Intoxicarme
La noche respira dentro de mí como un motor desquiciado, los cables de la ciudad arden bajo mi piel y cada farola escupe un evangelio eléctrico que se pega a mis párpados como una plegaria de vidrio. El aire es una marea negra que me lame los pulmones con lengua metálica y me deja el corazón en estado de fiebre, golpeando a contratiempo, como si la sangre improvisara un solo de jazz en mitad de la oscuridad. Camino, pero no camino: floto entre cadáveres invisibles de edificios, entre ríos de humo que se deslizan como serpientes cansadas, entre sombras que mastican mi sombra con hambre de siglos. No vine a buscar redención: vine a intoxicarme, a dejar que la ciudad me posea con todos sus fluidos, a abrir los poros como ventanas y dejar entrar lo innombrable.
La acera palpita bajo mis pies, los muros sudan símbolos arcaicos que nadie lee, el polvo brilla como un mineral profético, y la música que sale de un bar cerrado atraviesa mis huesos como una aguja de fuego. Todo me penetra, todo me inunda: la saliva del perro callejero, el murmullo de las cloacas, el canto de un insecto perdido que se estrella una y otra vez contra un vidrio roto. Intoxicarme es devorar el mundo en dosis imposibles, tragarme los relámpagos de la tormenta como si fueran hostias sacrílegas, beber del vómito fosforescente de los anuncios publicitarios, arder con la transpiración anónima de cuerpos que cruzan la avenida como espectros condenados. Y en medio de todo, un silencio oculto se expande, un silencio que late como animal dormido bajo la piel de las cosas, esperando el instante de desgarrarse.
Las imágenes revientan en mi cabeza como espejos en un ritual de cuchillos: relojes que caen del cielo como frutas podridas, pájaros que vuelan hacia atrás arrastrando su sombra, semáforos respirando como pulmones asmáticos, mujeres con ojos de pez mirándome desde alcantarillas iluminadas. La intoxicación ya no viene de afuera: estalla desde dentro, como si una semilla de sombra germinara en la médula y expulsara raíces que atraviesan mi carne hasta salir por la boca en forma de visiones. No hay placer ni castigo, sólo vértigo, un precipicio continuo donde el suelo cambia de lugar y las estrellas caen como ceniza sobre mi lengua. Todo me arde, incluso el silencio: una fiebre blanca que corroe los bordes de lo visible hasta deshacerlo en manchas que respiran.
El exceso se curva y se tuerce hasta la náusea. El aire se vuelve demasiado denso, se pega a los labios como alquitrán ardiente, y respiro cuchillas invisibles que me desgarran las costillas desde dentro. Las luces se multiplican en cuchilladas de neón, la música se convierte en un grito metálico que mastica mis oídos, y los pasillos de la ciudad se alargan como gusanos infinitos que me arrastran hacia túneles sin salida. El mundo mastica mi rostro, me devora con bocas invisibles que dejan huellas de ceniza en la piel. Ya no hay belleza, sólo sobredosis de imágenes: niños sin pupilas jugando con restos de vidrio, cadáveres danzando en vitrinas iluminadas, espectros que estiran los dedos para tocarme y se disuelven antes del contacto. Intoxicarme es aceptar esta asfixia, dejar que la sombra me lama el corazón con lengua de hierro, dejar que lo que me mata sea al mismo tiempo lo único que me sostiene en pie.
Pero de pronto, en la podredumbre brota un resplandor que no obedece a ninguna lógica. El veneno se transmuta en fuego ritual, lo que era náusea deviene plegaria, y los muros de la ciudad se abren como puertas chamánicas hacia una procesión de animales sagrados que emergen de las alcantarillas con ojos de estrellas. El cielo sangra un ojo único que vigila, las aguas subterráneas se convierten en espejos de fuego, y la música ya no hiere: es un mantra que eleva los restos de los condenados en una danza imposible. La intoxicación me arrastra hacia un altar sin nombre, hecho de humo y de huesos, donde la caída se convierte en vuelo sin alas, donde el veneno es rito y la visión ya no pertenece a mi carne sino a lo que me excede.
El ritmo se acelera, los signos se multiplican como insectos, la noche estalla en un clímax de relámpagos líquidos, y cada latido fractura el aire. Ya no hay yo, sólo una corriente que atraviesa mi lengua, un animal sin nombre devorando mi médula, un río de fuego que me arranca las pupilas y las arroja al cielo como dos soles enfermos. Todo es trance, todo es improvisación delirante, todo es un blues oscuro tocado en una caverna donde las paredes sangran y cada eco se convierte en profecía.
Y de repente, nada. Una suspensión brutal, como si el universo se negara a continuar su frase. Una luz me difumina en mitad de la oscuridad, un respiro cortado, un ojo que se abre en el vacío.