El vértigo de los objetos inmóviles
Hay un rumor secreto en la quietud de las cosas, una onda imperceptible que vibra bajo la piel opaca del reposo. No hay piedra que no conspire, ni ventana cerrada que no respire su propio silencio, ni reloj detenido que no esconda un latido más feroz que el tiempo que lo ignora. Uno se queda mirando, ingenuo, el vaso olvidado en la mesa, y de pronto descubre que su transparencia vigila, que su inmovilidad es un ojo sin párpado. Los objetos, en su aparente inocencia, se inclinan hacia nosotros con la paciencia del que puede esperar eternidades. Y es entonces cuando el vértigo nos captura: la certeza de que lo inmóvil no descansa, de que su calma es una trampa diseñada para devorarnos sin moverse.
El tiempo, cuando se coagula en lo inmóvil, pesa como una eternidad que no sabe morir. No hay angustia más brutal que la de una aguja fija, clavada como un insecto en el cuadrante muerto de un reloj. Allí el mundo se petrifica en un segundo que nunca concluye, y uno queda atrapado en la náusea de lo eterno. La quietud no es paz, es condena: una pausa que asfixia, un segundo sin fuga, un páramo donde hasta la respiración se convierte en piedra. En ese instante sin duración se agazapan todas las tempestades posibles, como si lo inmóvil fuera la guarida donde los movimientos se gestan en secreto, esperando el mínimo descuido para estallar. Un cuarto cerrado, donde el polvo flota suspendido como galaxias mínimas, respira con más violencia que una ciudad en llamas.
A veces pienso que no somos nosotros quienes miramos los objetos, sino ellos quienes nos observan. La silla vacía parece conocernos mejor que nosotros mismos; su paciencia es la de quien aguarda el cuerpo que inevitablemente caerá sobre ella. El libro cerrado murmura su propio evangelio en un idioma vedado, mientras sus páginas se queman con voces que se niegan a callar. El espejo, incluso sin reflejo, ya está colmado de espectros que nos preceden. Y el vaso, silencioso en la mesa, guarda en su transparencia la sombra de todas las bocas que lo tocaron. Los objetos nos acechan con la indiferencia de los dioses: no necesitan moverse para tenernos. Quizá se ríen en secreto de nuestra fragilidad, sabiendo que algún día terminaremos siendo tan inmóviles como ellos, trozos de silencio ocupando un rincón sin que nadie nos mueva jamás.
El ojo humano, incapaz de soportar la calma, inventa movimientos donde no los hay. Mira una pared desnuda y descubre en sus grietas una sombra. Observa un cuadro inmóvil y jura ver cómo los colores respiran. La mirada, enferma de velocidad, convierte cada sombra en amenaza, cada brillo en latido. No soportamos que algo permanezca en reposo: necesitamos ver vida, incluso donde no existe. Por eso la quietud se vuelve alucinación: lo que no se mueve palpita, lo que no respira arde, lo que no existe nos devora. El vértigo nace de esa conspiración de los sentidos, de esa rebelión del ojo contra el vacío, como si nuestra propia mente fabricara movimientos para no admitir que el mundo puede prescindir de nosotros.
En el fondo del universo, todo es una inmovilidad que arde. Antes de la primera explosión, toda la materia y el tiempo dormían comprimidos en un silencio insoportable, un punto sin dimensión donde reposaban las galaxias futuras. Ese reposo primordial sigue latiendo en cada piedra, en cada grano de polvo, en cada sombra inmóvil de la madrugada. Tocamos la corteza de un árbol y sentimos el eco de aquella calma sin límites. Todo vibra aunque parezca muerto: la roca, el aire, incluso la nada. El cielo, quieto en su apariencia, se incendia con la velocidad del infinito, y cada estrella, que creemos fija en la noche, atraviesa el espacio con una violencia que el ojo jamás podrá registrar.
Los objetos cotidianos tampoco son inocentes. El orden inmutable de una vitrina ejerce más violencia que cualquier grito en la calle. La mercancía, quieta bajo el vidrio, nos devora con el hambre de un deseo programado. Lo que parece inerte es el disfraz perfecto de la trampa: la calma diseñada que organiza nuestras vidas sin pronunciar palabra. Caminamos entre muebles, letreros, fachadas, como dentro de un decorado minuciosamente preparado para domesticarnos. El vértigo consiste en advertir que lo inmóvil es el verdadero director de la escena, y que nuestro movimiento no es más que un gesto coreografiado en un escenario que nunca se altera.
Lo más inquietante es que los objetos inmóviles nunca terminan de ser lo que parecen. La silla puede transformarse en trono, cadalso o barca; la ventana puede abrirse a un abismo o a la nada; la piedra, en su paciencia, es ya monumento y ruina al mismo tiempo. La inmovilidad es un estado de espera infinita, como una frase que se queda suspendida antes de pronunciarse. El vértigo está ahí: en esa sospecha de que todo lo que contemplamos está a punto de transformarse, pero nunca lo hace. Y entonces comprendemos que su poder está precisamente en no concluir, en permanecer abiertos a todas las formas sin decidirse por ninguna.
Por eso, frente al reloj detenido, sentimos el pulso secreto de una eternidad que no nos necesita. Lo inmóvil nos recuerda que no hay salida, que el tiempo no avanza para quienes lo observan demasiado cerca, que la quietud es la más perfecta forma de movimiento. Y en ese instante comprendemos que los objetos, al ignorarnos, poseen más vida que nosotros. El vértigo es aceptar esa indiferencia: que la eternidad nos mira sin pestañear.