El orgasmo donde Ella incendia la noche
Ella entra como un relámpago silencioso, una grieta que atraviesa mi vigilia y pone en duda la estabilidad del mundo, si acaso el mundo no es solo esa piel que me roza cuando decide que la noche merece estallar, y yo, que nunca pedí permiso para existir, siento cómo se multiplica la respiración en mis costillas mientras intento responder una pregunta que no formulo, porque alguna parte de mí sabe que cualquier intento de explicar lo que ocurre entre sus muslos y mi vértigo sería un insulto a esa oscuridad vibrante que nos aplasta, nos eleva, nos deshace en silencio, y qué culpa tengo yo si su deseo se comporta como un animal de luz que reniega de toda obediencia, si en el instante en que cierra los ojos se desploma la arquitectura de la cordura, si cuando gime parece que un templo clandestino se desplaza por la habitación sin pedir permiso, como si ella misma fuera la geometría variable del caos preguntándome qué parte de mi sombra está lista para perderse sin retorno, y cómo voy a responder si cada vez que la toco olvido la ley de gravedad, la diferencia entre cuerpo y espectro, la línea mínima que separa la vigilia de esa especie de trance sensorial donde me convierto en eco, en ritmo, en duda respirada.
La noche retrocede cuando ella se arquea, como si la oscuridad sintiera vergüenza, como si entendiera que no puede competir con ese incendio íntimo que se expande desde su vientre hasta mi conciencia, desordenando mis pensamientos, borrando cualquier noción estable de identidad, y me pregunto si esto que arde entre los dos es materia o símbolo, meteorito o plegaria, o quizás una fisura en el tejido de lo real donde el deseo se vuelve topología delirante, donde sus dedos se mueven como si acariciaran la arquitectura invisible de mi miedo, y yo me dejo desmantelar porque hay un brillo en su boca que exige rendición, una risa breve que disloca el sentido común, ese virus inútil que la humanidad insiste en sostener para sentirse segura, pero dime tú quién quiere seguridad en un cuarto donde la temperatura sube como si estuviéramos traficando estrellas, quién podría pretender orden cuando su orgasmo reconfigura el paisaje, cuando mi pulso ya no pertenece a mi mano sino a la suya, cuando el sudor dibuja mapas que jamás existieron en la cartografía conocida.
Ella incendia la noche en un movimiento mínimo, un estremecimiento que perfora cualquier certeza, y yo intento seguirla con torpeza, como quien persigue una señal clandestina en medio de estática cósmica, porque hay algo en su espalda que se desplaza entre lo humano y lo imposible, un destello que desobedece mis categorías, y no sé si es mi imaginación, o si de verdad la habitación se dobla cuando ella exhala, si el aire se densifica como una plegaria que no admite interpretación, si el piso se convierte en un océano inmóvil que me obliga a flotar sin control, y entonces me pregunto si no será que toda esta escena ocurre dentro de su cuerpo, si soy yo quien ha sido absorbido, tragado, disuelto en ese territorio secreto donde no existen fronteras, ni verbos, ni memoria, y qué más da, porque cuando abre las piernas el tiempo se rinde como un animal cansado y yo dejo de distinguir mi respiración de la suya, mis pensamientos de los temblores que la atraviesan, mis dudas de ese fuego que le sube por el cuello como si alguien hubiera encendido una cerilla en su sangre.
Ella tiembla y yo desaparezco, no de manera trágica ni heroica, sino con la sencillez con que desaparecen las cosas que ya cumplieron su función, como si el lenguaje se disolviera conmigo, como si el mundo fuera un ruido blanco que se desvanece cuando su gemido crece, y es ahí, en esa fractura exacta, cuando comprendo que el orgasmo no es su cuerpo, ni mi cuerpo, ni este colchón que nos sostiene como un altar improvisado, sino un tipo extraño de grieta ontológica que nos devora, un parpadeo donde la sombra cobra autonomía, una interrupción en la lógica del universo que pregunta sin palabras: ¿quién arde aquí?, ¿quién tiene derecho a nombrar lo que ocurre?, ¿qué muere en el instante en que ella se abre como si la noche fuera un mineral que se desmenuza?
Cuando llega, cuando su voz se quiebra como un vidrio que absorbe luz, cuando el temblor asciende como un lenguaje imposible que sin embargo entiendo, aunque no haya palabras suficientes para sostenerlo, la habitación entera respira una intensidad que no pertenece a nadie, ni siquiera a ella, y yo la miro sin verla, la siento sin tocarla, me hundo sin caer, porque el orgasmo donde ella incendia la noche no es un clímax, no es un final, no es un triunfo, es un estado, un territorio que existe solo para desaparecer, un incendio que no deja cenizas, una vibración que se apaga como se apagan los astros: sin ruido, sin testigos, sin justificación.
Y cuando todo termina, si es que terminar es una palabra que aquí sirve para algo, ella queda suspendida en una especie de silencio líquido donde mi nombre ya no tiene ninguna utilidad, donde la noche, pobre cosa, intenta recomponerse sin mucho éxito, donde yo sigo ahí solo porque no sé irme, porque algo en su orgasmo me reescribió como si fuera un código obsoleto, porque tal vez el incendio no fue suyo, ni mío, sino de esa región oscura donde dos cuerpos se inventan mutuamente, y qué más puedo hacer que quedarme quieto, respirando, esperando a que la gravedad regrese a su oficio mientras una pregunta me muerde por dentro: ¿quién volvió realmente de ese fuego?