Ya no quiero esperar; tengo cicatrices que exigen movimiento, no contemplación
Ya no quiero esperar; cada minuto detenido me oxida los huesos como una plegaria maldita que nadie recuerda haber pronunciado. Mis cicatrices vibran debajo de la piel, marcan un compás que no admite tregua, un ritmo sucio que late como un tambor enterrado en una ciudad que perdió la memoria. Camino y siento que algo me empuja desde adentro, no es voluntad ni destino ni esa filosofía barata que pretende ordenar el caos. Es más simple y más brutal: un pulso animal que muerde mi quietud y me obliga a avanzar. Qué clase de cuerpo soy cuando la herida dicta el movimiento. Qué extraño evangelio escriben mis marcas mientras exigen fuego en vez de contemplación. Me pregunto cuántos años desperdicié adorando relojes ajenos y por qué demonios seguí fingiendo disciplina cuando lo único verdadero en mí ha sido esta rabia luminosa que vibra sin interrupción. Siento que la espera se pudrió en mis manos, que mis dedos dejaron de creer en la paciencia, que cada silencio acumulado escupe una especie de electricidad que ya no puedo contener.
La ciudad respira alrededor como un animal enfermo que sigue avanzando por puro capricho, y yo camino dentro de su carne con la certeza de que no tengo nada que hacer aquí salvo continuar. Escucho ese ruido que crece entre mis costillas, ese jazz astillado que cambia de ritmo sin pedir disculpas, que se acelera y me obliga a desafinarme, a perder la compostura, a romper la línea para encontrar otra. Qué sentido tiene obedecer la melodía de los mansos si la única música que reconozco nace del temblor. Me pregunto si esta urgencia mía es una forma de oración o una forma de locura. Quizás son la misma. A veces me sorprendo hablándome desde afuera, como si la voz real no fuera esta que sale de mi boca sino otra más honda que se arrastra por mi columna y se ríe de mis intentos de entender. Me pregunto qué parte de mí sigue viva y cuál se disolvió cuando decidí dejar atrás la espera. Ya no soy uno; soy una suma ruidosa, un enjambre de impulsos que se contradicen y avanzan igual, un organismo fractal que se estira más allá de su piel.
La luz de la noche cae sobre mí como un líquido espeso que no termina de secarse. Brilla, pero también hierve. Me detengo un segundo y es como si el mundo inhalara, no para observarme, sino para advertirme. Las sombras se alargan con un descaro irritante, como si quisieran tocarme, absorber mis dudas, desfigurar mis certezas. Qué saben ellas del movimiento. Qué saben del cuerpo que arde desde adentro. Pienso que tal vez la ciudad intenta drenarme, convertirme en un fantasma que solo observa, que contempla, que espera. Pero mis cicatrices laten con una tozudez insoportable, exigen vértigo, exigen ruido, exigen fractura. Y si no les obedezco, ¿qué soy? Un recipiente hueco, una estatua sin propósito, un mueble polvoriento en un cuarto sin ventanas. No pienso convertirme en eso. Rompo el aire con mis pasos como quien corta una cuerda demasiado vieja para sostener cualquier peso. Siento que cada calle me reconoce, como si yo fuera un fugitivo que regresa al crimen o un profeta que jamás pidió templo.
Cuando me disuelvo, lo hago sin aviso. La identidad se me quiebra entre los dedos como un vidrio mal templado. A veces me convierto en un pensamiento más que en un cuerpo, un pensamiento que camina sobre su propia sombra mientras murmura preguntas imposibles. Otras veces soy pura visión, un destello que no pertenece a ningún rostro. Qué importa. La disolución también es movimiento. De hecho, es el movimiento más honesto que tengo. Porque cuando dejo de ser uno, cuando mi yo se desprende de sí mismo y se mezcla con la noche, descubro que no necesito una forma estable para avanzar. La forma se vuelve un estorbo. La estabilidad, un chiste. El nombre, un ruido innecesario. Avanzo como vapor, como eco, como línea que no busca destino. Y en ese estado, me pregunto: ¿quién me observa desde el reverso de mis párpados? ¿Qué mira cuando me pierdo? ¿Qué nota cuando me rompo? Tal vez nadie. Tal vez yo mismo. Tal vez algo que me trasciende y que no pretende explicarse.
La noche sigue creciendo, espesa, casi táctil. Puedo oler su humedad eléctrica, sentir el crujido de un silencio que parece afilarse para cortarme la respiración. Mis manos tiemblan con una lucidez que aterra. Siento cómo el lenguaje sube por mis huesos, reptando como una criatura que busca nacer y destruirme a la vez. Me pregunto si las palabras me usan para existir. Si yo soy su pasaje, su herramienta, su carne temporal. En cada frase escucho un eco que no reconozco, como si el relato no lo construyera yo, sino una vibración anterior a todo. Y aun así lo acepto. Lo escribo con los pasos. Lo escribo con la respiración rota. Lo escribo con la certeza de que esperar es un crimen contra el impulso. El pensamiento quiere estancarse, volverse estatua, y yo le niego esa comodidad. Prefiero la incomodidad del vértigo. Prefiero el desorden que respira. Prefiero la herida que avanza antes que la salud que se pudre en contemplación.
No sé si huyo o regreso o ambas. Todo se mezcla como si el tiempo fuera un charco donde se hunden mis pasos. El ritmo me guía. Ese ritmo que no responde a ninguna lógica. Ese ritmo que se ríe de mí y aun así me sostiene. Lo sigo porque es lo único real. Las cicatrices marcan el compás, la ciudad improvisa, la noche actúa como un músico ebrio que intenta tocar una melodía inexistente. Me dejo llevar. Me dejo romper. Camino como quien sabe un secreto que duele demasiado para contarlo. Y si alguien me pregunta por qué avanzo así, qué urgencia me arrastra, por qué este fuego no se apaga, le diré lo único que tiene sentido: mis cicatrices odian el silencio. Odian la quietud. Odian la espera. Y yo obedezco, porque la herida entiende más que la razón, porque el movimiento es la única forma de permanecer vivo sin convertirme en piedra.
Sigo avanzando incluso cuando no sé dónde estoy. Especialmente cuando no sé dónde estoy. Porque perderme es la forma más sincera de encontrar algo, aunque ese algo no tenga nombre. Esta noche arde con una claridad brutal y me atraviesa como una corriente. Siento que el mundo se abre apenas, como si mis pasos fueran una clave secreta. Y en esa abertura, mínima, peligrosa, vibrante, descubro que no necesito destino. Solo necesito movimiento. Porque esperar es un suicidio lento. Porque mis cicatrices exigen vida. Porque avanzar es el único pacto que todavía respeto. Y así sigo, sin promesas, sin mapa, sin tregua, llevando el incendio en los huesos como quien porta una verdad que nadie pidió pero que igual ilumina.