie; lo que ocurre en lo profundo nunca será revelado. Los desesperados se contentan con la imagen, pero la orgía real se consuma en rincones inaccesibles, antes incluso de que comience el espectáculo.
La política, como toda pornografía, no libera: domestica. No enciende: apaga. No da placer: lo pospone. Y sin embargo, los desesperados insisten, porque el vacío duele más que la farsa, y el simulacro es más soportable que el silencio. Así la sociedad entera se convierte en un cuarto oscuro iluminado por pantallas, una masturbación colectiva del futuro donde los gemidos que escuchamos ya no son de placer ni de dolor, sino de cansancio. Un cansancio que se confunde con la vida misma, un cansancio que se respira, un cansancio que no concluye.
Y el telón nunca baja. El espectáculo sigue aunque nadie mire, aunque nadie crea, aunque nadie quede. La política se masturba sola frente a un espejo roto, y el eco de su gemido es lo único que queda vibrando en la penumbra.