Vivir: un gesto de cortesía con el absurdo


Vivir es el modo más educado de desaparecer. Lo pienso mientras el mundo se inclina sobre sí mismo, cansado de repetirse, como una frase que ha perdido el sentido pero sigue pronunciándose por costumbre. Hay algo profundamente elegante en persistir, incluso cuando todo anuncia su agotamiento. No es fe, ni esperanza, ni rebeldía; es una cortesía silenciosa con el absurdo, un gesto de urbanidad ante lo incomprensible. Uno continúa —aunque nada lo exija— como quien se queda un rato más en una conversación que ya terminó, por no ser grosero con el silencio.

A veces creo que vivir es un arte menor, una música que se improvisa en la penumbra del alma. Cada día tiene su compás, su error, su desliz voluntario. Hay mañanas en que el aire suena afinado, y otras en las que la respiración es un instrumento roto. Sin embargo, hay algo sagrado en la torpeza del intento, en la obstinación de seguir tocando aunque la melodía no tenga partitura. El mundo, con su ruido y su belleza, parece una orquesta sin director donde todos improvisan, cada uno creyendo seguir un ritmo secreto. Quizá esa sea la única armonía posible: la coincidencia accidental de nuestras disonancias.

No hay motivo claro para seguir. No lo hay, y eso mismo me parece una razón suficiente. Tal vez la vida no requiera de un sentido, sino de cierta cortesía para con la incertidumbre. Se puede vivir como se fuma un cigarrillo bajo la lluvia: sin propósito, pero con un gesto exacto. Hay que aprender a mirar el vacío sin exigirle explicación, y mantener cierta elegancia frente al caos. Después de todo, no se trata de entender el universo, sino de acompañarlo, como quien camina junto a un desconocido sin preguntarle su nombre.

A veces me sorprende la textura de lo real. La forma en que el tiempo se disuelve entre las manos, el modo en que los objetos se miran entre sí cuando uno los olvida. Entonces me pregunto si no seremos apenas un sueño mal contado, una metáfora que se cansó de significar. Quizá la conciencia sea un espejo que se contempla hasta confundirse con su reflejo, o una sombra que busca su cuerpo sin hallarlo. No importa. En la duda hay una calma que el conocimiento no ofrece. Vivir no es saber, es escuchar lo que el silencio intenta decir cuando nadie lo interrumpe.

He intentado descifrar la lógica del sentido, y cada vez que me acerco, algo en el aire se desordena. La razón se enreda, el pensamiento se vuelve líquido, y el mundo se abre en un espasmo de paradojas. Entonces dejo de pensar. Respiro. Dejo que el absurdo ocurra. Que el misterio siga su curso sin que yo interfiera. Y en esa rendición descubro una forma de inteligencia que no pasa por las palabras: la lucidez del que ya no busca. La serenidad del que se sabe parte de un error perfecto.

El absurdo tiene modales, me he dado cuenta. No grita, no exige, no amenaza. Solo espera. Y uno, por pudor, decide acompañarlo. Por delicadeza, por ternura, por ese amor inexplicable hacia lo imposible. Vivir se vuelve una especie de danza con el sinsentido, un tango entre el alma y la nada. Uno gira, cae, se levanta, sonríe, finge que entiende. Y el universo, en su infinita cortesía, finge también. Así mantenemos la compostura: la gran etiqueta del vacío.

Me gusta pensar que todo lo que somos —este cuerpo, este miedo, esta alegría que no dura— es apenas el eco de una conversación entre fuerzas que no comprendemos. Que el pensamiento no pertenece a nadie, que la voz es una corriente que atraviesa los cuerpos y se dispersa. A veces me pierdo en esa sensación de disolución y siento que ya no soy “yo”, sino un pliegue del aire, una partitura que se borra mientras suena. Y en esa pérdida hay una paz extraña, una belleza fatigada que reconcilia el espíritu con su propia desaparición.

He comprendido que no hay salvación en el sentido, solo en el gesto. Que la verdadera sabiduría consiste en ofrecer una sonrisa al absurdo y seguir. No con resignación, sino con gracia. La cortesía metafísica del que sabe que todo está perdido y, sin embargo, pone la mesa, limpia el polvo, enciende una vela, prepara el alma. Porque incluso el vacío merece una forma. Incluso la nada agradece la delicadeza de ser tratada con amor.

Las luces del amanecer se abren como párpados cansados del mundo. La ciudad bosteza. Un perro ladra a la eternidad. Todo sigue en su sitio, y nada pertenece a nadie. Yo camino, como quien ensaya una despedida que no llega. Y mientras ando, me sorprendo pensando que tal vez vivir sea eso: una reverencia al misterio, una liturgia sin fe, un acto de cortesía con el caos que nos habita.

A veces me detengo. Escucho. El universo parece murmurar algo entre sus grietas. No entiendo, pero algo en mí asiente. Y sigo, sin prisa, sin destino, con la calma de quien se sabe parte del mismo error que lo sostiene. Si la vida es absurda, al menos que lo sea con estilo. Si el sentido no existe, que el gesto lo suplante. Si todo termina, que el final sea una sonrisa.

Vivir, al final, no es más que esto: saludar al abismo como quien comprende que no hay nada que comprender.