Sociedad suicida


La sociedad avanza como un cortejo fúnebre que ríe en su propia tumba. Nadie la empuja: se arroja sola, como un acróbata ciego que aplaude mientras cae. Sonríe ante la catástrofe, se pinta los labios para besar el abismo, se acomoda la corbata para asistir puntual a su entierro. Las ciudades respiran como pulmones corroídos por humo eterno, y aun así insisten en bailar con sus neones y vitrinas, como si la luz artificial pudiera sustituir el sol que se apaga sobre sus techos. Todo sigue funcionando: el tráfico como procesión de hierro, los mercados como templos del hambre, las pantallas como oráculos luminosos que predican el mismo evangelio de siempre: comprar, repetir, olvidar. 

Multitud en marcha hacia ninguna parte, respirando aire que no alimenta sino que disuelve. Nos movemos porque detenerse sería peor, porque el silencio podría delatarnos. Y sin embargo lo sabemos: vivimos en un sinsentido tan común que ya ni duele. La vida perdió su filo, la desesperación perdió su grito, el suicidio dejó de ser una decisión personal para convertirse en el clima invisible de todos. Caminamos como procesión anestesiada, arrastrando nuestras máscaras, confiando en que alguien, en algún lugar, todavía conserve la receta secreta de la esperanza.

La repetición es la droga favorita. Repetimos canciones hasta que sangran, repetimos ideas hasta que se vuelven fósiles, repetimos deseos hasta que se plastifican en vitrinas. La repetición acaricia, embalsama, arrulla. La repetición mata despacio, sin que lo notemos. Todo gira en espirales predecibles, como carrusel oxidado que da vueltas sin niños. La publicidad susurra que todavía hay mañana, que el próximo modelo salvará la tarde, que el siguiente espectáculo traerá redención. Y así, poco a poco, sin sospechar, la sociedad se administra su propio veneno en dosis mínimas, como quien bebe una gota de cianuro con la fe ingenua de estar bebiendo agua.

Afuera, los océanos se plastifican hasta volverse vitrales del desastre, las selvas arden como si un dios incendiario hubiera decidido fumar su último cigarrillo, las aves olvidan su rumbo y vagan como borrachos en un cielo sin brújula. El ecocidio no estalla: se filtra. No hay tragedia instantánea, solo erosión paciente, derrumbe que nadie quiere nombrar. El planeta no muere: nos escupe. La Tierra se sacude como perro cansado de pulgas, y somos nosotros los que caemos, envueltos en humo, con las manos llenas de contratos firmados en nombre del progreso. Creímos ser inmortales, la especie destinada a dominar el universo, pero el universo solo nos observa con silencio mineral, con la calma de quien ya ha enterrado millones de civilizaciones antes.

El consuelo es digital. Todo ocurre en pantallas. No hay mundo: hay reflejo. No hay hechos: hay transmisiones. El suicidio social no necesita sangre ni ruinas, solo necesita píxeles en alta definición que sustituyan la experiencia. Miramos imágenes en lugar de mirar. Pensamos frases prefabricadas en lugar de pensar. Amamos hologramas en lugar de cuerpos. No hay cadáver que enterrar, porque la sociedad ya se disolvió en espectros pixelados. Todo se vuelve holograma de sí mismo: el trabajo, la política, la amistad, incluso el deseo. El último beso será un emoticón. La última palabra será un hashtag. La última batalla será un error de conexión.

En el fondo de este vacío, una plegaria muere sin testigos. Los templos están vacíos, las divinidades borradas, la fe convertida en saldo prepago. Invocamos nombres olvidados y respondemos con eco. Encendemos velas para adorar a la nada, hacemos altares al silencio, rezamos a dioses que se fugaron dejando notas escritas en idiomas que ya no existen. El vacío debería iluminar, pero aquí solo devora. No hay revelación, no hay epifanía. La espiritualidad no resucita: se exhibe en vitrinas como reliquia, como souvenir de lo sagrado. La sociedad se arrodilla ante su propia sombra, y hasta la sombra se niega a perdonarla.

El final no será un estallido. No habrá apocalipsis cinematográfico, ni trompetas, ni jinetes que cabalguen bajo fuego. El final es implosión, derrumbe hacia adentro, como edificio que colapsa sin espectadores. Se hunde la memoria, se hunde la confianza, se hunde la capacidad de imaginar otro destino. Todo se dobla sobre sí mismo como papel mojado. Implosiona con suavidad, con la dulzura venenosa repetida por un monstruo. No es ruido lo que queda, es silencio espeso.

Y cuando el último reflejo se apague, nadie dirá nada. Quedará un reloj latiendo en un cuarto abandonado, una ciudad inmóvil bajo un cielo que ya no tiene luz, un océano sin olas flotando como espejo que se niega a reflejar. Ninguna conclusión, ningún punto final. La sociedad suicida continuará muriendo mientras alguien, en alguna parte, todavía pronuncie su nombre. Y cada palabra que la nombra, también muere un poco más.