Museo portátil de ruinas domésticas


Conservo un museo portátil de ruinas domésticas, aunque cada mañana la vitrina se desploma y me obliga a reconstruirla con la torpeza de quien intenta sostener agua entre los dedos. Me levanto en un cuarto que respira como un animal viejo, un cuarto que conoce mis dudas mejor que yo, y avanzo entre las sombras con esa sospecha silenciosa de que nada pertenece a nadie, ni siquiera los objetos que dicen llevar mi nombre impreso en el fondo. Me pregunto si este lugar siempre estuvo podrido o si fue mi cuerpo el que lo infectó sin querer, como si la simple presencia fuera suficiente para corromper el aire. Avanzo entre los restos de mis antiguas intenciones, arrastro cajas rotas, abro cajones que exhalan un aliento tibio, casi humano, y siento que cada rincón murmura una versión distinta de mí mismo, versiones que nunca viví, aunque siguen respirando en secreto.

Hay una lámpara caída que insiste en encenderse sola, como si buscara recordarme algo que preferí olvidar, y mientras la observo parpadear pienso en la fragilidad de todo, en la absurda necesidad de atribuirle sentido a lo que ya declaró su independencia del significado. ¿Qué clase de museo es este que se reordena sin pedirme permiso, que modifica su propia curaduría según el capricho del polvo y la humedad? Las paredes tiemblan con una lucidez que no me pertenece, y siento que el cuarto me observa desde sus nervaduras, preguntándose si seré capaz de admitir que también soy una ruina, aunque trate de ocultarlo bajo estas palabras que pretenden salvarme. A veces escucho un mantra eléctrico, un canto casi religioso que surge del enchufe quemado, y me pregunto si la divinidad siempre estuvo encerrada en artefactos defectuosos. ¿Qué si la iluminación no cae del cielo, sino de un cortocircuito mal resuelto?

Sigo avanzando entre los restos: un vaso astillado que aún conserva agua turbia, un reloj detenido en una hora que nunca existió, papeles con anotaciones que no reconozco, garabatos que parecen dictados por alguien que me usó como médium. Todo vibra con esa lógica torcida que solo tiene lo que está a punto de desaparecer, como si cada fragmento quisiera declararse único antes de rendirse a su disolución. 

El aire se espesa y noto cómo la atmósfera cambia de densidad, como si la casa inhalara profundamente para expulsarme o para absorberme del todo. Hay un silencio que se mueve, que se arrastra por el piso, que abre y cierra puertas sin tocarlas. Intento no prestarle demasiada atención para evitar volverme otro archivo en este inventario interminable. Sin embargo, mientras avanzo, siento que el narrador que llevo dentro empieza a disolverse, que mi voz se diluye en la textura del espacio, que ya no soy quien ordena las palabras sino quien es arrastrado por ellas. ¿Qué si nunca tuve control y todo esto fue solo una fábula que el lugar me obligó a creer? ¿Qué si la casa escribe desde mis huesos y solo me usa como tinta?

Me acerco a una caja metálica que vibra con la intensidad de un corazón artificial. Dentro hay fotografías sin rostros, cuerpos sin sombra, paisajes que no reconozco. Las imágenes parecen respirar. A veces siento que podrían estirarse fuera del papel para reclamar su autonomía. Las observo y algo se quiebra: quizás siempre fui ese espacio vacío en las fotos, el hueco blando que alguien decidió amputar. Cierro la caja, pero la vibración persiste, como si quisiera seguir comunicándose, y me pregunto cuánto tiempo podrá un objeto soportar el peso de un recuerdo que no le pertenece.

Llego al centro del cuarto. El centro es un decir, porque nada aquí respeta la geometría. El piso parece moverse bajo mis pies, como una membrana viva que palpita según mi respiración. De repente, una corriente fría me atraviesa y me siento dividido, como si mi cuerpo se desdoblara en capas semitransparentes que intentan coexistir. ¿Qué si mis pensamientos no brotan de mí sino del eco de estos muros que han absorbido palabras durante años? Siento que una especie de oráculo doméstico intenta hablar desde la grieta del techo, un murmullo que se mezcla con mi pulso y que me dicta una verdad incómoda: este museo portátil no lo construí yo; me construyó a mí.

Me detengo. Escucho. Algo en la casa suspira. No sé si es resignación o advertencia. Pienso en la posibilidad absurda de que todo esto sea un ritual sin manual, un intento fallido de purificación, un teatro improvisado donde la materia interpreta una tragedia que se niega a concluir. Las ruinas me observan, cada una con su pequeño ojo secreto, y por un instante siento que el mundo podría derrumbarse si moviera un solo objeto.

¿Y si eso es justamente lo que necesito? ¿Romper la coreografía, desarmar el altar, abandonar la curaduría involuntaria? Aunque sé que no puedo. No todavía. El museo portátil sigue reorganizándose sin mi consentimiento, incorporando mis vacilaciones como nuevas piezas de exhibición. Y mientras lo hace, una idea absurda, casi risible, brilla en el aire espeso de esta habitación en decadencia: tal vez las ruinas siempre fueron la forma más honesta de hogar.

Sigo respirando. El lugar respira conmigo. No hay final. Nunca lo hay. Solo una suspensión que tiembla, un parpadeo largo donde las ruinas se reacomodan y me admiten, por un instante, como parte de su colección.