Ritual eléctrico para avenidas sin redención
El aire vibra, o finge vibrar, quién sabe, todo parece un truco barato de ciudad enferma que nunca aprendió a morir a tiempo, y yo avanzo como quien se arrastra dentro de un cable pelado, sintiendo la corriente chocar contra mis huesos con ese cariño violento que tienen las madrugadas cuando olvidan ser humanas. Camino sin destino, como si mis pasos obedecieran a la respiración de otra criatura, una que no existe en ninguna parte pero insiste en usar mis piernas para dibujar rutas que ni siquiera pienso. ¿Lo has sentido? Esa pulsación que se cuela por las rendijas del asfalto y te sopla en la nuca, recordándote que la ciudad no te pertenece, que más bien te digiere, te rumia, te exhala como un humo viejo. Y aun así sigues aquí, empeñado en creer que cada farola es una señal y cada sombra una respuesta. Respuestas a qué, no lo sé, pero la ansiedad de saberlo se arrastra conmigo como perro fiel.
Hay un brillo inútil en los semáforos que parpadean con un tic nervioso, casi humano, casi triste, casi ridículo. Me pregunto si también se cansan de repetir su coreografía sin descanso, rojo en la herida, verde en la mentira, amarillo en la duda. La ciudad se entretiene con su propio espectáculo, y yo, espectro voluntario, dejo que me atraviese la luz como una confesión obligada. De pronto siento que camino por las entrañas de un organismo gigantesco, un monstruo lleno de circuitos, memorias rotas, rezos industriales que nadie pronuncia pero todos obedecen. Hay noches en las que juro escuchar cómo mastica mis pensamientos, cómo lame mis impulsos, cómo los devuelve disfrazados de deseo o advertencia. ¿No es extraño que el mundo urbano sepa más de ti que tú mismo? A veces parece que las avenidas murmuran secretos que no pediste, y sin embargo, ahí están, vibrando con la precisión de una profecía sin dios.
Una mujer cruza a lo lejos con una bolsa rota, pedazos de pan regándose como migas de un camino que jamás conducirá a casa. Podría ayudarla, claro, pero no lo hago. No por crueldad, sino por esa lucidez absurda que te recuerda que cualquier acto de bondad aquí es apenas un parpadeo dentro de un abismo que no necesita testigos. ¿Dónde empieza la compasión cuando la ciudad ya te quitó todos los nombres? ¿Qué sentido tiene recoger pan si mañana el viento se lo traga y la avenida lo olvida? La mujer ni siquiera mira atrás. Quizá sabe que nadie la sigue. O quizá está tan cansada que ya no distingue entre ser vista y ser borrada.
Sigo caminando y el cielo aparece como un techo mal pintado, lleno de manchas que parecen galaxias borradas por un trapo sucio. Las nubes se mueven como si alguien tirara de ellas desde otro plano, como si fueran telones de un teatro cósmico que nunca estrena nada. Siento que algo me observa desde adentro. No desde arriba, no desde afuera. Desde dentro. Una presencia eléctrica, un residuo de conciencia que no logra apagar su interruptor. ¿Será que todos cargamos una chispa que no pertenece a esta especie? ¿Una señal perdida que intenta recordarnos una geometría antigua, una vibración original, una música previa al lenguaje?
La avenida se vuelve un túnel sin paredes, un corredor de sombras extendidas, un mapa sin leyenda. Me detengo. La respiración cambia. La ciudad cambia conmigo, como si imitara mis dudas. En ese instante extraño, donde no sé si respiro o si alguien respira por mí, entiendo que nada avanza aquí: todo se extravía. Y tal vez esa sea la única verdad honesta. Perderse no como error sino como forma de existir. Dejar que la conciencia se derrita un poco, que se mezcle con el ruido de los autos, con el olor a caucho quemado, con el vapor que sube desde el pavimento como si debajo hubiera un corazón calentándose a fuego lento.
El viento trae un sonido raro, casi metálico, como si una cuerda gigantesca vibrara bajo tierra. Nunca sé si esas resonancias son reales o inventadas por mi mente cansada, pero de todas formas me detengo a escucharlas. Me pregunto qué se oculta bajo las avenidas, qué estructuras invisibles sostienen la vida que fingimos entender. Quizá hay templos enterrados, rituales antiguos, alquimias que jamás aprendimos a leer. Quizá somos los últimos testigos de un idioma que no tiene palabras, solo pulsos, ritmos, intuiciones. ¿Y si todo esto fuera un poema eléctrico recitado por la ciudad misma? ¿Un llamado que nadie escucha porque estamos demasiado ocupados persiguiendo promesas de plástico?
Siento que algo en mí se desprende. Como si mi sombra quisiera caminar sola. Como si mis pensamientos ya no me obedecieran. Me dejo llevar. Qué más da. La identidad es un traje barato; basta una lluvia para que destiña. Observo cómo mis ideas se mezclan con el aire, cómo mi yo se diluye en partículas, cómo dejo de ser un sujeto y me convierto en una corriente que se mueve entre luces intermitentes. Una especie de eco sin origen. Un soplo sin dueño. Un trozo de lenguaje errante que la ciudad tolera por aburrimiento.
Paso junto a una pared grafiteada que parece escribir su propia profecía. Líneas que se doblan, símbolos deformados, trazos que no significan nada pero me miran como si supieran demasiado. Tocarlo es inútil. Igual lo hago. La pintura está fría, casi muerta, pero siento un pulso mínimo debajo. Un latido que no es latido. Una vibración tenue que me recuerda que incluso lo inanimado participa en el gran teatro de lo invisible. La ciudad habla, aunque seamos demasiado torpes para entenderla.
Entonces ocurre: una farola explota a media cuadra. Un destello blanco, puro, un relámpago urbano sin tormenta. La calle queda a oscuras unos segundos, y en esa oscuridad entiendo que no necesito redención. La redención es una comedia para gente que aún cree en la salida de emergencia. Yo no. Yo me quedo. Me quedo en esta noche que respira como bestia cansada. Me quedo en este ritual eléctrico que la ciudad me ofrece sin pedir permiso. Me quedo porque en el fondo sé que en ninguna otra parte podría escuchar tan claramente esa voz sin palabras que vibra detrás de todo.
Avanzo de nuevo, lento, casi en trance, como si cada paso fuese una invocación. Siento el suelo bajo mis pies con la precisión de un mantra. Miro el horizonte artificial de luces y antenas que parpadean como si enviaran señales al vacío. Y me pregunto, sin esperar respuesta: ¿qué queda de nosotros cuando la ciudad termina de tragarse nuestros nombres? ¿Qué queda cuando dejamos de fingir que somos algo más que un destello entre dos apagones?