Cancela mi suscripción
Cancelo mi suscripción al calendario que me asignaron sin consulta, a la ración diaria de horas empaquetadas en plástico, a los boletines que anuncian lluvias que nunca llegan y victorias que nunca ocurren. Devuelvo la tarjeta con la que me autorizaban a respirar en espacios compartidos; no la quiero más, que la cuelguen junto a los retratos amarillos de los socios honorarios que murieron sin darse cuenta. Cancelo mi membresía al club de los que repiten su nombre para convencerse de que aún lo poseen. Cancelo la póliza que prometía protegerme de incendios, pero no de la combustión lenta que devora el alma. Cancelo la entrada a la cena de máscaras, donde el pan huele a formol y el vino sabe a fotografía quemada. Que se la beban entre ellos, brindando por un mañana que ya huele a cadáver.
No necesito más ciudades que bostezan hasta dislocarse las quijadas de hormigón. No me seducen sus avenidas programadas para la obediencia, ni sus semáforos que parpadean como párpados drogados. Todo aquí se repite con la precisión de un reloj enfermo, y yo ya no pienso dar cuerda. Las fachadas, maquilladas con carteles de oferta, ocultan vísceras de concreto donde los ascensores suben y bajan como órganos en convulsión. Hay niños que aprenden a saludar a las cámaras antes que a sus vecinos, perros que sueñan con praderas que nunca verán. El coro metálico de las cloacas se afina solo, como si esperara un público que jamás entrará. Cancelo mi suscripción a este teatro de utilería: que sigan representando su comedia frente a un público mudo, yo me escapo por la puerta que da al callejón donde los gatos mastican sombras.
Camino hasta el río, cargando los restos de mis pertenencias como quien lleva ofrendas a un dios hambriento. Un teléfono que nunca contesté, un cuaderno virgen que ya no tendrá su primera palabra, una llave que olvidó el sabor de la cerradura. Los arrojo al agua, y el río los engulle con la paciencia de un animal que conoce el ciclo entero de las resurrecciones. Hay un olor a óxido dulce en el aire; una libélula pasa como una flecha de vidrio, ignorando la ceremonia. El agua murmura sin lengua, y en su murmullo hay un juramento que no comprendo pero acepto.
Encuentro un lugar donde las habitaciones no tienen puertas, y las paredes respiran como animales dormidos. Afuera, el cielo es un mosaico de espejos que devuelve todas las caras menos la mía. La luz aquí no obedece al sol; se pliega, se arruga, se abre como piel mojada. El suelo está cubierto de polvo de piedra y hojas secas que crujen con un sonido parecido a la risa de un anciano. Hay ventanas que dan a paisajes inmóviles, y otras a abismos de agua suspendida. Podría quedarme aquí, pero incluso la quietud se pudre si uno se aferra demasiado.
El silencio me recibe como un prestamista que sabe que no podré pagarle. Enumera en voz baja todas las frases que nunca dije, las miradas que no sostuve, las muertes que fingí no ver. Se ríe cuando intento responder; me lanza piedras invisibles que caen dentro de mí como si golpearan agua. Aquí no se negocia: se entra sin equipaje o no se entra. Y yo entro, con las manos vacías, dejando que mi nombre se evapore como alcohol sobre fuego.
En este territorio la gravedad no es una ley, sino una cortesía. He aprendido a caminar verticalmente, siguiendo escaleras que suben hacia un mar suspendido y bajan hacia un bosque invertido donde las raíces buscan estrellas. Las aves vuelan hacia abajo, y su vuelo es tan lento que parece que fueran arrastradas por un sueño. En cada ascenso siento que la tierra me olvida un poco más, y en cada descenso me descubro más ligero, como si el mundo estuviera soltando mi peso gota a gota.
No cierro la puerta. No dejo nota. No aviso a nadie. Me borro de las listas, de los registros, de las agendas, y dejo que la maquinaria siga girando sin mi nombre en sus engranajes. Cancelo mi suscripción, y en la nueva frecuencia que habito, escucho un rumor lejano, como si algo, desde muy lejos, todavía me llamara por el nombre que ya no tengo.
Quiero perderme en un lugar donde el tiempo se arrastre como un animal sediento y la lluvia suene como si alguien estuviera escribiendo mi epitafio en braille. Quiero un desierto donde cada grano de arena sea un latido que nunca tuvimos, una calle donde los semáforos se apaguen y la gente camine hacia ninguna parte como si fuera el único lugar al que vale la pena llegar.