Apaga la luz


No es la muerte. Nunca ha sido la muerte. Es el cansancio de la luz, la fatiga eléctrica del día pegada a los párpados, ese zumbido de neón que no se apaga ni cuando cierras los ojos y finges que duermes mientras el techo te observa como un interrogador amable, y ahí aparece la fantasía, no como cuchillo ni salto sino como gesto mínimo, un acto doméstico, casi vulgar: estirar la mano hacia el interruptor y dejar que la habitación se apague sin dar explicaciones, sin redactar cartas, sin dejar huellas, sin preparar discursos que nadie escucharía con honestidad, solo apagar, como quien apaga un televisor viejo que ya no transmite nada excepto estática y sonrisas obligatorias.

Hay algo ridículamente heroico en ese gesto tan pequeño, porque el mundo funciona como una oficina con fluorescentes rotos que parpadean encima de la cabeza y formularios infinitos para justificar el estado del alma, y uno camina entre escritorios invisibles, sellos de goma, relojes descompuestos y carpetas donde se archivan los fracasos con cuidado administrativo, y lo verdaderamente obsceno no es la tristeza sino la obligación de explicarla con tono moderado, la necesidad de ofrecer un resumen ejecutivo del dolor, de marcar casillas emocionales, de sonreír en la foto grupal mientras los pensamientos se enredan como cables viejos detrás de una pared que nadie se atreve a romper, ¿quién decidió que respirar debía ser convincente?

La habitación no es un cuarto. La habitación es un estado que se construye con palabras ajenas, con frases recicladas, con consejos que nadie pidió, con promesas que se adhieren a las paredes como humedad, y ahí dentro el cuerpo se vuelve perro que da vueltas antes de acostarse, busca una esquina que no duela, una sombra que no delate, una zona baja de ruido donde el pensamiento no tenga que vestirse de normalidad, porque lo que agota no es estar vivo sino estar visible, operar bajo reflectores, ser un expediente abierto, una biografía en permanente edición, y la fantasía del interruptor se parece menos a una huida y más a una huelga silenciosa, un paro microscópico, una negativa educada a seguir actuando en un escenario donde nadie recuerda el guion pero todos exigen entusiasmo.

A veces la mente funciona como una radio mal sintonizada, capta voces que no pertenecen a nadie, fragmentos de discursos motivacionales, estática disfrazada de sentido, predicadores del éxito que hablan desde habitaciones perfectamente iluminadas mientras uno aprende a amar las sombras domésticas, el polvo que flota, los enchufes mal puestos, el ventilador que arrastra el aire sin convicción, y en ese paisaje menor crece la certeza de que el problema no es el cuerpo sino el exceso de mundo, el volumen criminal de la realidad, la imposibilidad de bajar el sonido sin que suene la alarma, sin que aparezcan especialistas en luz, técnicos de optimismo, mecánicos de la esperanza express, vendedores de linternas para interiores que jamás se les apagan.

Camino por pasillos que no conducen a ninguna parte, con carteles que dicen “sé mejor”, “arde”, “trasciende”, “agradece”, y bajo esas órdenes la piel se agrieta con elegancia, las venas aprenden a imitar cables de alta tensión, y el corazón insiste en latir fuera de compás como un baterista ebrio en una orquesta que jamás ensayó, y entonces comprendo que apagar la habitación no es una escena final sino un acto de higiene mental, cerrar la puerta, correr la cortina, dejar de ofrecer declaraciones a un mundo que convirtió la intimidad en un reality perpetuo, ¿cuándo empezó esta necesidad de documentarlo todo?, ¿quién puso cámaras en los pensamientos?, ¿en qué momento el silencio se volvió sospechoso?

Hay algo secretamente cómico en todo esto, una risa seca atrapada en la garganta, porque bastaría un segundo de oscuridad para que los edificios perdieran sentido, para que los discursos se disuelvan como azúcar vieja en un vaso de agua, y, sin embargo, el sistema entero se organiza para impedir ese gesto simple, para patologizar la sombra, para encender luces de emergencia cada vez que alguien cierra los ojos con demasiada calma, como si la oscuridad fuera un crimen y no una casa, como si la habitación apagada no fuera un refugio sino una amenaza directa al comercio de las emociones, a la industria del agradecimiento obligatorio, a la maquinaria de la sonrisa útil.

No quiero desaparecer. Esa frase suena melodramática, así que la corrijo: no quiero seguir actuando. No quiero llenar formularios invisibles, ni ofrecer ruedas de prensa sobre mis propios pensamientos, ni fingir hambre cuando lo único que deseo es sentarme en el suelo frío y escuchar el zumbido del mundo apagarse un poco, apenas lo suficiente para respirar sin testigos, apenas lo suficiente para que la mente se quite los zapatos, desabroche el pecho, se siente como un animal que no necesita explicación para estar cansado.

Apagar la habitación es un gesto político en miniatura, una revolución microscópica, un acto de mala educación luminosa, una negativa elegante a seguir pagando el impuesto de la visibilidad, no como tragedia sino como desobediencia doméstica, como gesto místico de quien entiende que la luz constante es una forma de tortura elegante, que el neón no ilumina sino vigila, que el aplauso no consuela sino administra, ¿qué pasaría si nadie respondiera?, ¿si nadie explicara?, ¿si el mundo se quedara hablando solo frente a una puerta cerrada?

Y en esa penumbra que no pide permiso, algo sucede que no se puede vender ni predicar: la conciencia baja el volumen, el cuerpo respira sin coreografía, las ideas pierden su filo al no tener público, y el alma, si existe esa palabra gastada, deja de sangrar ruido, se vuelve superficie opaca, pared simple, polvo suspendido en una habitación que por fin no exige respuestas.

No es morir.
No es caer.
No es el gesto grandilocuente que alimenta titulares.

Es apagar la luz.
Cerrar la puerta.
Retirarse sin discursos.