Gramática para desertores


Nos enseñaron a conjugar antes de enseñarnos a escapar. Yo soy, tú eres, él manda. Una pequeña cadena de verbos y de pronto aparece el mundo entero organizado como una oficina donde cada cosa tiene su casilla, su firma, su horario de atención. Nacemos y alguien nos entrega un nombre, una nacionalidad, una historia familiar, una profesión imaginable, una manera correcta de pedir perdón. Después vienen los otros formularios, los invisibles: éste es un hombre, aquella una mujer, esto es éxito, aquello fracaso, aquí termina lo posible, aquí comienza lo decente. Crecemos dentro de esas frases como animales criados para amar la jaula porque la jaula tiene gramática.

Un día sospechas del verbo ser. Esa es la primera grieta. Comprendes que decir yo soy equivale a cerrar una puerta sobre todas las cosas que todavía podrían ocurrir dentro de ti. Yo soy esto. Yo nunca haría aquello. Yo pertenezco aquí. Yo pienso así. La identidad comienza siempre con una frase y termina pareciéndose a una sentencia. Entonces aparece el desertor, no como héroe sino como error administrativo, alguien que borra su propia casilla, entrega una firma ilegible, responde una pregunta con otra, llega tarde a la frontera y descubre que la frontera estaba hecha de palabras. No hay soldados. Hay diccionarios.

Quisiera aprender un idioma donde los nombres no posean las cosas, donde amar no sea una declaración sino una actividad peligrosa, donde memoria no signifique regresar sino desobedecer al pasado, donde futuro no sea una promesa sino una herida abierta. Pero cada intento de inventar esa lengua tropieza con las palabras antiguas. Digo libertad y ya escucho detrás de la sílaba el ruido de una bandera. Digo patria y aparecen mapas, muertos, himnos, aduanas. Digo revolución y alguien imprime camisetas. Digo amor y el mercado prepara el envoltorio. Hasta la rebelión viene con instrucciones de uso.

Por eso el verdadero desertor aprende primero a tartamudear frente a las certezas. Introduce errores en la sintaxis cotidiana. Cambia el sujeto. Desobedece al adjetivo. Deja un verbo sin dueño. Responde al interrogatorio con una metáfora y al formulario con una cicatriz. No porque las palabras sean inútiles, sino porque han sido demasiado útiles para quienes necesitan que el mundo permanezca quieto. La lengua también puede ser una frontera policial: identifica, clasifica, separa, registra. Cada palabra que nos define puede convertirse en un pequeño vigilante alojado detrás de la lengua.

A veces pienso que desertar consiste simplemente en dejar de repetir una frase. Una sola. Aquella que alguien pronunció sobre nosotros cuando todavía éramos demasiado jóvenes para defendernos. Eres débil. Eres raro. Eres fuerte. Eres brillante. Eres culpable. Eres especial. Qué mecanismo perverso: incluso los elogios pueden funcionar como condenas cuando obligan al futuro a parecerse al pasado. Pasamos años intentando cumplir una descripción que nunca elegimos, cargando sobre la espalda una gramática ajena como si fuera nuestra anatomía.

Esta noche camino sin destino y ensayo otro idioma en silencio. No conozco su vocabulario. Apenas tengo algunas palabras fugitivas, palabras que todavía no han sido detenidas. Las guardo en la boca como contrabando. Cruzo una avenida. Nadie me detiene. Las luces cambian. Los autos avanzan. La ciudad continúa escribiéndome encima con sus carteles, sus órdenes, sus anuncios, sus nombres de calles. Yo sigo caminando y, por primera vez, dejo una frase sin terminar. Detrás de mí, el idioma oficial la busca durante unas cuadras. No la encuentra. Y en ese pequeño agujero de la sintaxis, apenas un segundo de aire, empiezo a desaparecer.