Poética residual


Todo lo que llamamos mundo es ceniza. No ruinas del pasado, sino brasas encendidas que aún respiran bajo la superficie de lo visible. Las ciudades se sostienen sobre huesos invisibles, vitrinas desiertas con maniquíes que aún miran a los transeúntes que nunca volverán, relojes detenidos a la hora en que el futuro se cansó de llegar. Caminamos entre monumentos que fingen estar vivos, pero cada piedra susurra que ya fue testigo de su propio derrumbe. El aire huele a incendio antiguo, y en su humo adivinamos la silueta de lo que aún no se resigna a desaparecer.

La materia conserva fantasmas. Casas sin habitantes custodian sombras en los espejos, las luces apagadas iluminan con la memoria de un resplandor imposible, paredes húmedas retienen conversaciones que nadie recuerda haber pronunciado. El polvo danza en círculos sobre las mesas como si imitara galaxias en miniatura, y cada partícula contiene el archivo de una catástrofe que no se puede narrar. Todo lo visible es espectro. Y nosotros también: huellas sin dueño, cuerpos atravesados por memorias que no sabemos nombrar.

La historia es un cementerio. Los héroes respiran en lápidas donde la lluvia borra lentamente las letras, y las banderas se deshacen en cajones húmedos sin representar a nadie. Las revoluciones se reducen a panfletos amarillentos que se deshacen con el roce de los dedos. Los templos son cavernas vacías donde el eco sustituye a la plegaria. Los dioses sobreviven como grafitis en muros que nadie mira, como estampas olvidadas en cuartos clausurados. El tiempo se alimenta de cadáveres de ideas, pero nunca consigue tragarlos del todo: siempre queda una ceniza que insiste, un rumor que se filtra entre las ruinas.

Hay fuerzas que persisten sin mostrarse. Un cuerpo sostiene la silueta de quien nunca regresó; un vaso abandonado aún guarda el sabor de la boca que lo tocó; en un cine vacío, una risa atrapada espera la oscuridad para repetirse. La invisibilidad no es ausencia, es la forma más cruel de la presencia. Allí donde la mirada tropieza con el vacío, una incertidumbre anuncia lo que aún respira. Algo permanece aunque la luz lo niegue. Como si el mundo estuviera hecho de sombras obstinadas que se niegan a ser expulsadas.

El cielo conserva el archivo de la primera llamarada. Somos polvo encendido de una explosión que todavía arde en secreto. Las montañas, el hierro, nuestra piel, todo proviene de la ceniza de estrellas muertas. Cada noche el firmamento se abre como una herida, y sus luces son fósforos encendidos en el abismo. La oscuridad no es vacío: es el depósito inagotable de lo que ya no existe, el útero de todas las desapariciones. La sangre lleva cicatrices de astros apagados, y en cada latido se enciende el eco de un relámpago antiguo.

El hombre también siembra residuos. En el fondo de los océanos flotan botellas que sobrevivirán a todos los imperios; las ciudades, cementerios monumentales disfrazados de avenidas; las fábricas, templos de humo que dejan cicatrices en el aire. Bajo la tierra, nuestros huesos no descansan: crujen como relojes sin manecillas, midiendo la descomposición de esperanzas que nunca maduraron. No dejamos herencias: dejamos escombros que nadie quiere reclamar. No somos arquitectos del futuro: somos saqueadores de una ruina que aún arde.

El silencio es el residuo supremo. No ausencia, sino peso insoportable. Después de que la voz se apaga, queda un rumor más denso que la palabra. Es la grieta donde los relojes dejan de marcar, donde la realidad titubea. A veces se cuela en la nuca como un golpe, un secreto que nos nombra sin atreverse a pronunciarse. No hay nada más vivo que ese silencio que nos persigue.

Y comprendemos que nada concluye. Que lo eterno no es el esplendor, sino la ruina. Que habitamos un museo invisible, saturado de objetos sin nombre, de memorias sin dueño, de sombras que insisten. Que la vida no es relato, sino residuo de relatos interrumpidos. Y que las cenizas, obstinadas, aún arden —esperando un rostro capaz de soportar su resplandor.