La ausencia que me habita
La ausencia no llegó como una pérdida sino como un sabotaje interno, una bomba de tiempo instalada en el pecho antes de que aprendiera a conjugar el verbo existir. No hubo tragedia inaugural ni despedida melodramática; hubo más bien una filtración lenta, una humedad invisible que empezó a carcomer las paredes de mi identidad hasta que un día golpeé el muro con los nudillos y sonó hueco. Hueco. Esa palabra debería tatuarse en la frente de la especie. Ruedo por la ciudad y el asfalto vibra como un amplificador mal conectado, los buses escupen humo, las vitrinas ofrecen versiones plastificadas de la felicidad, y yo atravieso todo con la sospecha de que no soy un hombre completo sino una cavidad que aprendió a caminar erguida. ¿En qué momento acepté esta arquitectura vacía como si fuera destino? ¿Quién firmó el contrato donde cedo mi densidad a cambio de entretenimiento en alta definición?
No estoy triste. Estoy perforado. Hay una diferencia. La tristeza todavía conserva objeto; el vacío no. La ausencia que me habita no llora por nada específico, no añora un rostro ni una infancia perdida; late como un órgano inverso, un corazón negativo que bombea silencio en vez de sangre. A veces siento el pulso detrás del esternón y no sé si es vida o eco. Me miro en los espejos y mi reflejo llega con un retraso imperceptible, como si dudara de acompañarme. ¿Soy yo o la sombra que dejó alguien que ya desertó? La ciudad me devuelve mi imagen con una sonrisa de neón. Le devuelvo el gesto con ironía barata. Somos dos farsantes compartiendo el mismo vidrio.
El mundo está saturado de imágenes que prometen llenarnos y, sin embargo, nunca hubo tanta gente vacía caminando con convicción. Pantallas que brillan como altares portátiles, notificaciones que sustituyen latidos, discursos que se gritan con fervor casi religioso mientras por dentro todo suena a lata oxidada. Me desplazo entre cuerpos que se rozan sin tocarse realmente, miradas que atraviesan otras miradas sin registrar profundidad. Somos superficies entrenadas para simular interioridad. Yo también participé del espectáculo. Yo también aplaudí. Hasta que un día el aplauso resonó demasiado fuerte dentro del pecho y descubrí que no había nada sólido sosteniéndolo. Solo aire comprimido. Solo una cámara interna esperando detonación.
La ausencia no es un error del sistema; es su combustible. Nos vacían para poder vendernos la ilusión de plenitud. Nos enseñan a desear lo que supuestamente nos completará mientras el hueco se expande como galaxia doméstica detrás de las costillas. ¿Y si el vacío no es una falla sino la estructura misma del ser? ¿Y si todo este circo de certezas no es más que maquillaje aplicado sobre un cráter? Pienso en ello mientras el olor a gasolina y pólvora se mezcla con el sudor colectivo del transporte público, mientras una canción distorsionada sale de algún parlante moribundo, mientras mi cabeza late con esa mezcla de rabia y claridad que no concede descanso. La lucidez es un ácido lento. Corroe las ilusiones primero y el orgullo después.
Hay noches en que la ausencia se sienta frente a mí como un animal flaco, paciente, con los ojos brillando en la penumbra del cuarto. No amenaza. Observa. Yo la observo. Dos criaturas midiendo respiración. La lámpara proyecta una luz sucia que apenas roza los contornos de la habitación; nada tiene centro, todo es borde. Comprendo entonces que esta grieta no vino a destruirme sino a desmontarme. Sin hueco no hay forma. Sin pausa no hay música. Sin silencio no hay palabra que no sea propaganda. El vacío es el espacio donde la mentira pierde eco. Duele, claro. Como duele dejar de creer en los ídolos que uno mismo fabricó con cartón y ansiedad. Pero también libera. ¿Qué puede perder quien ya sabe que está sostenido por nada?
Intenté rellenar la ausencia con teorías, con amores improvisados, con proyectos inflamados de entusiasmo que se desinflaron a la primera ráfaga de realidad. Intenté cubrir el agujero con humor, con alcohol, sexo u drogas, con promesas de reinvención. Nada funcionó. El hueco no quiere ser tapado. Quiere ser habitado. Y habitarlo implica aceptar que el yo no es una estatua sino una vibración alrededor de un centro invisible. No soy sustancia compacta; soy interferencia. Soy el espacio entre lo que creo ser y lo que se disuelve mientras lo afirmo. Digo “soy” y la palabra se deshace como tiza bajo la lluvia. ¿Quién necesita una identidad sólida cuando el universo entero es expansión y colapso simultáneo?
Hay algo casi místico en esta intemperie. No un misticismo de incienso y consuelo, sino uno áspero, sin garantías. Un silencio que no promete salvación sino presencia desnuda. Cuando dejo de pelear con la ausencia, cuando dejo de insultarla o de suplicarle que se marche, aparece una claridad brutal. Cada gesto adquiere intensidad. El vapor del café en la madrugada parece una revelación mínima. La sombra de un árbol sobre el concreto late como un símbolo secreto. Todo vibra más cuando se sabe provisional. La ausencia afila la percepción. Me vuelve un animal atento, un nervio expuesto.
Y, sin embargo, no me convierto en santo ni en mártir del vacío. Conservo el sarcasmo como defensa y como estilo. Me río de mí mismo, de mi pose de buscador metafísico con botas gastadas y cuaderno subrayado. Me observo escribir sobre el hueco y pienso: qué manera de describir la intemperie. La ironía me salva de la solemnidad. El humor oscuro impide que el abismo se vuelva espectáculo trágico. No estoy aquí para dramatizar el vacío; estoy aquí para mirarlo sin maquillaje y, si es necesario, grafitearlo con frases torcidas.
La ausencia que me habita no se irá. No habrá epifanía final que la disuelva ni abrazo redentor que la neutralice. Se profundiza. Se vuelve más nítida. Más honesta. Y en esa honestidad encuentro una forma salvaje de libertad. No tengo que fingir. No tengo que venderme como versión terminada. Soy este mapa sin leyenda, esta topografía de interrupciones, este ruido de fondo que insiste en recordarme que todo centro es provisional. La ciudad sigue rugiendo afuera, los anuncios siguen prometiendo plenitud en cuotas, las pantallas siguen encendidas como pequeños dioses eléctricos. Yo camino entre ellos con mi hueco a cuestas, no como carga sino como estandarte invisible.
No estoy vacío. Estoy abierto.
Y esa apertura no se cierra con moralejas ni con consuelos baratos. Vibra. Incomoda. Respira. La ausencia no me destruye. Me mantiene despierto como un amplificador que nadie apaga después del concierto, penetrani en la oscuridad, recordándome que el silencio absoluto no existe y que dentro de este hueco, justo aquí, todavía hay corriente.