Protocolo para reventar ilusiones reglamentarias


Me pregunto a qué hora empezó esta costumbre tuya de obedecer sombras ajenas, porque no es inocencia lo que te sostiene sino una especie de contrato hereditario con fantasmas administrativos que jamás firmaste y aun así te gobiernan, y mientras piensas que todo esto es normal yo siento un ruido eléctrico en el estómago, una especie de protesta que quiere morder la línea que separa lo permitido de lo inevitable, porque qué es lo inevitable sino la versión más cobarde de lo que te enseñaron a temer, y no te ofendas, pero a veces veo tu fe en los reglamentos como quien mira a un niño intentando domesticar un relámpago con una regla de madera, y me pregunto si te das cuenta de que esas instrucciones que repites sin dudar son solo máscaras mal dibujadas de un orden que ni siquiera existe, o sí existe pero apenas como un eco de costumbres muertas que todavía exigen reverencia.

Yo camino entre esas normas como quien atraviesa un bosque con los ojos vendados, y no porque quiera ser mártir de ninguna revolución barata sino porque siento, en la médula, que la única manera de estar vivo es aceptar que todo orden pide ser traicionado, que toda certeza es un animal enfermo que suplica por compasión que lo dejes morir, y mientras tanto tú intentas darle respiración boca a boca a cada ilusión que encuentras tirada en el suelo, convencido de que alguna todavía late, o de que alguna puede salvarte, cuando lo único que salvas es la inercia de un mundo que no quiere responsabilidades, solo espectadores dóciles.

Yo también fui así, no pretendo posar de iluminado sin deudas, yo también tuve miedo de romper el cristal porque siempre nos dijeron que detrás del cristal está el vacío, pero nadie nos dijo que entre más se agrieta ese cristal más empieza a filtrarse la música verdadera, esa vibración que parece ruido pero en realidad es la primera señal de que la realidad está cediendo, abriéndose, respirando por fin sin permisos ni supervisores, como si hubiera esperado siglos para escuchar su propio latido sin los vendajes de la cordura. Y dime, ¿no sientes a veces que las reglas no te protegen, que más bien te reducen, que te recortan el espíritu como si fueras un archivo que deben optimizar para que no consuma demasiada memoria? Te lo pregunto porque yo lo sentí un día cualquiera, sin gloria, sin epifanía, apenas una punzada en el pecho que decía: esto no es mío, esto no soy yo, esto es una ilusión reglamentaria incrustada en mis costillas como una astilla antigua.

El protocolo para reventarlas no es elegante; de hecho, es torpe, visceral, casi vergonzoso, como si desmontaras una máquina que ha sido instalada en tu carne desde antes de que pudieras hablar, y claro que duele, claro que te hace temblar, porque desmontar ilusiones es como extirpar un órgano espiritual en plena calle, sin anestesia, mientras la gente pasa sin mirar, convencida de que sigues funcionando como siempre, aunque tú ya no puedas fingir que no escuchas esa especie de latido interno que dicta otro orden, un orden que no obedece, un orden que late con la insolencia de un animal despierto en mitad de la noche. Y sí, te lo digo con ironía porque de otra forma sería insoportable: ¿no te parece ridículo haber creído que la realidad necesitaba instrucciones? ¿Que la existencia venía con un manual de comportamiento?

Yo recuerdo la primera vez que rompí una, una de esas ilusiones invisibles, y juro que escuché un sonido, no una explosión épica, no un trueno cinematográfico, sino un crujido seco, íntimo, como cuando la madera se cansa de sostener un peso que nunca pidió, y en ese crujido había algo parecido a la risa de un dios sin nombre, una risa cansada, enterrada en una ironía tan antigua que casi me deshizo, porque entendí que lo reglamentario no es más que un decorado, una especie de teatro que insiste en creer que todavía hay público, pero el público ya se fue, se cansó, dejó los asientos vacíos, y aun así la obra sigue, absurdamente, como un ritual automático. ¿Y si el protocolo consiste precisamente en eso, en apagar la luz del escenario para que por fin puedas ver lo que hay detrás, lo que siempre estuvo detrás, esa zona donde nada necesita permiso para existir? ¿Vas a entrar o te quedarás en la platea fingiendo que esperas el acto final?

Yo entro. Entro aunque la noche muerda, aunque el orden se quiebre, aunque la realidad me mire con esa expresión cansada de quien teme que arruines la ceremonia, pero igual avanzo, lento, torcido, respirando el polvo de las estructuras que se desmoronan a mi paso, porque no quiero una libertad fabricada, quiero la que duele, la que mancha, la que arde, la que no se puede explicar con palabras limpias. Y mientras avanzo siento que me disuelvo un poco, que el cuerpo se curva, que la conciencia se vuelve un pasillo donde las paredes respiran, que la mente se abre como un animal curioso que olfatea algo prohibido, algo que siempre estuvo ahí pero las reglas imponían silencio. Ese silencio, ahora, se rompe como un espejo húmedo, y en los pedazos veo rostros que no reconozco, rostros míos, tuyos, nuestros, rostros que preguntan sin voz: ¿qué esperas para terminar de romperlo todo?

Me río, porque siempre me río cuando la realidad revela que es menos seria de lo que presume. Me río y sigo adelante, dejándome llevar por esta corriente sin mapas, sin promesas, sin garantías, y en ese movimiento siento que todo protocolo es apenas una excusa para perderme mejor, para hundirme en un caos que no destruye sino que resucita, que no corrige sino que libera, porque al final romper ilusiones no es un acto rebelde, es un acto honesto, la única manera de ser fiel a algo que todavía no sabemos nombrar. ¿Y si no hay nombre? ¿Y si no tiene por qué haberlo?