Como un lobo en la oscuridad
El bosque es una jaula que respira conmigo. No lo miro: lo escucho. Cada hoja que se mueve me habla en un idioma anterior a cualquier lengua. El crujido de una rama no es sonido, es una orden. Obedezco. La piel me hormiguea como si hubiera sido arrancada y vuelta a colocar en otro lugar. Mis ojos se dilatan hasta tragarse el mundo, pero el mundo se encoge como si quisiera escapar dentro de sí. No hay memoria aquí. La memoria es un lujo del día, y el día es un rumor que ocurre en otro planeta. El hambre golpea como un tambor lejano, marcando un ritmo que mi cuerpo reconoce aunque nunca lo haya aprendido.
Avanzo. El suelo es blando, pero bajo esa blandura hay huesos, raíces que se enroscan alrededor de mi paso. Escucho agua, o algo que finge ser agua. Me acerco. No hay corriente, no hay charco: solo una superficie que brilla con la luz que nadie encendió. La toco. Está fría, pero su frialdad se derrama por mi brazo como un relámpago que no estalla. No retrocedo. El bosque me traga y me escupe en otra parte. No sé si he caminado o si la tierra me ha cambiado de lugar. Todo huele a metal húmedo, como si un trueno se hubiera hundido bajo las raíces y ahora sangrara despacio.
Siento algo detrás. No es amenaza, no es salvación: es la certeza de que no estoy solo en este ahora interminable. El aire que nos separa vibra como una cuerda tensada a punto de romperse. No quiero girar. No quiero romper ese hilo. Quiero estar en el filo, donde la vida y la muerte se rozan sin tocarse. La respiración de lo que me sigue no está hecha de aire: está hecha de tierra y sangre. Cada vez que exhala, la noche parece inclinarse hacia mí.
A veces pienso que no avanzo, que soy yo quien está quieto y es el mundo el que se desplaza alrededor, girando como un disco de vinilo rayado, repitiendo siempre el mismo compás. El cielo —si existe— está demasiado lejos para interesarse por nosotros. Entre las ramas, parpadea algo. No es luz, no es fuego: es un ojo, o dos, flotando sobre la hierba alta. Los reconozco. Me reconocen. Pero no nos movemos. La paciencia es el verdadero movimiento de la oscuridad.
Mis manos, que hasta ahora no recordaba tener, se abren para tocar lo que no se puede tocar. La oscuridad es áspera, como la piel de un animal que ha sobrevivido demasiadas batallas. Me la llevo a la boca: sabe a hierro y fruta podrida, sabe a lo que queda después de que un cuerpo se gasta. El silencio es tan pesado que me arquea la espalda. Lo mastico. Lo trago. Y no me ahogo.
Un dios sin nombre bebe de mi cuello, y no sé si es sed o bendición. Sus colmillos son invisibles, pero dejan marcas que brillan cuando cierro los ojos. El bosque ya no es bosque: es un templo sin paredes, un altar donde la ofrenda y el sacrificio somos la misma cosa. La noche me toma por el cuello y me enseña que no hay regreso, no hay principio, no hay final: solo este pulso negro latiendo dentro y fuera de mí.
A lo lejos, un aullido rompe el aire. No sé si salió de mi garganta o si me atravesó desde otro cuerpo. No me importa. El aullido es mío aunque no me pertenezca. Todo lo que está vivo en este instante me pertenece. Todo lo que está muerto también. Y entonces lo intuyo: la oscuridad nunca estuvo afuera. Yo era la oscuridad. El lobo no era mi sombra: yo era la sombra del lobo. Y si alguna vez existió la luz, tal vez fue solo un rumor inventado por la oscuridad para que siguiéramos buscándola.