Detrás de los párpados
El párpado cae como una guillotina que no corta, sino que clausura. Afuera, la realidad se desploma en silencio, como un telón pesado que nadie volverá a levantar. No hay rastro de calles, ni de voces, ni de relojes que marquen la obediencia del tiempo: todo se apaga de golpe, sin aviso. No es silencio. Es un golpe. El fin de la respiración del mundo. Y en esa oscuridad súbita comienza a desplegarse otro territorio, vasto, expectante, donde las fronteras no existen. Una especie de corredor sin luz ni paredes, construido de una materia que no se nombra pero que late, aguardando.
Avanzo sin cuerpo, o quizás arrastrado por algo que no necesita avanzar. El laberinto se abre como un animal que respira con paredes interminables. Pasillos donde el aire conserva el eco de pasos que nadie dio, bibliotecas sin títulos donde los libros parecen desangrarse en silencio, ventanas abiertas a ciudades que jamás fueron habitadas. Las calles, vacías como un páramo de vidrio, se extienden bajo un cielo detenido. Los relojes marcan horas inventadas, cifras que nadie reconocerá, y las agujas giran con la calma de un veneno que no se apura. Todo parece esperarme, pero no hay nadie. Ni siquiera yo.
Entonces la oscuridad se expande. No como un vacío, sino como un universo en pleno parto. Constelaciones emergen con la lentitud de un corazón de piedra. Las estrellas no iluminan: vigilan desde una distancia infinita. Cada pensamiento se curva como un cometa recién nacido, incendiándose en el instante de aparecer y dejando un rastro que se desvanece antes de que alguien pueda seguirlo. El tiempo no avanza: se derrama en todas direcciones. Es un Big Bang perpetuo que estalla sin ruido, suspendido en la garganta de lo invisible.
De esa noche nacen las figuras. No personajes, sino presencias. Sombras erguidas que no caminan: flotan. Animales de mirada mineral que se acercan sin pronunciar palabra. Rostros sin carne, apenas perfiles de un mito que nadie recuerda. En el centro de una llanura sin horizonte, un chamán inmóvil respira visiones. Sus ojos cerrados sostienen milenios enteros, y a su alrededor se encienden hogueras que parecen memorias colectivas: ciudades incendiadas que nunca existieron, mares que retroceden para exponer esqueletos de dioses olvidados, templos cuyas columnas palpitan como venas abiertas. No hablan. No necesitan hacerlo. Su silencio es más feroz que cualquier palabra.
Y de pronto, la ruptura. Todo se resquebraja como un vidrio sometido a demasiada presión. El chamán desaparece. Las hogueras se apagan. Quedan fragmentos: una carta incompleta suspendida en el aire, ardiendo sin consumirse; voces que inician una historia y se evaporan antes de alcanzar la segunda línea; espejos mal puestos donde aparecen rostros que no reconozco y que se quiebran apenas intento mirarlos. Nada concluye. Todo insiste en detenerse antes de llegar al desenlace. El vacío se instala como un animal sin rostro, imponiendo su propia ley: no habrá conclusión, y la espera será infinita.
De esa grieta nace la geometría de las sombras. No hay figuras humanas ni paisajes reconocibles: sólo arquitecturas imposibles que se levantan y se derrumban al mismo tiempo. Escaleras que se doblan sobre sí mismas, fractales que se multiplican como un ejército de espejos insaciables, pasillos que giran hasta confundirse con su propio origen. Las paredes respiran, los techos laten, los suelos se deshacen en corrientes de aire. Todo se pliega y se despliega con la cadencia de un animal interminable. No hay centro ni orillas, sólo metamorfosis perpetua. Descubro que el ojo cerrado revela más que el abierto, y que en esta penumbra se guardan arquitecturas de una lógica que no pertenece a los hombres.
Y entonces llega el relámpago. No ilumina. No revela. Se clava en la oscuridad como una herida imposible de cerrar. No deja respuesta ni sentido: sólo la certeza de haber tocado algo que no admite nombres. El resplandor no se apaga. Permanece suspendido, ardiendo sin objeto, como si alguien lo hubiera dejado encendido para siempre detrás de mis párpados. Y comprendo, sin comprender, que este fuego no busca revelar: busca quedarse.