Su perfume francés
Su perfume francés no llega como aroma: entra como un accidente invisible, un relámpago secreto que me parte en dos. No lo elijo: me invade como una desgracia dulce. No es fragancia: es una lengua sin alfabeto, un mensaje químico que se desliza por mis venas hasta incendiar la memoria. No viene de ti, viene de lo que te precede: un eco mineral, un fuego que atraviesa el tiempo, un golpe de aire que podría volar las ventanas, apagar la calle, interrumpir el sueño de un gato. Y todo seguiría siendo lo mismo: tu olor reorganizando la realidad a su manera absurda.
Tu nombre no lo digo: me lo arranco de la lengua como quien se arranca una espina del corazón. El perfume exige que cierre los ojos, y en ese gesto la linealidad del tiempo se quiebra. Ya no hay presente: lo que respiro es pasado disuelto en futuro, un hilo que se abre en laberintos. La habitación se puebla de pasillos invisibles, cada molécula abre una puerta hacia una ciudad sin cartografía, un territorio que vibra entre lo que fuiste y lo que nunca serás. Tu perfume me arrastra, me despeina, me arroja contra las paredes como un animal que huele la sangre y no distingue si es hambre o recuerdo lo que lo enloquece.
Tu perfume no es tu cuerpo. O sí, pero es más que eso: es el fantasma que me acecha después del amor, cuando ya no queda saliva ni uñas ni piel. Quedo solo en el cuarto y todavía no respiro aire: respiro tu rastro, esa niebla tenaz que se pega a la ropa, a las sábanas, a mis huesos. Respiro y me intoxico, respiro y me entrego. Respiro: muero. El perfume se vuelve dueño de la habitación, me rodea como un ejército microscópico que me vigila, me asedia, me reduce a su rehén. Y yo, dócil, acepto la condena.
No hay inocencia en tu perfume: es mentira, artificio, máscara. Y bendita mentira, porque a veces lo falso me salva de lo real. Lo verdadero es siempre demasiado pobre: necesito la alquimia, el simulacro, la gota fabricada que destila lo imposible. Ese perfume no es tuyo ni de París, ni de ninguna casa elegante. Es un pasaje, un túnel secreto: al respirarlo me arrojo a tu doble, a la mujer que solo se revela en lo que oculta, a la amante que jamás se muestra sin disfraz. Y yo me confundo: no sé si amo a tu piel o a la impostura, a ti o a la ausencia que dejas al irte.
Tu perfume es misterio, y lo digo sin metáfora. Respira. Es humo sagrado, plegaria que huele, rito sin altar. Al entrar en mis pulmones, se abre como un templo invisible: siento que estoy arrodillado en una ceremonia antigua, con dioses sin rostro, con tu sombra convertida en diosa enterrada en los sótanos de la historia. Pero al mismo tiempo huele a sudor después del amor, a piel incendiada en un orgasmo, a animal cansado que se derrumba en la cama. Esa ambigüedad me destruye: no sé si huelo lo divino o lo terrenal, y en esa confusión encuentro mi única verdad.
Hay cosmos en tu perfume. No es olor: son estrellas que estallan, polvo galáctico que arde en mis pulmones. Cuando respiro, entro en una vía láctea líquida donde las moléculas giran como planetas febriles. Me devuelves al origen, a la primera célula que olió la noche húmeda de la tierra, al primer animal que reconoció a otro por la fragancia de su miedo, al humo que subía en espirales hacia dioses invisibles. Eres cosmología, y yo me derrumbo en ese infinito que huele a ti.
Tu perfume no acepta clausura. Se niega a terminar. Queda flotando en la penumbra cuando tú ya no estás, se queda colgado en el aire como una nota suspendida que nunca resuelve. Y yo permanezco atrapado ahí, en la grieta entre tu partida y tu regreso, en la trampa invisible que fabricaste al pasar. Su perfume francés: cárcel donde elijo permanecer. O quizá no. Tal vez soy yo quien perfuma el vacío con tu ausencia, y al respirar me engaño: soy yo, no tú, el que deja olor en la nada.