La distopía perfecta no necesita verdugos


El día se levantó sin memoria. Las calles respiraban como venas abiertas bajo un sol cansado, y en el aire flotaba una calma sospechosa, como si el mundo hubiera olvidado el secreto de morir. Nadie llevaba cadenas, pero todos sostenían en silencio la llave de su propia celda, colgando del cuello como un amuleto sin dueño. Caminaban con la solemnidad de los procesiones antiguas, creyendo dirigirse hacia un horizonte que ya no existía. El tiempo no amanecía: se repetía. Y esa repetición era tan perfecta que nadie necesitaba recordarlo.

No había guardias en las esquinas ni uniformes en las avenidas. El verdugo había desaparecido, y sin embargo su trabajo prosperaba con precisión matemática. El miedo ya no era necesario: había sido reemplazado por la devoción. Cada ciudadano se prohibía a sí mismo lo que alguna vez habría deseado con furia, y lo hacía con la alegría dócil de quien participa en una fiesta. Las pantallas ardían sin descanso en todas las fachadas, no para informar sino para anestesiar, y su resplandor era tan amable que nadie se atrevía a apagarlo. El brillo envolvía los ojos como una plegaria de luz que convencía a todos de que la ceguera era un privilegio.

En la plaza central, los monumentos de vidrio devolvían rostros uniformes, multiplicados hasta el vértigo. Mirarse allí era contemplar la propia condena, reproducida en serie hasta borrar cualquier diferencia. No existían jueces ni tribunales: el veredicto estaba inscrito en el algoritmo que latía en los bolsillos. Nadie acusaba, porque ya todo había sido resuelto antes de pronunciarse. La ciudad era un teatro sin telón, donde los actores y el público respiraban en la misma penumbra, repitiendo su papel sin haberlo ensayado. El espectáculo era interminable y el aplauso automático, como si aplaudir fuera la única forma de seguir con vida.

El tiempo había perdido huesos. No avanzaba: reptaba en círculos. Las horas se doblaban unas sobre otras como espejos enfrentados. Cada día era copia de la víspera, cada noche un ensayo de la próxima. Nadie recordaba cuándo comenzó esta eternidad, ni preguntaba por el final. En lo alto, un ángel sin rostro contemplaba las ruinas acumuladas bajo los cimientos, y sonreía con cansancio mientras la ciudad se erigía sobre su propio cementerio. El progreso era un arte funerario: construir mausoleos que fingían ser templos.

La naturaleza había aprendido a retirarse sin ruido. No se vengaba, se olvidaba. Los árboles se convertían en estatuas secas que ya nadie miraba. Los mares retrocedían en silencio, dejando costas desnudas, huesos de un planeta exhausto. No hacía falta catástrofe: bastaba la indiferencia. Los hombres seguían cantando bajo techos de concreto, sin notar que las raíces avanzaban lentamente hacia sus cimientos. El mundo no nos odiaba: nos dejaba. Y ese abandono era más cruel que cualquier castigo.

Los tribunales estaban vacíos. Las leyes dormían en vitrinas selladas, reliquias de una justicia que ya no tenía destinatario. Nadie exigía condenas: todos eran inocentes de un crimen jamás nombrado. En el centro de la plaza, un reloj sin manecillas se erguía como único testigo. Su esfera en blanco dictaba la hora del suspenso eterno. La gente lo miraba con devoción, convencida de que el tiempo había dejado de ser una amenaza.

Las noches eran espejismos luminosos. No había estrellas: las pantallas las habían sustituido. Cada ventana proyectaba un paraíso de plástico: amores que nunca dolían, guerras sin cadáveres, banquetes sin hambre. Todo era correcto, todo era suficiente. Nadie preguntaba por la verdad, porque la belleza anestesiaba cualquier duda. El verdugo, en su ausencia, había triunfado. No hacía falta derramar sangre: bastaba con convencer a todos de que estaban a salvo.

En la plaza, los niños jugaban con sombras que no les pertenecían. Nadie sabía de dónde venían ni por qué no obedecían el movimiento de sus cuerpos. La multitud los miraba sin inquietud: habían olvidado que la sombra también podía ser sentencia. Las campanas repicaban sin motivo, y su sonido hueco parecía anunciar un juicio que nunca llegaba. El futuro había quedado cancelado, pero a nadie le importaba. La esperanza era suficiente para mantener el sueño encendido.

Y así, bajo un cielo en llamas, las multitudes seguían sonriendo. Creían que amanecía. El resplandor que devoraba la ciudad era celebrado como un nuevo sol. Cantaban himnos de alegría mientras el horizonte ardía. Nadie gritaba. Nadie corría. El aire estaba lleno de aplausos. Quizá tenían razón.