Nada es tan importante: somos humo que intenta firmar pactos con el viento


Camino sin saber si el asfalto sostiene mis huesos o si mis huesos apenas sostienen el asfalto. Siento la piel con esa electricidad sucia que aparece cuando uno empieza a sospechar que el mundo es una broma privada que no nos incluye, un chiste contado por fuerzas que ni siquiera se dignan a tener rostro. El viento viene con su risa áspera, casi infantil, como si me dijera: insiste, criatura, sigue intentando dejar huellas en esta tierra que olvida incluso las cicatrices. Y yo sigo, porque algo en mí todavía rasguña la idea de permanecer, aunque sé que la permanencia es solo un ruido que hacemos para convencernos de que no estamos evaporándonos desde hace siglos. ¿Qué sentido tiene esta terquedad sin testigos? ¿Por qué sigo sosteniendo este cuerpo que cruje como un mueble mal ensamblado?

Exhalo y el humo se agarra a mi rostro como un animal tibio, un pequeño demonio doméstico que parece conocerme mejor que yo mismo. Lo siento rondarme, examinar mis intenciones como si fuera el guardián invisible de mis fracasos. Me pregunta sin hablar: ¿para qué sigues fabricando palabras si el viento las despedaza apenas nacen? Y yo no sé qué responder. Tal vez lo hago por inercia. Tal vez por miedo. Tal vez porque hay algo profundamente obsceno en renunciar a la vida antes de usarla un poco. ¿O será que seguimos aquí porque no logramos aprender a desaparecer? Me pregunto si el humo, en su inteligencia frágil, entiende la verdad: que somos igual de blandos, igual de torpes, igual de temporales.

La ciudad vibra alrededor con esa respiración densa que tienen los lugares a punto de desbordarse. Un grupo de cuerpos pasa a mi lado como un enjambre sin reina, sin destino, apenas un murmullo arrastrado por la maquinaria general. Me rozan los codos, la espalda, los pensamientos. Siento el cuerpo: músculo, olor, tensión, ese pulso nervioso que afirma lo que la mente niega. El mundo me toca, me invade, me recuerda que sigo aquí, aunque preferiría convertirme en una ráfaga sin forma que no deba responder por nada. ¿No es extraño cómo el cuerpo insiste en su peso incluso cuando la conciencia quiere volverse aire? Carne contra viento, hueso contra olvido, sangre contra la risa del cosmos. ¿Tiene sentido la batalla? ¿O solo es otro espectáculo patético para entretener al vacío?

Me detengo frente a un vidrio roto que actúa como espejo improvisado. Mi cara es una colección de gestos mal archivados. Un recuerdo sin fecha. Un intento de orden que jamás llegó a completarse. Me observo y pregunto: ¿quién eres cuando se apaga la luz? La respuesta no llega, pero siento algo parecido a un deseo. No un deseo limpio ni heroico; no. Un deseo primitivo, húmedo, una especie de hambre enterrada que me empuja hacia adelante. Un impulso que contradice todo el discurso del desvanecimiento. Algo en mí quiere arder, aunque arder sea una forma de suicidio lento. Algo quiere tocar el mundo y dejar al menos una quemadura.

El viento me golpea la nuca y trae consigo una voz que no es voz, una vibración que se cuela por debajo de la piel. ¿Es una orden? ¿Una invitación? ¿Una burla? No puedo distinguirlo. Me dice que firme, que marque un pacto, que entregue cualquier resto de importancia que aún me quede. Y casi lo hago. Casi levanto la mano para trazar una firma inexistente sobre el aire. Pero el cuerpo me detiene. El calor en mis costillas me recuerda que aún tengo carne. La saliva me recuerda que aún tengo lengua. El corazón me recuerda que el caos todavía necesita un recipiente. ¿Qué quiere el viento de mí? ¿Qué quiere el mundo de un cuerpo que se rehúsa a ser solo símbolo?

El humo sube de mis labios como si buscara una forma definitiva. Lo observo con esa mezcla de piedad y envidia que uno reserva para las criaturas que no están condenadas a pensar tanto. Flota, se estira, tiembla, se destruye. Y vuelve a ser. Es tan libre que duele mirarlo. No depende de nada. No pide permiso. No conserva rencores. ¿Por qué yo no puedo ser así? ¿Por qué esta manía de sostener una identidad, un nombre, un hilo de continuidad? Tal vez porque nos aterra la libertad total. Nos aterra no poder encontrarnos después.

La tarde cae con un silencio oblicuo, casi religioso. El aire se espesa como si quisiera ocultar algo. Yo sigo avanzando, improvisando con mis pasos una melodía torpe, un ritmo irregular que se derrite en la noche. Cada esquina me ofrece un quiebre. Cada sombra, una grieta. El mundo se mueve como si estuviera afinando un instrumento desconocido. Y yo soy parte de ese ensayo infinito. Camino sin rumbo, pero con un propósito que aún no logro traducir en palabras. ¿Será esto vivir? ¿Ser un puente entre el humo y la carne, entre la evaporación y la terquedad?

La noche llega completa. El viento sigue su trabajo de ladrón paciente. El humo, fiel a su absurda sabiduría, vuelve a escapar de mis dedos. Y por fin lo entiendo: no hay pactos. No hay firmas. No hay destino. Lo que hay es este instante, esta respiración, esta música torpe que hacemos al caminar, este temblor que insiste en no extinguirse. Nada es tan importante, pero algo nos arrastra a seguir. Algo nos levanta incluso cuando ya no queremos sostenernos.

Y mientras avanzo hacia un sitio que no necesita nombre, siento que eso basta. No por consuelo, no por conformismo. Basta porque el viento nunca pidió mi firma. Basta porque el humo nunca prometió quedarse. Basta porque existir es arder un poco y desaparecer después.

Un pacto perfecto: sin testigos, sin leyes, sin registro.

Solo viento que pasa.
Y este cuerpo que insiste.