El éxtasis de lo inútil


Todo lo que vive gasta su milagro sin contarlo. Las galaxias giran sin contrato; las estrellas envejecen sin que nadie las reclame; los mares se rompen en espuma contra rocas que no cambian de sitio. Las flores más raras despliegan su geometría en cuevas donde no hay ojos para mirarlas. Esa es la ley secreta de lo que existe: derrocharse sin plan, existir sin pedir permiso. No es desgaste: es altar. Yo también prefiero habitar bajo esa ley, dejar que mis actos se quemen en la hoguera de lo que no sirve, arrojar gestos al vacío como quien siembra en un cielo sin tierra, caminar por calles sin nombre, regalar piedras a desconocidos sin dar explicación. A cambio de nada. Porque la nada es el único trato honesto.

No lo hago por rebeldía ni por nostalgia. Lo hago porque la utilidad es un dogma que reduce la vida a inventario. El gesto gratuito no obedece a la aritmética de los días; se mueve como un pez que ignora las redes, como una sombra que no sabe a quién pertenece. Quiero llenar la ciudad de estos gestos: abrir ventanas para que entre un aire que no sirva para nada más que para cambiar el olor de la noche; dejar cartas sin remitente en bancos de plazas vacías; encender velas en pleno día para que nadie las vea arder. No para que el mundo cambie, sino para que el mundo recuerde que puede no hacerlo. A cambio de nada. Porque la nada es el único trato honesto.

He visto cómo el cálculo ha colonizado incluso los silencios. Cómo se inventaron relojes para prohibir minutos que no fueran explotados. Cómo un árbol solo vale por las tablas que puede producir y una palabra solo por las veces que puede repetirse. Pero también he visto grietas en ese muro: niños dibujando en la tierra con palos que se rompen, ancianos que cultivan plantas que nunca comerán, mujeres que esperan junto a una puerta cerrada sin saber a quién. Contrabando de lo inútil que atraviesa las aduanas del orden. Sin permiso. Sin plan. Solo ocurre.

La inutilidad no es una fuga: es un territorio. Un mapa sin fronteras donde no hay caminos trazados ni ciudades que pagar, donde el aire no se respira por necesidad sino por juego. Allí las piedras no desean convertirse en nada más que en piedras, la luz no se organiza para iluminar sino para extraviarse en el polvo. Ese territorio no puede ser conquistado porque no tiene qué robar ni qué vender. No hay bandera que lo reclame, no hay tratado que lo divida. Solo la extraña certeza de que existe para que todo lo demás pueda no tener sentido.

Hay un instante que no pertenece al tiempo donde lo inútil alcanza su éxtasis. No se anuncia ni se prepara. Ocurre mientras un pájaro canta para un techo vacío, mientras la lluvia insiste en caer sobre un pozo que no se llena, mientras una mano deja caer un anillo al fondo de un lago. Entonces el mundo se vuelve insoportablemente hermoso: existir sin tener que justificarlo. Y se entiende que la más alta forma de poder no es dominar, sino no necesitar nada de lo que podría ganarse. A cambio de nada. Porque la nada es el único trato honesto.

No tengo argumentos para los que exigen resultados, cifras, aplicaciones prácticas. Sus preguntas están hechas con la misma lógica que devora aquello que interroga. Solo puedo responderles con escenas: un hombre cruzando una plaza con un velón encendido en pleno día; una mujer soltando globos en un pasillo vacío; un perro ladrando contra la sombra de una montaña. Cada una es una revuelta en miniatura, un manifiesto sin palabras, un acto de fe en que lo inútil sostiene más verdades que todo lo útil acumulado en los estantes de la historia.

Si el mundo se detuviera, no serían las fábricas ni las oficinas las que sostendrían su respiración. Serían las mareas que siguen su danza ciega, los astros que orbitan sin contrato, los insectos que trazan geometrías imposibles en la arena, los cantos que nadie escucha. Y quizás también nosotros, si aprendemos a gastar nuestras fuerzas en nada. No por fuga, no por pereza: por gratitud hacia el exceso incomprensible que nos permite estar aquí, haciendo algo tan inútil como vivir.

O tal vez no. Tal vez lo inútil solo sea la forma más elegante del desgaste, una lenta conspiración de belleza destinada a desaparecer. Como una piedra que cae en un pozo sin fondo y no hace ruido. Como una luz encendida en un lugar al que nadie entra. Como un planeta que gira eternamente en la oscuridad, sosteniendo, sin saberlo, el peso invisible de todo lo que importa.