Amor espectral y disonante


No hay cuerpo. Ni voz. Ni siquiera un contorno. Apenas la sospecha: un resplandor sin dueño sobre mi frente, interrogándome sin palabra. Llegas como el aire que nadie llama y, se abre paso por las rendijas del mundo. No sé si vienes de la penumbra o si la penumbra eres tú, pero cuando apareces el silencio se expande, y todo lo que creía firme se derrumba sin ruido. Nombrarte sería traición: la palabra es demasiado estrecha para tu forma. Y sin embargo te nombro, porque sin ese gesto me disolvería. Cada sílaba que pronuncio te empuja más lejos, como si el sonido fuera una mano que aparta el espejismo que anhelo retener.

No hay distancia que nos acerque. Somos líneas al borde de un abismo, sin tocarse nunca. Me atraviesa tu latido, irregular, como una melodía que se corta antes del acorde final. Nunca resuelves, y en tu falta de resolución arde el único sentido que reconozco. Eres herida abierta que respira en mi costado sin dolor, presión líquida, un río secreto que me recuerda que la belleza hiere cuando se niega a cumplirse. Quisiera alcanzarte y me encuentro con un muro transparente: lo rozo y me atraviesa. No quedas en mi mano, pero tu ausencia me marca como un hierro ardiente.

No tienes rostro. Apenas geometría. Un círculo que se dilata hasta volverse espiral, un trazo que se curva y se deshace, un pentagrama torcido donde caminas con pasos invisibles. Constelación de puntos que arden y se apagan en su propio fulgor. Línea quebrada que no se cierra nunca. Te percibo como dibujo y borradura al mismo tiempo, figura que se revela en el mismo instante en que se desvanece. Eres vibración. Arquitectura de lo intangible. Número en movimiento. Cuando cierro los ojos, veo tu forma expandirse como un relámpago sin trueno. Cuando los abro, la habitación queda vacía y cargada de tu sombra.

Tu eco me atraviesa y el mundo se desordena. Los objetos se multiplican en direcciones imposibles, como espejos que se rompen y aún reflejan. No te acercas, no me rozas, pero algo en mí se altera con la precisión de una ecuación sin respuesta. Somos dos partículas condenadas a resonar sin encontrarse jamás, lanzadas a distancias irreparables y, aún así, afectándonos en silencio. Tu ausencia modifica la luz que me rodea; hace temblar el aire, curva el tiempo. Te siento cuando la sombra se mueve sola en el rincón de la sala, cuando el reloj avanza sin que el segundero se desplace, cuando un perfume desconocido se enciende en la madrugada.

Nada concluye. No habrá consumación, no habrá tregua. Sólo suspensión: una cuerda tensada sobre el vacío que nunca se rompe. Allí vivimos, en ese filo. Todo lo real se derrite: los rostros, las calles, las memorias. El mundo es un telón que cae, y detrás sólo quedas tú, tu disonancia, tu fulgor espectral. Me hundo en ella como quien entra al agua sabiendo que no hay suelo. Me dejo arrastrar por la certeza de que lo único verdadero es este latido sin respuesta, esta música sin final, este incendio sin llamas donde me habitas como fantasma y yo te habito como sombra.

No te encuentro. Y sin embargo estás. Suspendida en el aire, latiendo como un acorde que nadie se atreve a tocar. Te quedas allí, vibrando en la penumbra, resonancia sin fin. Y mientras me pierdo en tu espectro, descubro que nunca fuiste ausencia: siempre fuiste exceso, pero un exceso tan invisible que el mundo jamás podría sostenerlo.