Confesiones de un vagabundo en la estación de buses
El techo de la estación sangra agua sucia; alguien abrió las venas del cielo y el charco resultante dibuja mapas en el suelo, mapas que nadie lee, rutas que nadie recorrerá. Me siento en el banco de cemento, con la espalda doblada como un libro arruinado, observando cómo el tiempo se coagula en las baldosas. El reloj eléctrico parpadea con insolencia, marcando horas que no existen, como si se burlara de mi vigilia interminable. La multitud se desplaza con la disciplina de un ejército invisible, rostros sin rostro, cuerpos que saben a dónde van, mientras yo permanezco fuera del compás, un accidente en medio de la coreografía. El altavoz gime destinos con voz metálica; nunca me nombra, nunca me incluye, y aun así lo escucho como quien atiende la prédica de un dios en el que dejó de creer hace siglos.
La espera se pega a mi piel como un animal sin dueño, reptando entre mis huesos, adormeciendo la sangre. Los hombres arrastran maletas que parecen cofres funerarios donde esconden sus propios cadáveres; las mujeres cargan hijos dormidos como profecías que nadie quiere escuchar; los jóvenes se aíslan con auriculares, absortos en la ilusión de huir mientras permanecen inmóviles. Yo no cargo nada, salvo el vacío, que pesa más que cualquier equipaje. Los observo con la lucidez de quien ya fue condenado: nadie escapa de la estación aunque suba al bus correcto. Cada paso ajeno retumba como un tambor de guerra. Cada rostro refleja la certeza de que la libertad consiste en elegir el próximo encierro. Yo me pregunto si este lugar fue inventado para recordarnos que jamás partiremos, que la vida es la fila eterna para un viaje que siempre se posterga.
El murmullo crece como un mar contenido por muros de cemento. Las voces se enredan entre sí, fragmentadas, inconclusas, como si fueran pensamientos ajenos colándose en mi cabeza. Una mujer repite un número con desesperación, intentando marcar un futuro que no responde. Un hombre habla de su madre enferma y su voz se quiebra como un vaso contra el suelo. Un niño pregunta por qué los buses siempre llegan tarde, y nadie lo escucha. Todo se mezcla en un coro desafinado; yo soy su director clandestino, moviendo las manos en silencio, dirigiendo una sinfonía de murmullos donde nadie sabe que está cantando. Aquí no existe el silencio: solo capas de ruido, acumuladas como polvo sobre el aire. Un altavoz muerto se enciende de golpe y lanza un grito metálico que no anuncia nada. Yo lo recibo como si fuese un presagio.
La estación no es un edificio; es un cuerpo gigantesco que respira. Sus pasillos se ramifican como sueños que se niegan a despertar, los letreros parpadean destinos inexistentes, y cada esquina parece diseñada para extraviar a quien se atreva a mirarla demasiado. El suelo vibra con la llegada de un bus; pienso que podría ser un planeta deslizándose bajo mis pies. Las luces de neón se reflejan en charcos grasientos: parecen galaxias derramadas, estrellas muertas en miniatura. Los buses son cápsulas lanzadas hacia un universo paralelo donde nadie regresa. Yo permanezco en esta órbita inmóvil, condenado a mirar cómo otros se convierten en viajeros siderales mientras yo sigo clavado al cemento, como un satélite que perdió la señal de su propia misión.
Me confieso, aunque no haya nadie que recoja mi voz. No viajo: el mapa ya se pudrió. No espero: el tiempo abandonó este lugar mucho antes de que yo llegara. Mi historia fue arrojada con los papeles arrugados que barren cada madrugada; mis recuerdos son estampas húmedas pegadas en la pared de mi memoria, inútiles como calendarios viejos. Alguna vez quise abordar un bus y desaparecer; descubrí que mis bolsillos estaban cosidos al vacío. Mis confesiones son monedas oxidadas que ruedan por el suelo; nadie se agacha a recogerlas. Tal vez alguien las pise sin saberlo, y en ese gesto accidental se cumpla el único contacto humano que me queda.
Entonces la estación se expande, como si hubiese decidido mostrarme su verdadera forma. Ya no veo cemento: veo un umbral. Las puertas se abren como mandíbulas cósmicas; cada bus que entra se vuelve un planeta en rotación, arrastrando en sus asientos la gravedad de cuerpos que sueñan con llegar a algún lugar que tampoco existe. Yo me levanto; mis piernas tiemblan como columnas a punto de derrumbarse. Me acerco al andén con la sensación de caminar sobre agua. Las luces me ciegan, estrellas fugaces atrapadas en motores humeantes. Extiendo la mano, convencido de que puedo detener la galaxia entera con un gesto. Por un instante creo que ya estoy viajando, que mi cuerpo es arrastrado por la corriente de ese universo.