Raptado


No hubo prólogo. Fui arrancado de la continuidad como quien se arranca una espina clavada en el ojo. Todo sucedió sin aviso, con la violencia de un trueno que nadie escucha y que, sin embargo, derrumba la montaña entera. El mundo, fiel a su costumbre de repetirse, se desplomó como un telón húmedo, y me descubrí raptado por una fuerza sin rostro que no pedía rescate, porque lo que había arrebatado no tenía precio. El aire perdió su sabor, el tiempo dejó de latir; quedé suspendido en un silencio que no era ausencia de sonido, sino sustancia espesa, casi mineral, como si de pronto hubiera sido tragado por la boca de un dios que respira oscuridad.

Me busqué. No había nadie. La identidad había abandonado su disfraz, dejándome como un cuarto saqueado: sin muebles, sin fotografías, sin espejos que devolvieran siquiera el recuerdo de un rostro. Caminé por un pasillo que se repetía idéntico, cada puerta cerrada con candados invisibles. Sentí que mi nombre había sido borrado de todas las paredes, que mis pasos no producían eco porque ya no quedaba quién los escuchara. Era un huésped clandestino en mi propia ausencia. El rapto no me había arrebatado de la tierra, me había desalojado de mí mismo; mi yo, ese parásito persistente, había sido expulsado como un inquilino molesto, y en su lugar solo quedaba la risa hueca de un espejo quebrado.

Los sentidos comenzaron a conspirar. La luz ya no iluminaba, solo se multiplicaba en destellos que no alcanzaban a tocar nada; los sonidos eran notas huérfanas, sin garganta, flotando como pájaros que habían olvidado el cielo; el tacto era un delirio que se deshacía antes de rozar la superficie. Todo parecía exacto y al mismo tiempo imposible, como si las cosas hubieran decidido existir sin necesidad de materia. El rapto me había arrancado del pacto con lo tangible, arrojándome a un territorio donde la percepción no obedecía a ningún objeto, sino a su propia fiebre.

De pronto, el caos se abrió como un telar ardiente. No era desorden, era origen. Vi constelaciones pariendo su última luz, estrellas ardiendo en círculos imposibles antes de extinguirse sin ruido; escuché mitos prehistóricos murmurar en lenguas que la tierra había enterrado; sentí la gravedad de un Big Bang privado explotando en cámara lenta, arrastrándome hacia un génesis que todavía no había aprendido a pronunciar su primera palabra. El rapto me devolvía al instante en que los dioses aún eran un boceto y el universo giraba como una semilla enferma de futuro.

Entonces apareció el verdadero secuestrador: no era un ser humano, era un enjambre de espejos superpuestos. Cada reflejo mostraba una vida distinta que yo nunca había habitado. Rostros míos que nunca me pertenecieron, gestos que no recordaba haber pronunciado. Era un zoológico de simulacros; cada imagen me devoraba con una sonrisa idéntica y falsa. El encierro no tenía barrotes: eran pantallas interiores multiplicando mi ausencia hasta que el yo quedara reducido a una parodia. Me descubrí condenado a contemplar versiones de mí mismo que jamás viviría, mientras el original, si alguna vez existió, era borrado en la penumbra.

Y el silencio volvió, ahora total. No era un hueco, era una sustancia viva, sofocante, que se derramaba sobre mí como un mar sin orillas. Allí comprendí que el rapto no era castigo sino revelación: había sido arrebatado de todo ruido, de toda distracción, conducido a un abismo donde ya no quedaban nombres ni voces, solo la pura evidencia de lo indecible. El silencio respiraba dentro de mí, ocupando cada espacio con su gravedad, y en él encontré una promesa sin rostro, un vacío más real que cualquier presencia. Me entregué sin resistencia, como quien entrega su sombra al fuego sabiendo que el fuego no necesita nada.

El regreso nunca llegó. El secuestro no era tránsito, era estado. Quedé suspendido en una frontera sin coordenadas, allí donde el ser y el no ser se contemplan sin reconocerse. El tiempo se deshizo en polvo de espejos; la memoria dejó de buscarme; la realidad no pronunció mi nombre. Comprendí que el rapto no termina, que es un umbral perpetuo, una eternidad interrumpida que nadie cruza. Y en esa intemperie interminable, en ese intersticio sin dueño, supe que lo verdadero no es volver, sino perderse.