Los dioses también bostezan


El primer gesto del cosmos no fue una explosión ni una palabra ni un relámpago. Fue un bostezo. Largo, redondo, sin garganta, sin labios. Un bostezo anterior a la respiración, al ritmo, a cualquier necesidad de ocurrir. Nadie lo escuchó. No había oído, no había borde, no había campo. Pero ocurrió. Y ese gesto inmenso, sin destinatario, sin intención, desfondó el sinfín. Fue como si la nada misma —esa que no tiene color ni concepto— se hubiese cansado de sí y se abriera como una flor muda al mediodía de lo improbable. Un bostezo expandido como niebla sin gravedad, como una curva sin sentido cayendo sobre sí misma. La creación no vino del deseo, ni del amor, ni de la voluntad: vino del hartazgo. Nació por descuido. Y desde entonces, todo lo que vibra, todo lo que gira, todo lo que muere, lleva en sus nervios la huella de aquel bostezo primero.

No hubo génesis. Hubo un descuido sagrado. Una fuga de eternidad que se volvió materia. Los dioses no emergieron: se acumularon. Lentos, etéricos, sin forma definida, habitaban un plano de densidad sin tiempo, sin bordes, sin sombra. Flotaban dentro de sí, entre sí, sin distinción. Eran uno y eran miles. Pero no sabían ser. Allí no existía la pregunta. Tampoco la urgencia. Nadie miraba. Nadie dolía. Todo era puro intervalo. Y con el paso de los milenios inmóviles, surgió el desgaste. Una especie de entumecimiento espiritual, una saturación del no-moverse, del no-decir, del no-dividirse. Empezaron a resquebrajarse por dentro. No por violencia ni por rebelión, sino por una especie de cansancio blanco, de lucidez sin uso, de duración sin ritmo. Y así, un día, sin palabra ni señal, comenzaron a descender.

No bajaron como relámpagos, ni como voces, ni como fuego. Bajaron como niebla con fiebre. Como espectros sin dogma. Bajaron sin saber por qué, sin propósito, sin forma ceremonial. Y lo hicieron no hacia el cielo, ni hacia el mundo, ni hacia los hombres: bajaron al andén. A ese territorio suspendido donde nada llega ni parte, donde todo lo que ocurre es espera. Allí, entre los ladrillos húmedos, la luz sin origen y los murmullos que nadie emite, se apostaron los dioses. No como figuras altivas ni como centellas metafísicas. Sino como sombras tibias que se sientan a mirar pasar la rutina. Algunos se recostaron junto a los indigentes. Otros se disfrazaron de oficinistas sin fe. Un par se quedaron quietos por años en la esquina de una estación de buses cerrada. Nadie los reconoció. Ni siquiera ellos a sí mismos.

Descubrieron que en este plano la materia duele, que el tiempo corta, que los cuerpos no obedecen. Descubrieron el peso de la mirada, el frío de la espalda, la angustia de tener que elegir. Y sobre todo, descubrieron el sueño. No el sueño sagrado, no la visión. El sueño humano. Ese derrumbe involuntario que ocurre cuando el cuerpo se entrega. Y entonces comenzaron a mendigarlo. Se acercaban al durmiente y le aspiraban los sueños, como quien huele un pan recién horneado en una casa ajena. Algunos sueños eran grises, predecibles, sin música. Otros, más extraños, tenían grietas por donde se filtraban símbolos antiguos, fragmentos de lenguajes que no recordaban haber inventado. Se alimentaban de ellos. Pero el efecto duraba poco. Al despertar el soñante, el dios caía otra vez en su opacidad. En su hambre.

Intentaron comunicarse. Fracasaron. Aquí el lenguaje no es unívoco ni eterno. Aquí cada palabra es una trampa, un nudo, una herida en tránsito. Intentaron cantar, pero nadie oía. Intentaron escribir, pero la tinta se disolvía en el papel. Un dios pintó con sangre un muro en un baño público. Otro dejó frases sin sentido en los billetes. Uno aprendió a gritar por dentro. Otro se convirtió en rumor. Fracasaron en todas sus invocaciones. Entonces comprendieron que el mundo ya no los esperaba. Que su descenso no era redención, sino residuo. Que los humanos habían aprendido a vivir sin dioses, sin señales, sin milagros. Habían cambiado los templos por pantallas, las letanías por algoritmos, la plegaria por simulacro.

Se dispersaron. Algunos vagaban por los centros comerciales, donde el reflejo de los espejos les recordaba su falta de forma. Otros se convirtieron en adictos al zapping eterno de canales sin programación. Uno vivía debajo de un puente, leyendo en voz baja instrucciones de uso de electrodomésticos. Otro dormía dentro de una escultura sin nombre, esperando que alguien se sentara a su lado. Todos tenían el mismo gesto: una mirada detenida en el borde de algo que no llega. Como si esperaran una palabra que ya no está en ningún idioma. Algunos fueron olvidados por completo. Ni los perros los olían. Otros aprendieron a hacerse pasar por esquizofrénicos. Nadie los molestaba.

Cada cierto tiempo, uno de ellos se suicidaba. Pero no moría. Quedaba allí, suspendido en un estado de no-presencia, como un archivo corrompido que nadie puede abrir. Eran inmortales, sí, pero no invulnerables. Sufrían un tipo de dolor que no tiene nervios: la conciencia inútil. La duración sin forma. La claridad sin objeto. Algunos comenzaron a tatuarse recuerdos falsos. Otros construyeron altares con objetos recogidos del suelo: un zapato roto, una muñeca decapitada, una llave que no abría ninguna puerta. Rezaban a esos fragmentos. No para pedir. Solo para no olvidarse de que aún estaban aquí.

Y entonces, uno de ellos —el más antiguo, o el más nuevo, ya no importaba— subió al último piso de un edificio abandonado y escribió en la pared con carbón: “hasta el silencio se fue”. Después, se acostó boca arriba sobre el concreto y se quedó mirando el techo. Lo que vio fue una grieta que cruzaba todo el cielo, como una vena seca, como una herida sin cura. No pensó nada. No esperó nada. Bostezó. Y ese bostezo fue distinto. No vino del cansancio, ni de la resignación, ni del desprecio. Fue un bostezo puro. Absoluto. Un gesto que contenía todos los gestos. Un pliegue en la eternidad. Un abrirse sin causa ni dirección.

Ese bostezo no generó luz, ni sonido, ni revelación. No cayó un rayo. No tembló la tierra. Nadie despertó. Ningún ángel descendió. Solo el aire se movió, apenas. Como una respiración que se apaga. Como si el universo, por un instante, recordara que es sueño de un dios que olvidó por qué sueña. Y ahí quedó el bostezo. Abierto. Suspendido. Extendido como una grieta invisible en la tela del día. Sin eco. Sin final.