Solía importarme, pero las cosas han cambiado


La lámpara insiste, pero la noche ya no la necesita. El cuarto respira con un cansancio que no tiene nombre, las paredes parecen acostumbradas a vigilarme sin pedirme nada, como si supieran que ya no guardo secretos dignos de custodiar. El aire huele a polvo antiguo, un polvo sin peso que se posa en mis labios como una lengua seca. Alguna vez creí que la luz era promesa, que bastaba encenderla para devolverle sentido al mundo; ahora solo es un filamento empecinado en prolongar la farsa de su brillo. Me descubro mirándola sin esperar nada. El hábito de esperar se quebró una madrugada y no hubo manos que se inclinaran a juntar sus fragmentos.

No recuerdo el momento exacto en que las cosas dejaron de importar, pero hay rastros, pequeñas grietas que anunciaron la fuga. Las conversaciones comenzaron a repetirse como oraciones dichas sin fe, los gestos se volvieron copias mal calcadas de sí mismos, las promesas tenían el mismo sabor metálico de una llave olvidada en el fondo de un bolsillo. Alguna vez creí que cada detalle tenía peso, que el roce de una mano podía alterar la rotación de la tierra, que un silencio compartido era un pacto inquebrantable. Ahora esos mismos silencios me parecen decorados húmedos, paredes de cartón que se doblan si uno empuja con la mirada. No me duele decirlo. El dolor también se marchó, quizá cansado de mi lealtad, quizá emigró a otro cuerpo más crédulo, uno dispuesto a incendiarse por sombras.

El cambio no llegó con estruendo, sino con el sigilo de una marea que sube sin ser notada. Una mañana me descubrí ligero, como si hubiera perdido algo que me encadenaba y no supiera cuál de todas mis cadenas había caído. De pronto las urgencias se desmoronaron: ya no tenía que sostener el teatro de las apariencias, ni justificar cada respiro, ni disfrazar la fatiga con gestos que fingían importancia. Lo que alguna vez fue causa de desvelo se volvió materia inerte, y en medio de ese despojo apareció una calma áspera, una claridad ofensiva, como si de pronto me hubieran arrancado la venda y me arrojara en plena intemperie.

Descubrí que lo que parecía esencial era apenas papel pintado. El telón se rasgó sin aviso, y detrás no había otro escenario, solo polvo, viento y una risa que no pude ubicar. Comprendí que la verdad no necesitaba intérpretes, que podía seguir existiendo aunque nadie la nombrara. Lo que llamaba amor era un ritual aprendido, lo que llamaba memoria eran solo sombras recicladas, lo que llamaba sentido era el eco de una voz que nunca fue mía. Las cosas habían cambiado, y al caer esa máscara el mundo se volvió más vasto, más brutal, pero también más puro.

Empezaron a aparecer signos, como si hubieran esperado mi rendición para mostrarse. Una ventana que se abrió sola en medio de la noche, un reloj detenido marcando la hora exacta de mi abandono, un pájaro oscuro posado en la cornisa como un guardián sin mandato. No buscaban ser comprendidos, ni siquiera observados: bastaba su mera presencia. El universo había aprendido a girar sin que mis manos sostuvieran su eje. Y yo, sin la carga de importarle, descubrí la forma más pura de la atención: esa que contempla sin querer poseer.

Ahora camino sin mapas. Las calles, antes archivadas en la memoria como certezas, se han vuelto territorios vírgenes, cada esquina es un país extranjero. Las vitrinas muestran rostros que no me miran, los relojes avanzan hacia ninguna parte, el humo de los cigarrillos dibuja catedrales que se deshacen antes de ser concluidas. A veces creo que estoy muerto y lo que queda es esta película interminable: un plano fijo sobre un sofá vacío, un charco que refleja un cielo que nunca existió, la sombra de un rostro que no reconozco en el vidrio de una tienda cerrada. La cámara se demora en objetos inútiles, en los detalles que antes habría ignorado, como si el mundo se obstinara en enseñarme su secreto.

Solía importarme todo: los gestos, los dioses, las palabras, los cuerpos, la promesa de un sentido. Ahora las cosas han cambiado. Y el silencio, de pronto, también respira.