Otra habitación del mismo laberinto
En cada cuarto encuentro una versión distinta del mismo objeto: una silla, una cama, una mesa, un espejo que devuelve un rostro ligeramente alterado. Nada coincide del todo, y precisamente por eso todo coincide demasiado. La vida trabaja así, con pequeñas variaciones sobre una estructura secreta. Cambian las ciudades, los cuerpos, las voces, las promesas, los calendarios. Cambia el decorado, pero debajo persiste una música obstinada que vuelve siempre en el mismo compás. Uno cree haber aprendido algo porque el paisaje es nuevo, pero el miedo entra por la misma ventana. Uno cree haber amado de otra manera y descubre, mucho después, la misma necesidad escondida detrás de otro nombre. Incluso nuestras rebeliones suelen usar los materiales del encierro que pretenden destruir.
Abro otra puerta. Luego otra. El pasillo parece multiplicarse con una lógica de pesadilla doméstica. Hay habitaciones donde fui feliz, aunque ahora sospecho de esa palabra. Habitaciones donde perdí cosas que todavía sigo buscando sin saber qué eran, habitaciones donde pronuncié decisiones como si fueran sentencias definitivas y luego descubrí que ninguna decisión cierra realmente una puerta, apenas cambia la dirección del viento. En una de ellas escucho una radio encendida al otro lado de la pared. La música llega deformada, cubierta por una estática espesa, como si alguien intentara recordar una canción desde el fondo del agua. Me acerco. No hay radio. Solo la pared vibrando.
El laberinto no está hecho para extraviarme, sino para mantenerme ocupado. Ese es su refinamiento. Me da puertas, bifurcaciones, escaleras, falsas salidas, horizontes breves para que nunca tenga tiempo de preguntar quién construyó las paredes. Camino porque caminar parece una forma de libertad. El movimiento seduce. El cambio maquilla la repetición. La velocidad produce la ilusión de distancia. Pero uno puede atravesar una ciudad entera y no avanzar un centímetro dentro de sí.
Me siento en la cama de la habitación siguiente. Hay polvo sobre la almohada. Pongo la mano encima y siento el calor de algo que acaba de levantarse. No hay nadie. O eso quiero pensar. Afuera pasa un carro, después otro, después la sirena de una ambulancia que se pierde entre los edificios. La noche continúa con su indiferencia mecánica, esa maquinaria gigantesca que nunca pregunta si estamos preparados. Cierro los ojos y escucho mis propios pasos en el corredor, aunque no me estoy moviendo. Caminan lejos de mí. Se detienen frente a una puerta. La abren.
Ya no sé en qué habitación estoy. Tal vez nunca lo supe. Lo único que reconozco es la sensación de haber estado aquí antes, esa antigua intimidad con lo desconocido. Frente a mí aparece otra puerta, idéntica a todas las anteriores, pero esta vez no quiero abrirla. No por miedo a lo que pueda haber detrás, sino por una sospecha peor: que detrás no haya nada distinto. Que el verdadero laberinto consista en seguir buscando una salida cuando todas las puertas conducen, con una precisión insoportable, al lugar desde donde empezamos.