Viernes 13
Habito con la sensación de que alguien ha movido un milímetro el eje del mundo mientras dormía y nadie tuvo la cortesía de avisarme; el calendario y el número 13 me observa con esa mueca que no es amenaza ni broma sino una insinuación, una grieta diminuta en la fachada del orden, y yo me quedo mirándolo como si fuera un enemigo antiguo al que nunca he terminado de odiar ni de entender, porque dime, ¿qué puede hacerme un número?, ¿qué fuerza concreta tiene esa cifra impresa en tinta barata?, y sin embargo el pecho amanece levemente apretado, como si el cuerpo supiera algo que la razón todavía finge ignorar, como si el universo respirara más cerca hoy, pegado a mi nuca, y yo me levanto, me visto, me miro al espejo y veo a un hombre que se burla de las supersticiones pero que evita pasar por debajo de una escalera si la ve demasiado inclinada, porque la coherencia es una virtud sobrevalorada y el miedo tiene maneras discretas de infiltrarse en la sangre.
Salgo a la calle y la ciudad tiene un brillo distinto, no más oscuro, no más trágico, solo ligeramente desplazado, como una película que corre un segundo fuera de sincronía; el semáforo tarda más en cambiar, el bus frena con un ruido que parece una carcajada metálica, una señora aprieta su bolso como si el aire mismo fuera sospechoso y yo camino sintiendo que cada paso golpea una superficie menos firme de lo habitual, ¿es sugestión?, ¿es contagio?, ¿o simplemente necesito que el día tenga un argumento porque no soporto que la vida sea esta improvisación sin guion donde lo terrible ocurre un martes cualquiera y lo glorioso se pierde en un jueves anodino? El viernes arrastra su leyenda como un gato negro satisfecho, y el trece, ese invitado insolente que nunca encaja en el esquema perfecto del doce, se sienta a la mesa del calendario y tira el mantel con un gesto mínimo, y los platos del orden se agrietan, y a mí me gusta esa vibración, esa pequeña insurrección aritmética que le recuerda al mundo que la simetría es un capricho humano, no una ley del cosmos.
Entro a un bar demasiado temprano porque hay días que exigen testigos líquidos, y pido un trago que quema como una confesión mal hecha, y el barman limpia la barra con una devoción que parece religiosa, como si cada mancha fuera una herejía contra la pulcritud del sistema, y en el televisor pasan noticias con esa música dramática que convierte cualquier accidente menor en presagio apocalíptico, un choque leve, un avión que aterriza de emergencia, un político que sonríe con dientes perfectos mientras el gráfico rojo cae detrás de su cabeza, y alguien en la mesa de al lado murmura “es viernes 13” con una mezcla de ironía y respeto, como quien pronuncia el nombre de un santo oscuro, y yo me río, pero mi risa tiene un filo, porque sé que todos, incluso yo, queremos que algo pase hoy, queremos que la fecha justifique el temblor que llevamos dentro, que el azar se vista de destino y nos dé una narrativa para no aceptar que la existencia no promete nada, que no hay contrato firmado con el universo, que la Vía Láctea gira sin consultar nuestras agendas ni nuestras supersticiones de bolsillo.
Pago el trago y al salir veo a un tipo discutir con su pareja en la esquina, ella llora, él golpea una puerta que no se abre, el vidrio vibra y por un segundo pienso que va a romperse, que el viernes 13 necesita su ofrenda, pero el vidrio resiste, la puerta sigue cerrada, el drama se diluye en insultos cansados y yo sigo caminando con la sensación absurda de que esperaba más sangre, más catástrofe, más evidencia de que el día cumple lo que promete la leyenda, y entonces me pregunto si el verdadero desastre no es esta expectativa hambrienta que todos compartimos, esta necesidad de que el mundo confirme nuestras narraciones, ¿qué somos sin relato?, ¿qué queda si el trece no trae desgracia, si el viernes no ejecuta a nadie, si el azar no se disfraza de demonio?, queda el vacío, queda la intemperie, queda la conciencia desnuda de que estamos aquí sin garantías, improvisando sentido sobre una superficie que no nos debe explicación alguna.
Me siento en un parque y observo el cielo como si fuera una pantalla gigantesca donde espero una señal que nunca llega, las nubes se desplazan con indiferencia cósmica, un perro ladra a nada, un niño cae de la bicicleta y se levanta riendo, la madre suspira y alguien vuelve a susurrar la fecha como si fuera contraseña secreta, y yo siento que el viernes 13 no es amenaza sino espejo, un espejo sucio donde se refleja nuestra obsesión por controlar lo incontrolable, por dividir el tiempo en casillas limpias que nos hagan creer que el caos respeta horarios, pero el tiempo no es cuadrícula, es corriente, es respiración irregular, es jazz que alterna silencio y explosión, disonancia y respiro, y el trece es la nota azul que incomoda la melodía, el acorde que desafina la ilusión de estabilidad, la pequeña anarquía numérica que se ríe del calendario corporativo, del plan quinquenal, del horario laboral que pretende domesticar la incertidumbre.
Camino otra vez y siento que el pensamiento se mezcla con el ruido de los motores, con el olor a suciedad, con el humo que dibuja grafitis invisibles en el aire, y me vuelvo vibración, pulso, respiración que se pregunta si la superstición no es una forma rudimentaria de poesía, una manera torpe pero honesta de reconocer que el mundo excede nuestras fórmulas, que hay algo inasible que no cabe en estadísticas ni en discursos motivacionales, y entonces me descubro tocando la madera de un banco casi sin darme cuenta, como si mi cuerpo tuviera memoria ancestral, como si el escepticismo intelectual no fuera suficiente para borrar siglos de temblor colectivo, y me río de mí mismo porque soy crítico del mito pero también su consumidor secreto, soy el que denuncia la ilusión y al mismo tiempo la necesita para no asfixiarse en la pura contingencia.
La tarde cae y nada extraordinario ha ocurrido, ningún rayo partió la ciudad en dos, ningún presagio se cumplió con precisión quirúrgica, y sin embargo algo ha cambiado, no afuera, sino en la manera en que miro, porque el viernes 13 me ha recordado que el orden es un maquillaje delicado sobre el rostro del caos, que la estabilidad es una narrativa bien iluminada, que la anarquía no siempre incendia edificios sino que a veces se infiltra como sospecha, como pregunta que no se responde, como fisura mínima en la confianza automática que depositamos en el mañana, y cuando la noche se extiende sobre los techos y las luces parpadean con su ritmo eléctrico, siento que el día no fue maldito ni sagrado, fue una provocación, un pequeño sabotaje simbólico que me obligó a mirar de frente la fragilidad de todo, la mía incluida, y no sé si eso es libertad o vértigo, no sé si mañana volveré a fingir que controlo algo o si seguiré caminando con esta conciencia incómoda de que cada fecha es potencialmente un abismo, pero mientras avanzo bajo el cielo oscuro, con la ciudad respirando a mi alrededor como un animal enorme y ambiguo, entiendo que el verdadero viernes 13 no está en el calendario sino en esa grieta interior que se abre cuando acepto que nada está garantizado, que todo puede romperse, y que aun así sigo caminando.