Fumando el mismo pensamiento


El hastío no llega. No tiene piernas. No cruza umbrales. No necesita anunciarse. Vive desde siempre en la esquina más vieja de la conciencia, sentado como una pieza de mobiliario que nadie se atrevió a tirar. Fuma. No por placer. No por vicio. Por costumbre ontológica. Fuma el mismo pensamiento desde hace siglos, con una paciencia casi ofensiva, con esa lealtad sin amor que solo poseen las cosas que no necesitan cambiar. A su alrededor el aire se vuelve espeso, como una habitación donde alguien ha llorado demasiadas veces sin admitirlo. Yo no lo descubrí. Lo heredé, como se heredan las deudas que nadie firma.

A veces lo miro. A veces es él quien me mira, aunque no tiene ojos, o tal vez los tiene en lugares que no alcanzo a nombrar. ¿Quién observa a quién cuando la conciencia se dobla sobre sí misma como un animal enfermo intentando morder su propio reflejo? Camino, trabajo, finjo, deseo, fracaso con una puntualidad admirable, y él no se mueve. Esa es su violencia. Esa es su obra maestra. Nunca se levanta. Nunca interrumpe su rito mínimo. Permanece sentado, con los codos sobre las rodillas, mirando la grieta del suelo como si allí estuviera escrita la única verdad que no se molesta en brillar.

He intentado expulsarlo con gestos heroicos, porque el patetismo también tiene su liturgia. Abrí ventanas mentales, incendié cortinas simbólicas, decoré el desastre con palabras que sonaban a promesa barata. Inútil. El humo no huye, se adhiere. Se pega a las paredes internas, a las ideas, a las pocas ilusiones que aún se mueven como insectos torpes en una habitación sin luz. ¿Cómo se destierra lo que no es un huésped sino el dueño de la casa? ¿Cómo se arranca una esquina sin que el cuarto completo se derrumbe como un teatro mojado por dentro?

Hay un detalle obsceno en su fidelidad. Yo he cambiado de nombre, de rostro, de máscaras, de pieles y de coartadas. Él no. Él sigue ahí, respirando el mismo círculo. Me observa con la paciencia de una piedra que ha visto civilizaciones nacer solo para tener algo que mirar mientras no se aburre. A veces sospecho que la conciencia no es un lugar sino una sala de espera eterna, y que todo pensamiento no es más que un cigarrillo que se enciende solo para darle algo que hacer a sus dedos inmóviles.

El mundo se me aparece entonces como un decorado húmedo, cartón hinchado por la lluvia, pintura que se descascara mientras los actores sonríen como si alguien todavía creyera en la obra. Las caras se vuelven máscaras ligeras, promesas de plástico, abrazos con instrucciones de uso. ¿En qué momento decidimos que esto era real? ¿O siempre fue una broma pesada y apenas ahora empiezo a entender el mecanismo? Él no opina. No necesita hacerlo. Su sola presencia convierte toda solemnidad en un chiste lento que se cuenta a sí mismo.

He llegado a pensar que no fuma un pensamiento, sino El Pensamiento, con mayúscula invisible, una brasa interminable que no se consume porque no está hecha para gastarse. Entonces comprendo algo incómodo: tal vez mis ideas no son mías. Tal vez solo soy el humo que sale de aquello que él quema con precisión de monje sin fe. Camino por mi mente como un inquilino que barre el suelo de una casa que nunca fue suya, convencido de que el orden es un acto de libertad y no una superstición de mantenimiento.

Y sin embargo, a ratos me río. Me río de mí, sobre todo. De mi obsesión por escapar, por volverme fuego en vez de ceniza, por construir salidas donde solo hay una pared fría. Me veo desde fuera, pequeño, coreografiado, ensayando gestos de rebelión como quien aprende pasos de baile para una música que nadie escucha. Es un humor seco, de autopsia sin llanto. Me río porque la alternativa sería tomarme en serio, y esa sería la verdadera tragedia.

No hablamos. Sería vulgar. Nos comunicamos en ese temblor previo a las palabras, en ese pulso eléctrico que no llega a ser idea. Le pregunto sin sonido qué busca, qué espera, qué guarda en esa esquina. El silencio que responde es más limpio que cualquier revelación. No quiere nada. No espera nada. No necesita. Su poder está en su negativa a participar de este circo de causas, metas y finales felices manufacturados.

Empiezo a sospechar que no es mi enemigo. Tal vez es mi anfitrión. Tal vez soy yo quien irrumpió en su cuarto, torpe, sudando sentido, dejando huellas de deseo sobre un suelo que no pedía pasos. Quizá mi vida no sea más que el intervalo entre dos de sus caladas. Quizá mis angustias sean solo formas decorativas para que el vacío no luzca tan desnudo. ¿Cuándo dejé de resistirme? ¿En qué momento exacto empecé a sentarme como él, a mirar el suelo como él, a fumar pensamientos que nunca encendí?

Y aun así, sigo. Me levanto cada día con el gesto automático de quien cumple un rito que ha olvidado. Camino. Hablo. Escribo. Como si pasar los dedos por la pared pudiera convencerme de que hay algo sólido detrás de este teatro húmedo. Tal vez no quiero expulsarlo. Tal vez quiero aprender de él la geometría exacta de la quietud. Porque hay una paz indecente en su presencia, una forma de orden que no promete nada y por eso no traiciona. Un equilibrio basado en la renuncia más honesta: la de no fingir que hay un centro, un sentido, un desenlace glorioso esperándome al final del pasillo.

El hastío no llega. No avanza. No retrocede. No mejora. No se agrava. Se sienta. Fuma. Mira. Eso basta para que algo parecido a la verdad se instale como moho en las paredes internas. Mientras el mundo se sacude como un animal sin cabeza, él permanece. Mientras yo improviso coreografías de sentido, él exhala. Y en cada exhalación algo en mí se afloja, se desarma, se rinde sin drama, como un músculo que comprende que la tensión constante también es una forma vulgar de fe.

No hay llegada. No hay salida. No hay revelación. Solo esta escena repetida con una fidelidad que roza lo sagrado y lo grotesco a la vez: una figura sin prisa, sentada en la esquina de lo que insisto en llamar yo, fumando el mismo pensamiento desde hace siglos, mientras yo me muevo con la disciplina absurda de una marioneta que todavía cree en la dignidad del hilo que la sostiene. Y aun sabiendo todo esto, ¿realmente quiero que se levante? ¿No necesito acaso su quietud como se necesita una enfermedad crónica para justificar la costumbre de sentirse vivo? Él sigue fumando. Yo sigo mirando. Y entre los dos, suspendida, una conciencia que ya no sabe si es cuarto, humo o grieta, pero que, por algún motivo que no merece un nombre, insiste en seguir respirando dentro de esta niebla que también, con un cinismo impecable, llamo existencia.