No hay nadie y eso basta


No hay nadie. El mundo ha dejado de necesitar testigos. El aire se espesa como un secreto que nadie pronunció y, sin embargo, arde en cada rincón. Camino dentro de una claridad que no ilumina a nadie, un resplandor que no pide ojos para saberse vivo. Las sombras no son huellas de cuerpos: son restos de una presencia que nunca existió. Ninguna voz responde, ningún rostro me vigila, y aun así todo vibra, obstinadamente, como si la soledad fuera el combustible secreto de la existencia. El silencio no me aplasta: me sostiene. El vacío no me expulsa: me habita. Y en esa revelación descubro que no hay más verdad que esta: basta con que no haya nadie.

El universo rueda como un animal ciego que no necesita nombre. La noche estalla en fragmentos de luz que viajan millones de años hacia ninguna parte. El tiempo se curva y se desgaja, pero nadie lo mide, nadie lo recuerda. Las estrellas mueren sin funeral; sus cuerpos caen al abismo sin aplausos ni lágrimas. La materia juega con sus propias máscaras: aparece, se disuelve, retorna disfrazada de polvo, de sombra, de sueño. No hay manos que midan, ni ojos que confirmen, ni memorias que escriban. La creación es su propio testigo. El cosmos no pregunta para qué: simplemente ocurre, inútil, perfecto, irrefutable.

Me descubro en el borde de mí mismo, aunque sé que ese borde no existe. El rostro que cargo es un dibujo incompleto, borrado antes de nacer. No hay nadie detrás de los ojos. El yo es apenas un rumor, un corredor interminable donde las puertas conducen siempre a otro pasillo. Hablo sin voz. Me nombro y el nombre se desintegra antes de tocarme. El cuerpo resuena como eco de un animal extinguido, una huella en la arena que el viento devora sin esfuerzo. Soy la ausencia que intenta sostenerse de pie, un reflejo que no devuelve ninguna imagen.

En la ciudad, las multitudes avanzan como procesiones de humo, cada sombra inclinada ante el resplandor de sus propias jaulas portátiles. No hay conversación, solo murmullos de máquinas que dictan la cadencia. Las plazas ya no son plazas: vitrinas del vacío. Los templos custodian altares donde el polvo celebra su única liturgia. Nada se mira, todo se imita. El ruido encubre el secreto, pero no lo borra: nadie habita esta multitud. Todos caminan, ninguno está. El simulacro respira en su lugar.

Pienso en el misterio que alguna vez llamaron sagrado: no hay nombres, no hay invocaciones. Solo un altar vacío donde arde un fuego que no pide fe. La ausencia se levanta más real que cualquier presencia. El silencio grita como un coro invisible. La plegaria no busca respuesta: se consuma en el aire. Allí, donde lo divino se retira, lo único que queda es la claridad brutal de lo que no necesita explicación. La nada como permanencia, el vacío como certeza.

Todo ocurre con un ritmo secreto, una música sin notas que vibra en la médula de las cosas. El compás es irregular, como un saxofón que improvisa en un club sin oyentes. Pausas que hieren, repeticiones que abren grietas, silencios que pesan más que los sonidos. Cada instante se tambalea entre ser y disolverse, como una cuerda tensada que nunca termina de romperse. Y yo, si acaso soy yo, floto en ese río sin orillas, llevado por un compás que nadie toca.

No hay nadie. Y el silencio no necesita más. La soledad no se esconde: resplandece. La ausencia es suficiente. No queda nada que esperar, ni que nombrar, ni que soñar. Todo se reduce a esta certeza que arde sin consumirse. El vacío se basta a sí mismo. Yo cierro los ojos y siento que lo que no existe también respira.