Inherente
El universo aún sangra de la herida que lo parió. Cada átomo late como un recuerdo de la nada, cada sombra gotea la memoria del primer relámpago. No hubo principio: hubo explosión. El tiempo, recién nacido, temblaba como un animal ciego. Y en ese temblor se fundó la sustancia de todas las cosas: la piedra que duerme su paciencia milenaria, la sangre que corre sin entenderse, el viento que arrastra voces antiguas. Lo inherente es ese pulso que nunca se agotó, un latido sin dueño, respirando dentro de lo visible y lo invisible, sosteniendo la forma y el vacío con idéntica obstinación. Todo cuanto somos es ceniza luminosa de aquel incendio inicial, polvo ardiendo en la eternidad de un instante que aún no termina.
La ciudad respira su delirio en un rumor de cables que zumban como enjambres eléctricos, en el olor metálico de la lluvia que muerde el asfalto, en la humedad agria de los túneles donde se pudren las luces. Los edificios se elevan como huesos de gigantes petrificados, y en cada muro hay huellas de lenguas que ya nadie entiende. No hay avenidas: hay fractales disfrazados de geometría, hilos que se repiten sin encontrar el centro. Los transeúntes caminan como piezas de un mecanismo que ignoran, con rostros intercambiables y pupilas que esconden laberintos. Una ventana ilumina un cuarto vacío: dentro, un maniquí vigila el polvo con paciencia de dios vencido. Y al doblar la esquina, un gato observa como si supiera que en cualquier momento el suelo se abrirá para tragarnos. La ciudad no existe: nos sueña.
Hay presencias que se agazapan bajo la piel de lo cotidiano. La madera murmura la memoria de los bosques degollados, el agua que cae del grifo aún recuerda el canto de los ríos, el aire transporta plegarias pronunciadas por nadie. El mundo no es superficie: es palimpsesto. Bajo la mesa duermen sacrificios que la historia borró; tras la sonrisa, cicatrices de dioses olvidados; en el silencio de una piedra, el eco intacto de una estrella muerta. Todo vibra de lo que calla. No hay objeto inocente: cada cosa guarda una herida luminosa, un secreto que no puede mostrarse sin arder. Basta el roce de una sombra en la pared para intuir que la realidad está hecha de invisibles.
La vida no nos pertenece. Somos raíces de un árbol sin origen, un bosque que se multiplica en direcciones infinitas, organismos minúsculos respirando a través de un cuerpo que nunca nombraremos. El vuelo de las aves dibuja constelaciones sobre nuestras cabezas, los insectos edifican templos con saliva y polvo, los árboles conversan con el viento en un idioma que nuestra sordera ignora. Todo cuanto existe se entrelaza en un tejido sin jerarquías, rizoma interminable donde lo humano es apenas una disonancia menor. El pensamiento, lejos de darnos altura, nos recuerda nuestra pequeñez: cada idea es destello de una mente mayor que nos atraviesa; cada memoria, residuo de la tierra soñándose. Lo inherente no está dentro de nosotros: somos nosotros quienes habitamos dentro de él.
Pero nada se sostiene sin conflicto. El orden es máscara, no sostén. Una mariposa quiebra el rumbo del viento; una grieta desplaza la cordillera; una palabra incendia una ciudad. El caos no destruye: compone. Su música es disonancia, irregularidad, vértigo. Como un jazz que respira entre explosiones, con notas que se niegan a obedecer, con silencios que pesan como campanas. La divinidad –si existe– no canta en armonías: su voz se fragmenta, se interrumpe, se desgarra, se multiplica. El inherente es esa nota que hiere la melodía y al mismo tiempo la funda, ese golpe que parece errar pero abre la danza. Y nosotros, prisioneros de su ritmo, bailamos sin saber a quién obedecemos.
La ruina nos pertenece como herencia inevitable. El polvo se suspende en la madrugada como un rezo sin fe, los edificios crujen con huesos viejos, los templos se derrumban pero su eco sigue de pie. Las estrellas que contemplamos ya no existen: son fantasmas de luz viajando millones de años para iluminar un instante que se extinguirá sin aviso. Nada concluye. Cada obra, cada cuerpo, cada gesto se interrumpe en su propio nacimiento, como si la eternidad solo pudiera habitarnos en forma de fractura. La Vía Láctea no está allá arriba: se derrama dentro de nosotros, corre por las venas con el polvo de los muertos, vibra en el silencio que nos consume. Y en esa oscuridad luminosa, aún late el pulso de lo inherente: eco perpetuo, herida que nunca cierra, música que persiste más allá del silencio.