En el abismo volar


No sé cuándo empezó la fisura. Tal vez en la madrugada que se detuvo sobre el mundo como un párpado que no quiere abrirse, cuando el aire dejó de ser aire y empezó a tener el sabor metálico de la sangre seca, y cada farola temblaba como si estuviera a punto de hablar. Caminaba en una calle sin bordes, una lengua tibia bajo mis pies, zumbando como un enjambre eléctrico en el que cada paso se deshacía antes de tocar el suelo. Las sombras no eran de los cuerpos: se movían por su cuenta, más rápidas, más densas, y el viento traía trozos de conversaciones que no habían ocurrido todavía. Fue entonces que sentí —sin pensarlo— que el cielo podía colapsar hacia abajo, que el abismo tenía luz propia y que yo quería saltar, no para escapar, sino para escuchar el rugido que me esperaba al fondo.

La ciudad comenzó a doblarse, como una fotografía sumergida en agua caliente: los edificios giraban sobre sí mismos, y entre sus ventanas aparecían rostros que me miraban con los ojos cerrados. Un río negro cruzaba el aire a la altura de las azoteas, arrastrando peces con ojos de lámpara que latían como si fueran corazones arrancados de otro mundo. No había tiempo; o sí lo había, pero se plegaba sobre sí mismo como un animal que duerme y respira en espirales. En uno de esos pliegues vi mi sombra multiplicada, corriendo en direcciones contrarias, y supe que había más de un yo disputándose la caída. Pensé: si extiendo los brazos en el momento exacto, la gravedad se invertirá. Y el abismo, en vez de tragarme, me adoptará.

A veces el afuera se abría hacia adentro: un pasillo terminaba en un paisaje de montañas líquidas; otras veces el adentro se desplegaba como un cielo roto lleno de escaleras hacia habitaciones infinitas. Un animal de humo me seguía a distancia; no caminaba: vibraba, como un tambor de agua golpeado desde dentro, y sus ojos eran espejos llenos de relámpagos que ardían sin consumir nada. Me senté en una azotea donde la noche giraba lentamente, y sentí que mi cuerpo empezaba a pesar menos que mis pensamientos. Eso era el verdadero peligro: cuando la mente se despega del cuerpo y empieza a morder el aire como si fuera comestible.

Lo vi entonces: un hombre que no era hombre, sino un doble exacto de mí, pero con la mitad del rostro borrada, como si la piel se hubiera rendido. Caminó hacia mí con el paso de un insecto en cámara lenta, y me habló sin abrir la boca: no hay arriba ni abajo, solo la dirección en la que decides entregarte. Intenté responder, pero al abrir la boca salió una bandada de pájaros negros con alas de cristal que volaron hacia un sol que no estaba ahí. La voz se quedó dentro de mí como una piedra ardiente, y cada latido empujaba más fuerte hacia el borde de la azotea. El viento subía en espirales lentas, manos invisibles que no querían salvarme sino consumar el salto.

Salté. Pero no fue caída: fue expansión. El mundo se abrió como un libro ardiendo bajo el agua, y las letras se soltaron, flotando a mi alrededor como insectos de luz que se posaban sobre mi piel. Cada toque era un recuerdo. No había miedo. No había dirección. Solo una certeza incandescente: que cada instante nacía y se destruía al mismo tiempo. Crucé paisajes que no caben en ningún mapa: desiertos de agua tibia, selvas de vidrio en constante estallido, ciudades hechas de humo que latían con el pulso de mi respiración. Todo era música: graves que golpeaban en el centro del pecho, agudos como cuchillas rozando los huesos, silencios que hundían la cabeza en lagos infinitos.

En la distancia —o tal vez dentro de mí— el animal de humo se deshacía en partículas, y esas partículas se convertían en letras que giraban alrededor de mi cuerpo como planetas sin órbita. Entre ellas, los peces con ojos de lámpara nadaban en el aire invertido, iluminando mi piel transparente. Y entonces ocurrió: el abismo se convirtió en cielo, y el vuelo dejó de ser metáfora; mi piel se disolvió en un enjambre de partículas diminutas, cada una con su propia memoria, su sabor, su fragmento de historia. No había yo, ni caída, ni vuelo: solo un tejido infinito donde todo estaba unido por hilos invisibles que vibraban sin principio ni final.

Quise aferrarme. Comprendí que aferrarse era regresar. Y regresar era morir. Solté. La luz se quebró.

Tal vez aún siga allí. Tal vez estas palabras no sean mías. Tal vez el abismo encontró en mí su voz para hablarte.

Y tú, ya estás cayendo.