Las sombras que me habitan
Las sombras que me habitan no llegan cuando apago la luz. Llegan cuando intento encenderme. Están ahí, detrás del rostro que llevo al mundo como quien lleva una máscara demasiado tiempo pegada a la piel, detrás de la sonrisa social, detrás del nombre que otros pronunciaron tantas veces que terminó pareciéndome mío. Camino y ellas caminan conmigo. Me detengo y esperan. Duermo y se sientan alrededor de la cama como una familia que conoce mis secretos mejor que yo. Algunas tienen mi edad, otras son antiguas, anteriores incluso a mi nacimiento, como si hubiera heredado ciertas oscuridades del mismo modo en que se heredan los ojos, la forma de las manos, la tendencia absurda a amar precisamente aquello que podría destruirnos.
A veces las confundo con recuerdos. Ese es uno de sus trucos. Se disfrazan de fotografías, de perfumes, de habitaciones que ya no existen, de una voz escuchada hace veinte años en un corredor cualquiera. Pero la memoria no conserva: deforma, repite, inventa. Cada recuerdo es una habitación reconstruida después del incendio, y sin embargo entramos en ella temblando como si las paredes fueran auténticas. Allí encuentro versiones de mí que ya no reconozco, aunque algunas todavía respiran. El niño que miraba el mundo con una mezcla de hambre y espanto. El joven que confundió intensidad con verdad. El hombre que aprendió a llamar madurez a ciertas renuncias. Todos me observan desde el mismo espejo roto, y ninguno acepta desaparecer.
Quizá eso sea una identidad: un pacto entre fantasmas. Una negociación interminable entre lo que fuimos, lo que fingimos ser y aquello que jamás conseguimos ser. El yo quiere una frontera limpia, una firma, una habitación propia dentro del cráneo, pero las sombras no respetan propiedad privada. Entran sin tocar. Mueven los muebles. Cambian de lugar las fotografías. Despiertan deseos que creíamos muertos y convierten una tarde cualquiera en una emboscada del pasado. Entonces descubrimos la obscenidad de la conciencia: creemos pensar nuestros pensamientos cuando quizá somos pensados por ellos, pequeños pasajeros dentro de un tren cuya locomotora se encuentra muy lejos, en una estación que no recuerda nuestro nombre.
Lo más inquietante no es que existan sombras, sino que algunas sepan cosas que la luz desconoce. Ellas conocen la forma exacta de nuestras grietas. Saben dónde presionar. Saben qué palabra basta para abrir una herida, qué canción puede derribar diez años de disciplina, qué olor puede devolvernos instantáneamente a una habitación donde juramos que nunca volveríamos. No necesitan violencia. Les basta la precisión. Se deslizan por la nuca, por el estómago, por detrás de los ojos, y de pronto estamos otra vez allí, en aquel punto microscópico del tiempo donde una decisión cambió la geometría entera de la vida.
He intentado expulsarlas. He querido limpiar la casa interior como quien barre después de una fiesta vergonzosa: sacar cajas, romper fotografías, quemar cartas, cerrar puertas. Pero cada vez que elimino una sombra aparece otra, y detrás de esa otra una más pequeña, y detrás de ella otra que ya no tiene rostro. Tal vez la oscuridad no sea lo contrario de la luz, sino su memoria. Tal vez aquello que llamamos personalidad sea apenas la forma elegante que encontramos para ocultar nuestra multitud.
Esta noche vuelvo a mirarme en el espejo. El rostro está quieto. La habitación también. Durante unos segundos consigo creer que estoy solo. Entonces algo se mueve detrás de mí. No giro. No hace falta. He aprendido que ciertas presencias desaparecen cuando uno las mira de frente y regresan apenas cierra los ojos. Así que permanezco inmóvil, contemplando mi propio reflejo mientras detrás del vidrio se acumulan, una sobre otra, las sombras que llevan mi nombre.