La violencia de la positividad
La violencia de la positividad no llega en tanques ni en columnas de humo, llega disfrazada de sonrisa fluorescente, se instala en la piel con la suavidad del anuncio publicitario que repite: todo está bien, todo está bien, todo está bien. No hay látigo ni fusil, hay pulgares levantados, emoticones que festejan incluso la derrota, hay una avalancha de luces que nunca se apagan y que te exigen estar despierto, producir, seguir, mejorar, rendir, mientras el cuerpo ya se desmorona por dentro. La positividad es una dictadura de neón: la claridad absoluta que no tolera grietas, la lámpara blanca que se enciende incluso sobre los cadáveres. No es necesario matar a nadie cuando basta con invitarlo a sonreír hasta la asfixia.
La sonrisa como cuchillo, el like como latigazo, el aplauso como jaula. Todo envuelto en celofán brillante. Se proclama libertad, pero lo que se respira es obediencia. Se celebra la autonomía, pero lo que florece es la esclavitud del entusiasmo. Nadie lo obliga: uno mismo se vigila, uno mismo se explota, uno mismo se castiga por no estar a la altura de su propia alegría. La positividad no necesita verdugos, porque el verdugo ya se lleva dentro. Una voz que repite: puedes, debes, sonríe, produce, sonríe, comparte, sonríe, sonríe. Hasta que la mandíbula se fractura bajo tanto mandato de felicidad y los ojos se convierten en vitrinas donde ya no cabe el cansancio.
El lenguaje se ha convertido en un campo minado. Cada palabra positiva es un candado, cada afirmación una cadena invisible. La sintaxis de esta era no tolera la negación: prohíbe el no como si fuera blasfemia, borra el silencio como si fuera enfermedad. Todo debe ser flujo, expansión, crecimiento, abundancia. Un virus que repite frases prefabricadas hasta que el oído se llena de espuma. El lenguaje ya no es casa: es cárcel con ventanas luminosas. Lo innombrable se pudre en los rincones: la tristeza, la duda, la derrota, el vacío. Y lo reprimido, tarde o temprano, regresa: como temblor en la voz, como derrumbe de huesos, como grito que se disfraza de tos.
La música también perdió la capacidad de callar. Una sinfonía interminable de productividad. Ninguna pausa, ningún silencio. Cada melodía convertida en ruido de supermercado. Y en medio de tanta saturación, el alma implora por una grieta, por un intervalo, por un compás vacío. La vida no se compone solo de notas brillantes: necesita sombras, necesita pausas, necesita huecos donde respirar. Pero aquí todo callar es sospechoso, toda sombra es censurada, todo límite es un delito contra la fe del progreso. Así la positividad se vuelve espectáculo: un teatro donde los actores mueren de cansancio tras bastidores, pero deben seguir saludando al público como si nada ocurriera.
Bajo la presión blanca, aparecen fisuras. El vidrio de la positividad no soporta tanto resplandor: se quiebra. Allí surge la negatividad como semilla de lo real. La sombra devuelve la visión, el silencio abre el oído, la duda fecunda la imaginación. No es la negación vacía, es la afirmación de lo incompleto, de lo inacabado, de lo que resiste a ser clausurado. La grieta como única verdad respirable, la interrupción como salvación secreta, la oscuridad como territorio fértil donde todavía pueden crecer lenguajes nuevos.
La positividad también ha invadido la naturaleza. El bosque convertido en parque temático, el río disfrazado de holograma publicitario, el animal reducido a caricatura sonriente. Todo debe lucir amable, todo debe ser presentable, todo debe parecer dispuesto a la exhibición. Pero detrás del maquillaje verde brillan los cadáveres de la tierra: suelos exhaustos, mares envenenados, pájaros convertidos en estadísticas. El desastre se cubre de slogans motivacionales: desarrollo, bienestar, progreso. La violencia ya no se llama violencia, se llama modernidad. Nadie quiere mirar el cadáver, todos prefieren la foto del paisaje retocado.
Y los cuerpos, esos templos arrasados, han aprendido a odiarse con disciplina. Deben rendir, deben sonreír, deben estar disponibles como mercancías perfectas. No pueden cansarse, no pueden enfermar, no pueden envejecer. Se maquilla la fatiga con polvos fluorescentes, se esconde la tristeza bajo filtros luminosos, se criminaliza la quietud como si fuera pereza. Cada músculo vigilado por la exigencia de la positividad, cada respiración fiscalizada por el mandato de estar bien. El cuerpo ya no pertenece a quien lo habita: pertenece al espectáculo de la salud, a la tiranía del bienestar. Y cuando se rebela, cuando sangra, cuando cae, la sociedad le devuelve la culpa: “no supiste cuidarte”.
La violencia de la positividad no necesita policías ni cárceles: basta con un gimnasio iluminado como quirófano, con oficinas que brillan de madrugada como si fueran catedrales, con pantallas que predican sermones de productividad en cada esquina. Basta con la sonrisa del gerente que huele a cloroformo barato. Basta con la fiesta de cumpleaños donde nadie celebra nada pero todos deben subir fotos felices. Basta con ese “¿cómo estás?” que no espera respuesta, porque solo admite una: “bien”.
Y sin embargo, entre tanta claridad enloquecida, uno todavía sueña con la noche. Con un cielo sin lámparas, con un silencio que no se interrumpe, con un fracaso admitido sin maquillaje. Sueña con la dulzura de caer rendido y no tener que fingir que se sigue de pie. Allí, en la interrupción, en la sombra, en el balbuceo que no comunica nada, se abre la posibilidad de respirar. No es renunciar a la vida: es devolverle su misterio, su contradicción, su grieta. La violencia de la positividad se combate con lo inacabado, con lo ilegible, con lo que no puede mostrarse. Y alguien, en medio del escenario, se atreve a apagar la luz. El público queda en penumbras, los ojos buscan, los cuerpos se inquietan. Nadie sabe si comienza la verdadera obra o si simplemente ha terminado todo.