¿Está el diablo en tus besos?


No cruzó la calle: la dividió. No era una figura: era la interrupción de todas. No venía de ningún lugar visible y, sin embargo, todo lo que lo rodeaba parecía ceder a su paso. Como si no caminara, sino deshiciera el suelo con cada paso que no daba. Era eso: una presencia sin desplazamiento, un vértigo sin dirección, una fisura en la geometría habitual de las esquinas. El viento giraba en espiral como si buscara salir de un pensamiento ajeno. Las farolas lanzaban su luz hacia abajo, pero la sombra no caía en el piso. Se quedaba flotando. Como si la realidad dudara de sí misma. Como si algo estuviera ocurriendo sin haber sido decidido.

Yo estaba allí. No frente a ella, sino dentro del ángulo equivocado. Uno de esos lugares donde uno se siente observado sin ser visto, nombrado sin haber hablado. No me movía por voluntad. Era arrastrado por una fuerza que no empuja ni jala: sólo hace que todo lo demás pierda sentido. Y cuando ya nada tiene sentido, uno se mueve hacia lo que queda. Avancé. Mis pasos no sonaban. O si sonaban, no me correspondían. Mi sombra se arrastraba detrás, como un lobo exhausto. Las luces parpadeaban. Pero no había fallo eléctrico. Era el mundo dudando. El mundo recordando mal su propia continuidad.

Cuando estuve cerca, comprendí que el rostro no podía recordarse. No porque no tuviera uno, sino porque todos los rostros posibles ya habían sido agotados en ella. Lo que veía era un residuo. Un gesto inacabado. Un intento anterior a la forma. Nada faltaba, pero todo estaba desplazado. Como un retrato pintado con la mano que no sabe pintar. Y aún así, era bello. Una belleza no humana. Una forma de belleza que duele sin herida, que quema sin fuego, que se instala donde no se le ha dado lugar.

No sé si me habló. Pero lo que ocurrió fue una torsión en la temperatura. Un cambio imperceptible en la densidad del aire. No hubo palabras, pero se borró el ruido. No hubo contacto, pero la distancia se quebró. Fue allí, en ese pliegue, donde el beso ocurrió. O no ocurrió. Porque no fue gesto ni deseo. Fue desaparición de todo lo demás. Una retirada de lo visible. Un relámpago que no ilumina: apaga.

El beso no fue beso. Fue caída. No a un lugar: a un estado. Un descenso lento hacia una forma del tiempo que ya no permite retorno. No hubo saliva. No hubo tacto. Pero algo se inscribió. Como una marca sobre la percepción. Desde entonces, los colores llegan más tarde. Las palabras se gastan antes de ser dichas. La música me mira con desconfianza. Y los relojes parecen contar algo que no entiendo.

Ese beso no se recuerda: se habita. Y su habitación es un abismo. Un abismo que no se cierra porque no fue abierto, sino descubierto. Como si siempre hubiera estado allí, esperándome. Como si ese lugar no pudiera ser habitado por nadie más. Desde ese día, no sueño con ella, pero todo lo que sueño ocurre dentro de ella. Su ausencia es un mobiliario permanente. Está en la forma en que miro una hoja volar sin viento. En la forma en que dudo si un pájaro cantó o lo imaginé. En la certeza de que algo se llevó lo que no sabía que tenía.

Una vez, mucho después, creí verla de nuevo. Era una noche sin luna. El cielo no tenía fondo. La ciudad respiraba con dificultad. Y al borde de una avenida detenida por una luz que no cambiaba, la vi. O creí verla. Pero había un detalle nuevo. Una alteración mínima: reía. No con burla. No con placer. Con esa risa que no viene de la garganta ni de la memoria, sino de un plano más antiguo. Risa sin motivo, sin dirección. Risa que no emite sonido, pero deja vibración. Y supe que ya no era la misma. O que nunca lo había sido. O que ahora sabía algo que no debía saber.

Desde entonces, la idea de besar se volvió otra cosa. No deseo. No ternura. Una especie de oráculo. Como si besar fuera una forma de invocar lo que aún no ha tomado forma. Como si en cada beso hubiese un riesgo metafísico. Una posibilidad de perderse sin poder regresar. No es miedo. Es vértigo. El vértigo de saber que detrás de cada boca puede haber un mundo que se disuelve si se toca.

Por eso no pregunto más. No espero. No traduzco. Camino. Escucho cosas que no se oyen. Miro signos que no están inscritos en la materia. Me detengo frente a objetos que no deberían estar allí. Y en cada sombra, en cada reflejo desplazado, en cada espacio que no obedece, siento la resonancia de aquel beso que no ocurrió.

¿Está el diablo en tus besos? Tal vez. Pero no como amenaza. No como condena. Está como está el vértice en un remolino: sin ser parte del agua, lo dirige todo. Tus besos no quieren. No piden. No buscan. Tus besos son márgenes sin centro. Puertas sin estructura. Ecos de un idioma que nunca existió. Y sin embargo, al besarte, todo responde. No tú. No yo. Todo. Como si el mundo, por un instante, recordara su origen. Y en ese recuerdo, algo se desploma.

Y yo... yo no sé si alguna vez saldré.
El lugar sigue allí. Abierto. Silencioso.