Metáforas para fumar en la azotea
Subo a la azotea porque abajo la ciudad habla demasiado y arriba, al menos, sus palabras llegan convertidas en viento. La puerta metálica se cierra detrás de mí con un golpe seco y de pronto queda ese espacio improbable suspendido entre el edificio y la noche, una terraza de cemento donde las antenas parecen árboles muertos y los tanques de agua custodian el horizonte con la paciencia de animales que ya lo han visto todo. Enciendo un cigarrillo. La brasa aparece como un diminuto corazón clandestino. Aspiro. El humo entra en mí para salir convertido en una forma que dura unos segundos y luego desaparece. Pienso que quizá toda metáfora funciona así: una cosa entra en otra y ambas salen transformadas, fingiendo durante un instante que la desaparición puede tener significado.
Desde aquí arriba las ventanas parecen pensamientos ajenos. Cientos, miles de rectángulos amarillos flotando en la oscuridad, cada uno conteniendo una pequeña tragedia doméstica, una discusión, una cena, un cuerpo desnudo, una televisión encendida frente a nadie, alguien que duerme sin saber que mañana continuará siendo la misma persona. La ciudad pierde sus nombres cuando se mira desde lejos. Las calles ya no son calles, sino cavidades luminosas. Los automóviles, insectos. Las avenidas, venas abiertas por donde circula una sangre que no pertenece a ningún cuerpo. Quizá eso sea la civilización: un animal gigantesco incapaz de reconocerse porque sus órganos están demasiado separados para recordar que alguna vez fueron uno.
Lanzo el humo hacia el cielo y el viento lo desarma. No protesta. No deja archivo. Qué envidia. Nosotros, en cambio, almacenamos todo. Una frase dicha hace quince años puede permanecer intacta en una región secreta de la memoria, esperando la madrugada exacta para volver con la precisión de una cuchilla. Conservamos habitaciones que ya fueron demolidas, manos que ya no nos tocan, nombres que pronunciaríamos solamente frente a un juez o frente a Dios, suponiendo que alguno de los dos tuviera interés en nuestros pequeños inventarios de pérdida. La memoria es una forma doméstica de la crueldad: mantiene vivo aquello que la vida tuvo la decencia de abandonar.
Me apoyo en el borde. Debajo está la caída, esa línea vertical que el cuerpo comprende mucho antes que la filosofía. No necesito pensar en la muerte. La muerte está ahí, terriblemente concreta, como una sílaba que no hace falta pronunciar. Lo que me interesa es otra cosa: el modo absurdo en que seguimos construyendo significados al borde del vacío. Hacemos poemas, edificios, promesas, cuentas bancarias, revoluciones, fotografías. Plantamos flores en balcones suspendidos sobre avenidas. Colgamos luces de navidad frente a la oscuridad como si la oscuridad estuviera dispuesta a negociar. Sabemos que todo se termina y aun así colocamos una silla junto a la ventana.
Quizá por eso fumamos en las azoteas. No por el cigarrillo, que apenas dura unos minutos, sino por la pausa clandestina que permite. Un intervalo sin productividad, sin explicación, sin la obligación miserable de convertir cada segundo en rendimiento o recuerdo. El humo dibuja una escritura que nadie puede leer. Una serpiente, una pregunta, un dios enfermo, un continente que se deshace. Las metáforas aparecen porque la noche no soporta quedarse desnuda. Necesitamos nombrar las nubes como barcos, las cicatrices como mapas, el deseo como incendio, aunque sepamos que ninguna palabra alcanza.
Termino el cigarrillo y la brasa cae desde mis dedos. Durante un instante es una estrella descendiendo en línea recta, una inversión perfecta del cielo, y luego se apaga contra el cemento. Me quedo mirando ese punto negro. Abajo, la ciudad continúa respirando su electricidad, tragando cuerpos, expulsando ruido, fabricando mañanas para personas que todavía no han dormido. Arriba no hay ninguna revelación. Solo viento. Solo oscuridad. Solo este cuerpo que vuelve a sentir el peso de sus manos después de haberlas apoyado sobre el vacío. Bajo las escaleras sin llevarme ninguna respuesta. La noche, por suerte, tampoco me entrega ninguna.