Octubre negro
El aire respira carbón mojado, y en su fondo late una voz que se quema sin emitir sonido. Octubre despierta como una llamarada sin fuego, un territorio donde los relojes jadean y el tiempo fermenta en los rincones como si tuviera órganos enfermos. Nada inicia, nada concluye. Todo sucede, y el simple hecho de suceder basta. Camino bajo hojas que no caen: se desprenden con una lentitud mineral, conscientes del peso invisible de una mirada que no vuelve. Las calles arrastran una piel abandonada, la luz tose en las ventanas, los edificios inclinan su fatiga hacia el cielo, y el cielo intenta sostener la tristeza colectiva con un gesto ya vencido. En cada esquina tiembla la huella de algo que se apartó. No sé si era cuerpo, palabra o latido, pero la ausencia dejó un hueco que no termina de cicatrizar.
Me quedo frente a los vidrios empañados, y en ellos descubro que no es el mundo quien se desvanece: es mi reflejo el que se borra como un error sin corregir. Los pasos se mueven por inercia, la conciencia queda rezagada en la humedad. Nada se pierde, pero todo se distancia. Los nombres mantienen su sonido, los objetos su utilidad, los rostros su geometría, aunque dentro de cada uno vive una grieta sigilosa donde ya no reside alma alguna. Octubre es ese estado: imagen sin luz, eco sin origen, un duelo que no lacera. El dolor se disuelve en el aire como una melodía que nadie escribió y que, de algún modo, todos recuerdan.
El cuerpo lo entiende antes que la mente. Los huesos traducen la ausencia con una sabiduría que no necesita idioma. Los músculos se mueven sin fe, las manos tantean lo irrecuperable, los ojos fabrican claridad donde no existe. El dolor ejecuta su alquimia: el aire entra como brasa, sale como polvo frío. El llanto ya no sirve porque repite la misma ecuación gastada. Prefiero entregar el trabajo al silencio. Hay un pulso subterráneo en la quietud, una respiración pétrea que sostiene el corazón cuando la esperanza ya terminó su contrato. Quizás seguir sea esto: arder sin consumirse, mantenerse en un punto fijo mientras todo alrededor implosiona con sutileza.
Desde tu partida el lenguaje dejó de ser inocente. Cada palabra carga humedad y hollín. Las sílabas pesan como objetos mojados. Decir vida exige mentir con delicadeza. Decir amor convoca una tumba que respira bajo la tierra. Aun así no puedo callarme. Hablar es mantener abierto un corredor entre dos mundos que se ignoran. El verbo dejó de explicar: invoca. Cada frase se vuelve un portal incompleto, un intento de traer hacia acá lo que se diluyó en una memoria que no distingue materia de espíritu. Escribo para inhalar. Escribo para sostener la gravedad justo antes del derrumbe.
La pérdida obedece su propia física. Nada se extingue; todo migra de vibración. Lo que muere regresa en otra frecuencia, invisible, intacta. Algunas noches descubro el aire lleno de presencias discretas, filamentos que rozan la piel con un temblor mínimo, como si la realidad recordara que también tuvo cuerpo. Entonces comprendo que la ausencia no es vacío: es permanencia en cámara lenta. La certeza llega sin anunciarse: lo amado persiste, aunque ahora prefiera disfrazarse de silencio.
Me disuelvo en las sombras con la naturalidad de quien aprende a ver desde adentro. No sé si avanzo o floto, si sueño o permanezco despierto. Cada paso se curva, cada segundo repite un eco remoto. El viento distribuye fragmentos míos entre árboles, polvo y ríos: una versión dispersa de mí que nadie pidió. Estoy en todas partes y en ninguna. Algo en mí se apaga con dulzura, sin dramatismo, como una vela que entiende la exactitud de su destino. Tal vez la vida consista en ese destello consciente entre dos noches interminables.
No deseo redención. Solo mantenerme atento mientras todo se apaga a su propio ritmo. La continuidad no vive en el futuro, sino en la respiración que persiste a pesar de sí misma. El sentido no se busca: se oye. Bajo el ruido del mundo vibra una nota grave, un pensamiento antiguo de la Tierra, una especie de mantra tectónico que sostiene lo que queda de mí. El dolor deja de ser propiedad privada; pasa a ser mineral, aire, arcilla. He comprendido que lo amado regresa disfrazado: intuición, sombra sobre la nuca, luz que no ilumina pero acompaña.
Octubre negro: estación donde la materia del alma decide cambiar de estado. Lo que muere se vuelve energía. Lo que hiere se vuelve lenguaje. No existe el fin, solo combustión. El espíritu enciende su fuego frío, revela un rostro humano sin máscara: conciencia desnuda, ternura sin objeto, un amor que ya no necesita pronunciarse. Sigo aquí, respirando el humo de lo que fui, ardiendo con calma feroz, entendiendo que el dolor nunca fue enemigo de la belleza. Era su pasaje secreto.
Y cuando todo se aquieta, dejo que el polvo del alma continúe girando sin rumbo. No deseo forma ni destino. Que el polvo gire, que el aire devore al aire, que el silencio complete su vocación. Tal vez continuar consista en aceptar la precisión del colapso. Dejar que la noche pronuncie la última palabra. Y que esa palabra, como todas las verdaderas, no signifique nada.