Ceremonia bajo la lluvia negra


La primera gota no fue agua ni ceniza, fue un espejo que se quebró en la frente del cielo. El aire se llenó de astillas luminosas y cada fragmento contenía un grito petrificado en mitad de su incendio, como si el universo hubiera querido escupirnos de vuelta a la nada que lo parió. La ciudad, bajo esa tormenta, parecía un anfiteatro de huesos oxidados donde los templos sudaban herrumbre y los semáforos parpadeaban como insectos moribundos. Todo vibraba como si un tambor enterrado bajo la tierra latiera por última vez en nuestras costillas. Entrar en la ceremonia fue aceptar la descomposición, caminar sin paraguas dentro de una hoguera líquida, entregarse al azar de una música oscura que nacía de las gotas como un jazz improvisado en la garganta de lo desconocido.

Las voces comenzaron a reptar desde las grietas, sin rostro, sin dueño, sin respiración humana. Eran cuchillos lanzados contra la memoria, frases sin sintaxis que me atravesaban los ojos como agujas de mercurio. Un coro de hienas eléctricas riéndose en la médula, un rebaño de relojes desollados que mugían su locura sobre el asfalto. Yo dejé que entraran, que me perforaran, que colonizaran mi conciencia como virus sin remedio, porque comprendí que la ceremonia no buscaba pureza ni revelación, sino desorden, un trance colectivo donde la palabra era sacrificada en un altar de ruido y saliva. Cada voz era un espejo roto, cada eco un animal sangrando en mi lengua. No había nada que entender, sólo dejarse consumir por la distorsión.

La noche se abrió como un cráneo y lo que caía no era lluvia, era polvo de universos extintos, radiación de estrellas que aún insisten en iluminarnos con su putrefacción. Cada gota era un cadáver cósmico, un planeta reducido a lágrima, un insecto fosilizado que se estrellaba contra la piel. Sentí que la eternidad no era línea sino escombro, que el origen del mundo era un estallido aún reverberando en mis huesos, que éramos apenas fiebre temporal de una materia que no sabe morir. La ceremonia se expandía en círculos concéntricos como ondas sobre un lago negro, y en su centro el vacío nos observaba sin pestañear. No había altar, ni dios, ni destino: sólo un enjambre de partículas huérfanas rozándose entre sí hasta provocar chispas de azar.

Los cuerpos entraron entonces en trance. Danzaban sin música, con la desesperación de quien sabe que cada movimiento es un último latido. Los torsos desnudos se confundían en la penumbra, las bocas mordían nombres que se disolvían en la saliva, la piel se convertía en mapa efímero tatuado por el hollín de la tormenta. El roce de las manos era exorcismo, cada orgasmo un relámpago enterrado en la carne, cada espasmo un grito que se quebraba en medio del barro. La ceremonia era una orgía sagrada, un carnaval donde lo reprimido y lo divino se fusionaban como dos animales en llamas. Nada quedaba intacto: todo era exceso, delirio, comunión de instintos desatados bajo la música oscura de la lluvia negra.

Pero el rito se torció. La lluvia no sólo mojaba, también corrompía. Se incrustaba en los huesos como un ácido secreto, abría grietas en los pulmones, tatuaba cenizas en la sangre. Los edificios supuraban petróleo, los árboles escupían la polución, los pájaros se desplomaban como sílabas muertas sobre el pavimento. La ceremonia mutó en un carnaval tóxico donde lo sagrado se pudría en pantallas fluorescentes, y el mundo entero se transmitía como un espectáculo sin espectadores. Nadie recordaba qué significaba la palabra naturaleza, porque todo era plástico, humo, radiación. Los cánticos se deformaban en ecos mecánicos, las imágenes se repetían como hologramas sin sentido: lo real ya no existía, sólo el simulacro eterno, la máscara del desastre multiplicada en cada gota.

Entonces un silencio, abrupto, insoportable, se abrió como un abismo. La lluvia seguía cayendo, pero ya no hería: acariciaba. El aire se convirtió en un muro de cristales suspendidos, y los cuerpos quedaron quietos, incrustados en el barro como estatuas de obsidiana recién talladas. Nadie habló. El cosmos nos miraba sin juicio, sin consuelo, sin relato. Yo no supe dónde terminaba mi respiración y dónde empezaba la del universo. La ceremonia no concluyó: simplemente se disolvió en su propia espesura, en un murmullo líquido que seguía cayendo mucho después de que el último cuerpo dejara de moverse.

Y la lluvia negra, incesante, seguía escribiendo sobre la tierra un alfabeto ilegible, una música enterrada en lo profundo del silencio, una palabra imposible que ninguno de nosotros podrá pronunciar jamás.