Fósiles de un sueño que arde en cámara lenta
Un fósil respira en la oscuridad. Late sin corazón, arde sin consumirse. No es piedra ni memoria: es un resto vivo de lo imposible, un hueso arrancado al tiempo que se obstina en prolongar su incendio. Se enciende y no termina de encenderse, se apaga y no alcanza a apagarse. Un fósil arde. Respira. Calla. Te mira.
El aire se espesa: ceniza en suspensión, humo inmóvil, un silencio que no se atreve a quebrarse. Caminas entre ruinas que no pertenecen a ninguna ciudad. El suelo palpita bajo tus pasos: vértebras de luz enterradas, esqueletos de voces que alguna vez fueron gritos, huesos de relojes. Las piedras parecen respirar; algunas te siguen con ojos que no existen, otras murmuran nombres que nunca oíste. Eres huésped en un museo sin dueño, viajero en un planeta que no recuerda a sus muertos, sombra detenida en la platea de un delirio mineral.
El fuego no avanza, se repite. Lenguas de brasas se doblan sobre sí mismas como espejos que devoran espejos, como memorias encendidas que no terminan de nacer. Ves un rostro en el humo: extiendes tu mano y la atraviesas como quien acaricia la piel de una fotografía quemada. Allí no hay carne, solo ceniza suspendida. Entonces comprendes que soñar es excavar en un desierto donde los huesos no esperan arqueólogos, sino incendios. El fósil no recuerda: guarda una ternura incrustada en la médula de la vigilia, un beso que jamás sucedió.
El tiempo gotea. Relojes líquidos se estiran, se curvan, se deshacen en savia oscura. No se trata de avanzar ni retroceder: el tiempo mastica sus propias ruinas, se alimenta de brasas interiores. Lo observas sin cronómetro, sin destino, como quien contempla una llamarada detenida en pleno salto. Hay belleza en la demora, música en la pausa, un jazz de relojes rotos que prolonga la nota hasta quebrar el aliento del silencio. El tiempo no se mide: se saborea, se mastica, se derrama.
Escuchas el crujido de alas invisibles. Insectos de fuego se arrastran en los pliegues de la piedra. Aves de humo despliegan alas de ceniza y se congelan en pleno vuelo. El cielo arde como un negativo fotográfico que alguien olvidó revelar. El sueño tiene espinas. Hablas y tu voz se convierte en fósiles de sílabas, huesos sonoros que ya nacen muertos, palabras que se incendian antes de alcanzar el oído de nadie. El lenguaje se derrumba sobre sí mismo como una catedral de hueso ardiendo bajo el mar.
Tu piel se abre en grietas: no sangras, petrificas. Cada recuerdo que intentas salvar se transforma en polvo luminoso, cada imagen en un fósil que palpita con su condena secreta. Tu cuerpo es un archivo en combustión: las venas arden como túneles de lava, los huesos brillan como lámparas enterradas. Caminas dentro de ti mismo, y arder despacio se convierte en tu modo de respirar. Petrificarse es la única manera de recordar.
Aquí todo es contradicción: fuego que no quema, piedra que late, sueño que no duerme, muerte que no llega. Un teatro sin público, actores fósiles representando la tragedia del tiempo. Ninguna escena empieza, ninguna termina: llamas que retroceden, sombras que renacen de su propia disolución, ruinas que se levantan para volver a desplomarse. Y tú, atrapado en la platea de un incendio detenido, contemplas la obra interminable de un universo que se mira arder para asegurarse de seguir existiendo.
Entonces el fósil se abre en tu pecho. No está afuera, está en ti: respira con tus pulmones, late en tu sangre, arde en tu lengua. Te preguntas si es tu reflejo o tu cadáver, si eres su sueño o su ceniza. Tal vez fuiste creado para arder en su lugar, tal vez siempre fuiste su fuego detenido. Quieres comprenderlo, pero la cámara lenta detiene el instante justo antes de la revelación.