El genocidio se transmite en vivo, con aplausos de silencio en los parlamentos del mundo
El genocidio se transmite en vivo, y yo respiro su luz como quien traga cristales en la penumbra. No hay distancia: la pantalla se ha disuelto en mi piel, los píxeles laten en la sangre, y cada explosión me abre la carne como una herida que insiste en no cicatrizar. No miro: me miran, soy visto desde adentro de la imagen, y el mundo se acomoda en este teatro de cadáveres transmitidos en directo, donde la muerte tiene sonido envolvente y la respiración de los niños interrumpidos se convierte en música de fondo para la indiferencia global.
Tú también estás aquí, aunque finjas cerrar los ojos, aunque te convenzas de que apartas el rostro. No hay refugio: la transmisión se infiltra en tus párpados, en tu sueño, en tu médula. No necesitas encender nada: el resplandor te encuentra, se adhiere como virus a tus nervios. Intentas escapar, pero la huida es imposible, porque no se escapa del aire, y el aire está hecho de imágenes, y las imágenes ahora respiran por ti.
En los parlamentos, la coreografía es perfecta: cuerpos de traje, bocas cerradas, manos que no aplauden pero producen un estruendo mayor que cualquier ovación. Es el aplauso del silencio, la liturgia vacía de un templo donde la única plegaria es la indiferencia. Allí la masacre se reduce a cifras, y las cifras se archivan como si fueran fórmulas químicas, impolutas, sin olor a sangre. Nadie pronuncia la palabra prohibida: la lengua se coagula antes de salir de la garganta. Lo que se escucha es nada, y esa nada golpea como martillo en el aire, esa nada legitima el espectáculo.
No sé si aún escribo o si soy escrito por la escena. Las frases no me obedecen: brotan como chispas en un campo seco, se encienden solas, se descomponen en pedazos de luz. Hablo conmigo mismo, hablo para ti, hablo para nadie. En este delirio el lenguaje ya no comunica: ocurre, se derrama, tiembla como las ruinas que no acaban de derrumbarse, como el humo que insiste en elevarse cuando ya no queda fuego.
El genocidio no termina: se suspende, se repite, se reinventa en cada transmisión. No hay final, solo un flujo que cambia de rostro pero no de esencia. Cuerpos, gritos, polvo, repeticiones. La masacre es un río sin desembocadura, un acontecimiento infinito que se despliega como sombra sobre todas las pupilas. No hay afuera: incluso los muertos son arrastrados de nuevo a la pantalla, reaparecen como espectros tatuados en la retina, imposibles de borrar, imposibles de callar.
Me descubro respirando al ritmo de las explosiones, y ese descubrimiento me aterra: mi silencio produce rating, mi pasividad alimenta la maquinaria. Soy parte del montaje. Lo eres también tú. Todos lo somos, incluso los parlamentos que fingen su neutralidad con más violencia que las bombas. La indiferencia es el verdadero proyectil: no mata cuerpos, mata el sentido mismo de la vida.
La transmisión sigue, nadie corta la señal. El genocidio se proyecta en directo y la sala está llena, aunque nadie lo admita. Los parlamentos siguen mudos, el público sigue atento, yo sigo mirando aunque me niegue, y tú también, aunque lo ocultes. La pantalla no se apaga. La imagen respira. El silencio aplaude.
Y entonces todo se detiene en un parpadeo que no cierra nada.