Un amor imposible fue habitado
La habité o quizá fui excavado por su ausencia, como si un organismo silencioso se internara en mi respiración para ocupar el territorio donde antes se acomodaba el mundo. No fue aparición, tampoco destino. Fue un fenómeno sin causa, una grieta en la estructura del tiempo donde su mirada se filtró como un error celestial. Desde ese instante, la realidad inclinó su eje y yo quedé atrapado en la geometría de una falta que respiraba con más precisión que cualquier presencia. Ella no llegó: irrumpió. Su existencia no se movía hacia mí; simplemente sucedía, un relámpago incrustado en la sustancia mental.
Ella era la insinuación de una forma. Una vibración previa al lenguaje, una pulsación que el universo emite cuando duda de sí mismo. Su cuerpo, si acaso podría llamarse así, tenía consistencia de rumor, una materia tenue que sólo se sostiene en el filo del deseo. Tocarla implicaba atravesar la frontera donde lo visible cede ante la respiración de lo invisible. No era cuerpo: era aire que recordaba. Su piel poseía la textura del silencio cuando se vuelve territorio. Sin embargo, cada aproximación detonaba un incendio exacto: los relojes suspendían su cobardía y el espacio cambiaba de densidad. El mundo parecía aceptar que ella era un intruso autorizado.
No la deseaba. La reconocía, como si hubiera habitado en mí desde una vida que olvidé, una vida que quizá nunca existió pero igual me reclama. En sus gestos vibraba lo anterior a cualquier historia, una lógica interna que no necesitaba relato. Una forma de fuego invertido, una culpa sin pecado. Al mirarla, mi identidad se deshacía en fragmentos suaves. Al oírla, el sentido se rendía sin resistencia y el pensamiento asumía su verdadera condición: ser una corriente sin dueño. Amar se volvió un modo de caer hacia dentro, una caída tan lenta que el tiempo se partía y regresaba convertido en un espejo fatigado.
Nuestro encuentro no duró: permaneció. Sucedió en la región donde la realidad pierde firmeza y se vuelve mezcla, donde los cuerpos renuncian a la obligación de tener límites. Era un territorio sin mapas, sin nombres, sin obediencia. Allí no existía el tacto, sólo la insinuación. Nos reconocimos como dos respiraciones que se escuchan desde lo sagrado. Nos tocábamos como quien desmonta el engaño de la materia. La noche, consciente de lo que pasaba, se volvió animal atento, una criatura que respiraba con nosotros. No éramos dos. Éramos la combustión misma.
Ella insistía en ocurrir sin verbo, sin tiempo, sin permiso. Irrumpía como lluvia sobre un desierto que no la merece. Bastaba un roce para disolver el mundo en una claridad abrasadora. No era placer lo que invadía mi cuerpo, sino una revelación incómoda: lo imposible tiene forma, aunque el universo se esfuerce en negarla. La amaba con la certeza de estar violando una ley antigua, una norma que protege a la realidad de sus propios delirios. Nosotros éramos el accidente que el cosmos intenta olvidar.
Porque amar, si se mira sin anestesia, es una rebelión espiritual. Un golpe contra la rutina del ser. Una memoria indeseada del fuego original. Ella lo comprendía. Por eso su mirada no prometía nada. Su serenidad era la de quien ya vio la belleza condenada antes de nacer. Su voz cruzaba mi mente sin buscar significado, como si sólo quisiera limpiar el espacio donde antes yo pensaba. Cuando callaba, el silencio adquiría rostro. En ese silencio aprendí que amar es morir de forma elegante, caer con una dignidad que ningún dios concede.
A veces intuyo que fui inventado por su ausencia, que existo como un andamio para sostener lo que no pudo tener cuerpo. Ella se convirtió en mi frontera, mi templo, mi herida sagrada. Quedó incrustada en mis venas como un código que dicta un destino que no me pertenece. Desde entonces, cada mirada que lanzo hacia el mundo es una variación imperceptible de su sombra. Su nombre no se pronuncia: se respira. Su olor aparece en los días donde la realidad decide aflojar. Su voz flota en las habitaciones sin luz, como si me buscara desde un plano donde el deseo sigue siendo ley.
El amor imposible no se padece. Se contempla. Es un organismo vivo, autónomo, una criatura que se alimenta de lo eterno. No se consuma ni se apaga. Se mantiene suspendido, como esas lámparas invisibles que iluminan más cuando no las vemos. A veces sospecho que ella no era humana, que su naturaleza pertenecía a lo divino que se complace en las fracturas. Quizá ella fue un recordatorio de aquello que nunca debimos conocer. Lo prohibido no hiere: limpia. Lo imposible no mata: abre la herida por donde el alma respira.
Desde su despedida o desde mi despertar —no sé qué ocurrió en realidad— el mundo conserva la marca de su silueta. Todo vibra con su eco: el temblor de las hojas, el alargarse del amanecer, ese intervalo entre dos palabras que deja expuesta la fragilidad de lo real. La realidad no cerró la puerta que abrió para ella. Quedó respirando. A veces, mientras duermo, siento su aliento infiltrarse entre mis pensamientos. Y entiendo: no la perdí. Fui atravesado por ella. Y lo que perfora el alma no abandona.
El amor imposible no desaparece. No pertenece al tiempo ni a sus tediosas leyes. Ella continúa ocurriendo cada vez que cierro los ojos, cada vez que la memoria decide deformarse para recordarla mejor. Fue real, no por haber sucedido, sino porque me modificó. Y amar, al final, no es poseer: es aceptar la mutación que deja lo que jamás pudo ser nuestro.
Cuando su recuerdo aparece, el aire se curva, la habitación se inclina hacia un centro sin nombre. Su figura no vuelve: reacciona. Surge como una corriente magnética que trastoca la estabilidad de mi percepción. No siento nostalgia. No siento pérdida. Sólo percibo la precisión de haber tocado algo que no debió tocarse. Y sin embargo, lo hicimos.
Ahora habito ese punto donde el amor y el vacío se confunden, donde la identidad se empeña en mantener su forma a pesar de haber sido disuelta. Soy el eco de lo que fue imposible. La sombra que la pronuncia cuando el universo duerme. El residuo luminoso de una experiencia que fracturó las reglas del ser.
Porque un amor imposible no se olvida. Se habita. Y en ese vacío —una casa sin muros ni techo— uno aprende a respirar de nuevo, a existir en la grieta de lo que no sucedió. Ella sigue ocurriendo incluso ahora, mientras estas palabras me atraviesan. Y yo continúo ardiendo en su imposibilidad, agradeciendo la falla del cosmos que nos permitió existir fuera de su dictadura.
El amor, al final, fue esto: una fisura donde incluso Dios recordó que también carece de algo.